Testimonio de D. Enrique Valcarce Alfayate

Testimonio de D. Enrique Valcarce Alfayate

 

Don Enrique Valcarce Alfayate

 

El sábado, día 28 de julio de 1962, llegaba por primera vez a Garabandal un ilustre sacerdote de Madrid, D. Enrique Valcarce Alfayate. Aunque incardinado desde hacía muchos años en la diócesis de Madrid, y con importantes cargos o funciones en ella, dicho sacerdote procedía de la tierra leonesa del Bierzo.

Don Enrique dejó constancia de sus impresiones en un informe que escribió en Comillas con fecha de 30 de julio de 1962.

Por estas fechas, D. Valentín Marichalar meditaba sobre lo sucedido el día 25 de Julio de 1962, día del Apóstol Santiago, patrón de España. Le impresionó mucho lo que vio pues ya se daba cuenta de la dimensión histórica que tenían esas visiones para el futuro de España y el mundo.

Un apunte de doña María Herrero de Gallardo, recoge lo oído a don Valentín Marichalar, el párroco de Cosío y Garabandal:

-- Ya ve, señora, a veces le cuento a usted cosas que no cuento a nadie, porque sé que usted las recibe bien y piensa en ellas, mientras que otros muchos las encontrarían ridículas.

Dice Don Valentín:

«Me acuerdo del día del Apóstol Santiago. Era ya casi medianoche y una veintena de personas asistían a un éxtasis de las niñas. Yo contemplaba a veces el cielo, un hermoso cielo de verano, brillante de estrellas, con alguna que otra nubecilla blanca que atravesaba la atmósfera.

De pronto, ¡yo lo vi con estos ojos!, y también lo vieron las personas que digo, apareció nuestro santo patrón Santiago, sobre hermoso caballo blanco, tal como nos lo muestra la tradición histórica española; por unos minutos pareció hacer la ruta celeste, desapareciendo a veces detrás de alguna nube y volviendo a aparecer de nuevo. Era de verdad admirable.»

Era oportunísima esta presencia del "Defensor del alma Hispana", cuando de nuevo llegaba para su gente la hora de las grandes batallas de la fe.

D. Enrique Valcarce se encontraba en la Iglesia cuando comenzó una marcha extática de las niñas, que él cuenta así:

«Después del rosario, yo me quedé rezando unos momentos en la iglesia. Súbitamente entra el doctor Ortiz y me dice que salga, si quiero ver a las niñas en éxtasis. Salí inmediatamente; pero ellas ya iban caminando, con la gente detrás.

Me abrieron paso y logré unirme a Mari Loli y Conchita, que marchaban juntas, cogidas del brazo. Luego me di cuenta de que las otras dos, Jacinta y Mari Cruz, iban de la misma forma con otro grupo y por distinto camino.

 

 

 

 

Para mí fue algo tremendo y sorprendente. Aquel caminar por lugares verdaderamente difíciles, casi inaccesibles, sembrados de los peores obstáculos, corriendo a veces a velocidades increíbles, como si las niñas tuvieran alas en lo pies, lo mismo de frente que de espalda, con la cabeza fuertemente echada hacia atrás, con los ojos sin pestañear y fijos constantemente en la Visión.

 

El recorrido se hacía cantando el santo rosario, primero las niñas y luego el pueblo, menos los padrenuestros y ciertas jaculatorias, que rezaban las niñas con gran devoción, con mucha pausa y gran sentido; también el canto lo hacían con hermosa entonación, con gran dulzura de voz y mucha armonía.

Don Enrique se dio cuenta que, yendo del brazo de las niñas, no sentía apenas su peso y andaba con notable ligereza:

Este recorrido duró desde las 10:15 de la noche, más o menos, hasta pasadas las 11:30. Durante casi todo el tiempo yo pude ir cogido del brazo, bien de Loli, bien de Conchita; gracias a ir cogido de esta forma, pude seguirlas a pesar de tanto obstáculo, corriendo velozmente y con extraña sensación de seguridad.

Las caídas y los tropiezos, que tuve varias veces, me ocurrieron siempre en momentos en que me había separado de ellas.

 

D. Enrique Valcarce tenía ya sus años y ni estaba falto de kilos ni precisamente en forma para una carrera de obstáculos. Sólo asido a las niñas se sentía extrañamente ligero.

-- ¡Por Dios, señor Cura!, le dijo alguien, suéltese, que se va a matar por esos caminos y a esas velocidades.

-- No tenga cuidado, replicó él, me siento como si me hubieran quitado cuarenta años de encima.

La terminación de todo tuvo lugar a las puertas de la iglesia, cerrada. Primero, Loli levantó a pulso a Conchita, mayor que ella, y luego Conchita hizo lo mismo con Mari Loli.

 

Después se arrodillaron y súbitamente recobraron su actitud normal, mirándose con una sonrisa, que luego nos repartieron a todos.»

A estas vivencias de la jornada del sábado pudo añadir don Enrique las del día siguiente, domingo, 29 de julio, que también lo pasó en Garabandal, celebrando, por encargo de don Valentín, la misa del pueblo, a las nueve de la mañana.

 

La "impresión personal" de lo vivido la consignó así en su informe de Comillas:

«Tuve la fortuna de que las primeras personas con quienes me encontré fueran las videntes. Acababa de oír que aquel día, sábado, 28 de julio, había recibido Mari Loli la comunión de manos del ángel.

Las niñas ofrecen una expresión de gran atractivo cuando están en éxtasis, una expresión frecuentemente angelical, por ejemplo, en el caso de Mari Loli; pero en estado normal son más bien retraídas, muy remisas en palabras.

El conjunto de todo esto que he tratado de describir es realmente algo tremendo y sorprendente. Aseguran que no es producto de enfermedad, ni psíquica, ni orgánica. Pues entonces, me parece que el hecho no tiene explicación natural.»

 

Maximina escribe más detalles de estos días:

«El sábado (28 de julio de 1962) fue de una emoción grandísima. Había mucha gente, y tuvieron aparición las cuatro. Andaban separadas, de dos en dos; como había tantísima gente, estuvo mejor así: unos a un lado y otros a otro.

Las cuatro cantaban el rosario a una, por distintos lugares. Cuando nostras estábamos con Loli y Conchita en los Pinos, se oía perfectamente cantar a los que iban con las otras dos por el pueblo: todos cantando a la vez, arriba y abajo.

Miren: hacía una sensación maravillosa. Parece que estoy viendo al doctor Ortiz cantando con todas sus fuerzas. Bueno, todos cantábamos lo que podíamos.»

 

Preguntas que se le hicieron por escrito a Conchita y su respuesta.

Pregunta: ¿Cómo se os apareció la Santísima Virgen la primera vez?

Conchita: La primera vez que vimos a la Virgen, se nos apareció de repente. Venía con dos ángeles y el Niño Jesús, y había un ojo encima de todos, con mucha luz. Siempre se nos aparecía de repente, solo que unas veces traía el Niño y otras no.

Pregunta: Su postura, ¿era siempre la misma, o diferente? ¿Cuál era la habitual?

Conchita: Su postura más habitual era estar con los brazos abiertos y extendidos, mirándonos; pero también los movía. Miraba hacia el público, y unas veces se sonreía más que otras.

Pregunta: ¿Qué tenía por fondo la visión?

Conchita: Resplandores.

Pregunta: ¿Cómo eran sus ojos? ¿Parpadeaba durante la conversación?

Conchita: Sus ojos eran negros, ¡muy dulces y misericordiosos!, más bien grandes. Parecía como si no mirara a la cara, ni al cuerpo, ¡sino al alma! No me he fijado si Ella pestañeaba; pero sí miraba a un lado o a otro.

Pregunta: ¿Lloró alguna vez? ¿O sólo se ponía triste?

Conchita: Yo nunca la he visto llorar, ni triste del todo.

Pregunta: ¿Cómo era su mirada?

Conchita: Su mirada es muy difícil de describir. Hace a uno amarla más y pensar más en Ella. Mirándola a la cara, nos hace felices del todo, y mirándonos Ella, todavía más. Cuando nos hablaba, nos miraba, y también cambiaba de mirada durante la conversación."

Pregunta: ¿Qué sentías cuando te miraba?

Conchita: ¡Muchas cosas!

Pregunta: ¿Cómo era su voz? ¿Una voz real que corresponde al movimiento de los labios, o sólo una voz que se oye interiormente, sin sonido?

Conchita: Su voz, muy dulce y armoniosa, se oye por los oídos, aunque sus palabras penetran en el corazón; es como si metiera la voz dentro. Y según habla, mueve los labios como las personas, con sonido. ¡Hablaba con voz clarísima!

Pregunta: ¿Se rió alguna vez, o se limitaba a sonreír?

Conchita: Sí, alguna vez se rió, además de sonreírse, que era lo habitual. Y se oía su risa, como sus palabras; pero la risa era más no sé qué que el habla. ¡No sé explicar su risa! Nunca sabré explicarla.

 

Santa Teresita del Niño Jesús, en su "Historia de un alma", refiere así aquel "milagro" con que fue curada:

"De repente, la Santísima Virgen (se trataba de una pequeña estatua) se animó y me pareció hermosa, tan hermosa que nunca había visto nada tan bello. Su rostro respiraba una bondad y una ternura inefables. Pero lo que me llegó hasta el fondo del alma, fue su encantadora e inexplicable sonrisa."

 

Pregunta: ¿Os besó con frecuencia? ¿Se lo pedíais vosotras, o bien lo hacía Ella de propio impulso?

Conchita: Nos besaba casi todos los días, y salía de Ella. Eran besos de despedida en ambas mejillas. Alguna vez le pedí que me dejara besarla, y otras veces la he besado sin pedírselo.

Pregunta: ¿Trajo alguna vez un rosario u otro distintivo sobre Ella?

Conchita: Fuera del escapulario, yo nada le he visto.

Pregunta: ¿Qué sentías durante los éxtasis?

Conchita: ¡Una paz y una felicidad muy grandes!

Pregunta: ¿Qué sentías después de una visión?

Conchita: Cuando terminaba de ver a la Virgen, salía como del Cielo, con muchas ganas de amar a Jesús y a María, y de decir de Ellos a la gente, ya que eso es lo único que nos puede alegrar: hablar y escuchar de la Virgen.