Testimonio de D. Rafael Fontaneda sobre lo sucedido al P. Luis María Andreu S.J.

Testimonio de D. Rafael Fontaneda sobre lo sucedido al P. Luis María Andreu S.J.

 Testimonio de D. Rafael Fontaneda sobre lo sucedido al P. Luis María Andreu S.J.

 


 

 Testimonio de D. Rafael Fontaneda.

 

El día 8 de Agosto de 1961, coincidimos en San Sebastián de Garabandal con el R.P. Royo Marín O.P.  Con nosotros había venido el R.P. Luis María Andreu, S.J. quien subía a San Sebastián de Garabandal por tercera vez desde el día 29 de Julio.

En los viajes anteriores le observé, a través de sus conversaciones y comentarios, muy interesado en lo que sucedía con las cuatro niñas, aunque sin manifestar opinión alguna.  Nos dio algunas explicaciones sobre el conocimiento a través de los sentimientos, grados de visión que existen, importancia de los conocimientos sicológicos, etc.

 

Ese día 8 de agosto, encontramos a D. Valentín Marichalar, cura párroco de San Sebastián de Garabandal, quien entregó al P. Luis la llave de la Iglesia, rogándole hiciera de párroco pues él tenía que ir a Torrelavega.  Yo observé una gran alegría en el P. Luis quien me dijo:  “Faito (Rafael), hoy soy párroco de Garabandal”, y bromeaba conmigo en este sentido.

 

La Misa que celebró en la Iglesia de San Sebastián de Garabandal fue extraordinaria a juicio de cuantos la presenciaron, llegando, incluso a emocionar a todos.

Las niñas tuvieron uno de sus éxtasis por la mañana.  El P. Luis estuvo muy próximo a ellas y, como otras veces, tomaba notas de lo que las niñas hacían y decían.  Durante este éxtasis de las niñas hubo momentos en que el P. Luis parecía absorto.  Los más próximos a él pudieron observar cómo durante algunos momentos le caían lágrimas silenciosas que procedían, al parecer, de un especial sentimiento de estar en presencia de algo extraordinario.

 

Al hablar yo de esto con su hermano el P. Ramón María, al día siguiente, mostró extrañeza, pues desconocía a su hermano en esta faceta de emotividad, “Nunca le he visto llorar,” me dijo.Por la tarde, el éxtasis de las niñas adquirió un ritmo de velocidad, subiendo a los pinos y bajando en estado de éxtasis.  Durante el rato que estuvieron en éxtasis en los pinos el P. Luis estuvo inspeccionando a las niñas con toda minuciosidad.

Parecía como si no quisiera perder un solo detalle de lo que sucedía.  De pronto se vio como si una emoción especial le invadiese y por dos veces pronunció en tono alto y visiblemente impresionado las palabras:  “¡Milagro, milagro!”  Luego guardó silencio y las niñas iniciaron su descenso diciendo, en éxtasis, que iban a la Iglesia.  Lo decían, como de costumbre, en su diálogo con la Virgen.

Este descenso a la Iglesia fue vertiginoso, el R.P. Royo Marín, O.P. avisó a los presentes que corrieran a la Iglesia, a donde iban las niñas y dijo esta frase:  “Corran a la Iglesia que las niñas llevan alas en los pies.”

 

Después, durante el descenso, decía el P. Royo Marín, O.P.  “Yo no soy infalible, pero soy especialista y afirmo que lo que las niñas ven es verdad.  Tengo cuatro notas que no dejan lugar a dudas, no pueden fallar.”

Yo me acerqué a él y le dije:  “Padre, si esto es tan serio como Ud. dice ¿por qué no se queda aquí unos días más?  Y me respondió:  “No me hace falta, esto es clarísimo y no puede ser otra cosa.”

El descenso de San Sebastián de Garabandal a Cossío lo hicimos unos andando y otros en Jeep.  Al P. Luis, como deferencia, se le hizo bajar en Jeep.  Observé que estaba muy contento.  Los familiares míos que bajaron en Jeep en el viaje mismo con el P. Luis me dijeron lo mismo.  En varias ocasiones, según muchas veces me lo han contado, expresó esta su alegría con frases claras así como demostró una absoluta certeza en lo que se refería a lo de las niñas.

Una vez en Cossío nos fuimos repartiendo en los diversos coches que formábamos la expedición y, aunque le reclamaron en el coche de mi hermana, él prefirió venir conmigo.  Ya que conmigo había ido.

 

En el coche íbamos mi esposa Carmen, mi hija, Mari Carmen, de 8 años y yo detrás.  Delante iban José Salceda al volante y el P. Luis.

A lo largo casi todo el viaje vinimos comentando lo que aquel día habíamos visto.  Me dijo el P. Luis que había hablado con el P. Royo Marín y que habían estado de acuerdo en todo.  Tanto mi esposa como yo y también José Salceda observamos una profunda e intensísima alegría en el P. Luis.  Así como una gran seguridad.  Hablaba sin prisas y repetía muchas veces estas frases:  “¡Qué contento estoy!  Estoy pleno de dicha.  Qué regalo me ha hecho la Virgen.  Ya no puede caber la menor duda de que lo que sucede a las niñas es verdad.”  Así vinimos hablando un rato.  Paramos para tomar un refresco en Puentenansa.  El P. Luis se limitó a beber un refresco a la temperatura del tiempo.

 

En Torrelavega encontramos a un Jeep que había ido con gente de Aguilar de Campoo, que estaba parado.  Era el Jeep que nos había subida a San Sebastián de Garabandal.  Paramos por si necesitaban algo y se bajaron el mecánico José Salceda y el P. Luis y hablaron un poco con ellos.

 

En este segundo tramo del regreso hablamos un rato y yo dije:  “Padre, ¿por qué no duerme un rato?”  Así lo hizo por espacio de una hora aproximadamente hasta poco antes de llegar a Reinosa.  Al despertar dijo:  “Qué sueño más profundo he tenido.  Qué bien me encuentro.  No estoy ni siquiera cansado.”

Todos veníamos con sueño porque ya eran las cuatro de la madrugada.  Ya en Reinosa paramos en una fuente un poco para beber.  El P. Luis preguntó al mecánico José Salceda si había bebida y éste respondió que había dado de beber a los ojos que era los que tenían sed.

 

Reanudamos el viaje y después de rodar un poco adentrándonos en la ciudad, el P. Luis volvió a repetir las frases que habían de sintetizar la conversación que traíamos:  “Estoy pleno de dicha.  Qué regalo me ha hecho la Virgen.  Qué suerte tener una Madre así en el cielo.  No hay que tener miedo a la vida sobrenatural.  Las niñas nos han dado ejemplo de cómo hay que tratar a la Virgen.  A mi no me puede caber la menor duda de que lo de las niñas es verdad.  ¿Por qué nos habrá elegido la Virgen?  Hoy es el día más feliz de mi vida.”

 

Al decir esa frase dejó de hablar.  Yo le hice una pregunta y al no obtener respuesta le volví a preguntar:  “Padre, ¿le pasa algo?”  Yo creía que se mareaba.  El respondió:  “No, nada, sueño.”  Inclinó la cabeza e hizo un como ligero carraspeo.

José Salceda se volvió hacía él y al observar que tenía los ojos vueltos dijo:  “El Padre está muy malo.”  Mi esposa le tomó la muñeca y al no encontrar pulso dijo:  “Para, que no tiene pulso.  Aquí hay una clínica.”  Yo, creyendo que era un mareo, había intentado abrir la puerta en el momento en que paró el coche y le dije:  “No se preocupe, Padre, que no es nada, se le pasará enseguida.”  Mi esposa dijo:  “Vamos a llevarle a la clínica.”  Yo le respondí:  “No digas bobadas.”  Pero ella añadió:  Sí, que está sin conocimiento.”

 

Habíamos parado junto a la clínica, a unos cinco o diez metros rebasada ésta.  Llamamos e inmediatamente nos abrió una enfermera quien al ver al Padre, dijo que estaba muerto.  Mi esposa dijo que no podía ser, que le hicieron algo.  La enfermera le puso una inyección.

Entre tanto, José Salceda fue a buscar un Sacerdote y un médico.  El médico llegó a eso de los 10 minutos.  Era el Dr. D. Vicente González, quien sólo pudo contestar que se trataba de un cadáver.  Inmediatamente llegó el Sr. Párroco, quien le administró la Extremaunción.

Pasados los primeros momentos de incertidumbre y nerviosismo, llamé por teléfono al P. Ramón, quién estaba dando Ejercicios Espirituales a una Comunidad de Religiosas en Valladolid.

A las pocas horas vino el R.P. Royo Marín, quién nos acompañó y consoló.  Vinieron mis hermanos y cuñado desde Aguilar de Campoo y a eso de la media mañana llegó el P. Ramón.

Siempre que he comentado con mi esposa estas escenas, tan terriblemente impresionantes para nosotros, desde un punto de vista, hemos sentido a la vez una paz y una sensación de serenidad inconfundible.  El comentario que ha brotado repetidas veces al preguntarnos de qué murió el P. Luis ha sido éste:  “Murió de felicidad.”

 

A pesar de pasar en la fracción de un segundo de la normalidad más absoluta a cadáver, quedó con una sonrisa en los labios.  No se le apreció estertor sensible, fuera de un ligero carraspeo después de decir: “No, nada, sueño.”

 

Pregunté al P. Ramón qué precedentes tenía de alguna dolencia o afección cardiaca y me dijo ninguno. Lo único que padecía era una alergia al heno que se le manifestaba durante la primavera, pero que no le impedía desarrollar sus actividades ordinarias. Los medicamentos que tomaba eran unas píldoras o grageas que los médicos le habían recomendado para el tratamiento de esa alergia.

 

El día 8 de agosto, al bajar a Cossío lo hizo en Jeep, de manera que no puede estimarse que su cansancio fuera superior al de los demás que al haber estado todo el día en San Sebastián de Garabandal, habían hecho andando en la noche los siete kilómetros que llevan a Cossío.

 

Durante el año anterior, en el que desarrolló el curso de Teología en Oña, frecuentemente hacía deporte en el frontón y salía, en compañía de otros profesores, al campo, los días de vacación.  Frecuentemente aludía a esos ratos de descanso en las conversaciones que tenía, durante los pocos días que permaneció en mi familia.

 

Cuando, días después, también en San Sebastián de Garabandal, las niñas me dijeron que la Virgen les había dicho que el P. Luis había visto a la Virgen cuando gritó “Milagro, milagro” en los pinos, y que les iba a hablar, y más cuando presencié el primero de los diálogos que han tenido hasta la fecha con él, todas las escenas de aquellos momentos dolorosos de la madrugada del día 9 de agosto, 1961, se cubrieron para mi de una especial significación en la que la Providencia de Dios y el Amor de María jugaban un importantísimo papel.

De nuevo las palabras del P. Royo Marín, comentando las últimas que pronunció el P. Luis en este mundo, vinieron a mi recuerdo, “Este es el día más feliz de mi vida,” había dicho el P. Luis.  Yo quise preguntarle qué significaba aquella frase, ya que, para un Sacerdote, el día más feliz debía ser el de la Ordenación Sacerdotal, pero no me dio tiempo, anticipándose él con una respuesta que le introducía en la felicidad eterna.

 

            El P. Royo Marín nos dijo:  “Verdaderamente que el día de llegar a los brazos de Dios es el más feliz de la vida.”

 

 Ese día fue el 9 de agosto de 1961 y la hora las 4:20 de la madrugada, regresando de San Sebastián de Garabandal.

 

Como dato que puede servir para dar la medida de la suavidad de ese tránsito, diré que mi hija, de 8 años, que viajaba en el coche con nosotros, al llegar a Aguilar de Campoo, se acostó y durmió sola toda la noche sin la menor sensación de miedo o de nerviosismo.

 

El Crucifijo mío de cursillista que apliqué a los labios del P. Luis, y que anteriormente había sido besado por la Visión de Garabandal, se lo entregué al P. Ramón María, quien me lo agradeció como el más precioso regalo.

( Firmado)  Rafael Fontaneda