Testigos de Clinio Sanz López, Clementina González y Daniela Cuenca

Testigos de Clinio Sanz López, Clementina González y Daniela Cuenca

Clinio Sanz López,
Clementina González y Daniela Cuenca

 


Clinio: el dia mas emocionante para mí fue cuando Conchita me dió el Crucifijo a besar; me emocioné y empecé a llorar.

 

Clinio Sanz López

 

Clinio fue distribuidor de pescado y por ello fue muchas veces a Garabandal. Clinio residía en Aguilar de Campoo(Palencia). Foto de 1985.

He visitado Garabandal unas 85 veces durante los primeros cinco años de las Apariciones. La primera vez fue cuando murió el Padre Luis Andréu S.J.

Este día había mucha gente. Seguimos a las niñas hasta los Pinos. Yo estaba muy cerca del Padre Luis y le oí decir cuatro veces: ¡Milagro!. Esto fue cuando él vió a la Santísima Virgen y el Milagro que va a venir. Cuando bajábamos de los Pinos, el P. Royo Marín O.P. y yo, le oimos decir:

-- No tengo que venir mas veces a Garabandal porque, para mí, esto es sobrenatural.

En casa de Loli y, antes de irnos, delante de Ceferino, el padre de Loli, dijo:

-- Este es el día mas feliz de mi vida.

Estas fueron las últimas palabras que le oí decir.

Cuando nos fuimos y pasamos el alto de Carmona, íbamos unos tres kilómetros detrás del taxi conducido por Pepe Salceda que llevaba al P. Luis Andréu S.J. Le seguimos todo el tiempo hasta Reinosa y allí les perdimos de vista. Cuando llegamos a Aguilar de Campoo nos enteramos de que el P. Luis había muerto en Reinosa y quedamos impresionados. Había muerto de felicidad porque todas las cosas que dijo se debían a la dicha de haber visto a la Virgen y al Milagro.

Otro de los dias inolvidables de mis visitas a Garabandal fue el dia la primera visita que hice al pueblo durante las Apariciones. Tenía una furgoneta porque yo solía vender pescado y una vez pues subí a Garabandal y llevé conmigo a mis cuatro hijos.

 

 

Foto: Conchita delante de la furgoneta de Clinio

 

Cuando las niñas tuvieron Aparición, yo estaba a cierta distancia. Las niñas solían hacer la Señal de la Cruz a los coches, una en cada coche. En esta ocasión fueron a mi furgoneta y le hicieron la Señal de la Cruz cuatro veces. Yo no lo vi por mi mismo pero me lo dijeron después. Entonces terminó el éxtasis y los testigos, emocionados, les preguntaron a las videntes:

-- ¿por qué, si solo hicísteis una Señal de la Cruz a cada coche, le hicísteis cuatro veces a este la señal de la Cruz?.

Ellas contestaron:

-- Sí, le hicimos cuatro veces la Señal de la Cruz porque este automovil pertenece a Clinio y sus cuatro hijos están durmiendo dentro.

La Virgen nos dijo:

-- Haced la Señal de la Cruz a cada niño.

La gente se sorprendió y me vino a preguntar si era verdad. Dije:

-- Sí, los niños están durmiendo dentro.

El dia mas emocionante para mí fué durante otro éxtasis en que tuve una gran prueba. Las niñas cayeron en éxtasis cerca de la casa de Conchita. Era mi tercera visita a Garabandal y, cuando yo estaba mirando a las niñas, en silencio, vino Conchita y me dió el Crucifijo a besar. Me emocioné y empecé a llorar y pensé:

-- Si es verdad que esto viene de Dios y la Virgen, que me ayuden a vivir en Gracia de Dios.

Después del éxtasis pregunté a Conchita:

-- ¿Por qué me diste la Cruz a besar?.

Ella me llevó aparte, a solas, y me dijo:

-- La Virgen me dijo que sus lágrimas son lágrimas de contricción y de estar en estado de gracia; que Ella le ama mucho y que solo usted y Ella saben lo que usted estaba pensando.

Solo yo sabía esos pensamientos que tenía y que la Virgen me escuchó y por esto, desde entonces, tengo mucha más fe, aun cuando siempre he tenido fé.

Vi muchos éxtasis. En una ocasión, las niñas perdieron los zapatos y estuvieron cerca de una hora, todo lo que duró el éxtasis, caminando sin calzado sobre piedras, matojos y todo lo que encontraban por el camino sin padecer el menor daño y cuando el éxtasis terminó emprendieron una veloz carrera a donde estaban sus zapatos; se los pusieron y terminó el éxtasis. Lo vi con mis propios ojos. Les preguntamos si sentían dolor y nos dijeron que no; les miramos sus pies pero no había ninguna señal de heridas.

En otras ocasiones las vi, incluso ir de espaldas por la Calleja, lo mismo hacia arriba que hacia abajo, incluso a velocidades muy grandes. Era muy digno de verse porqueno eran carreras a lo loco sino que en todo guardaban una compostura y una forma de andar admirables. Era la Virgen quien las llevaba y en todo momento, sin fatiga, ellas se sentían de lo más bien.

También hubo éxtasis en que las niñas, estando en casas diferentes, lo tuvieron exactamente al mismo tiempo. Más de una vez he visto que, cuando tenían la tercera llamada, la caida en éxtasis era instantánea, incluso si se estaba hablando con ellas. Ellas decían: "ya me llama" y de repente la vista las perdía, por la rapidez de la caida extática. Podían ser las cuatro a la vez o bien cada una ser llamada en diferente momento.

Tengo varios libros sobre las Apariciones pero, desde que subí a Garabandal, ya tengo claro que para mí es sobrenatural, obra de Dios. Ni siquiera intenté hacer pruebas. He visto las fotos pero no se puede comparar a verlo realmente porque se vé el movimiento y la expresión real y se siente la presencia de la Virgen.

En lo que a mí se refiere, puedo decir que siento, con toda certeza, que estas Apariciones son de origen sobrenatural y aun cuando siempre es la misma Virgen María, en todos los sitios, mi fé en la Virgen de Garabandal crece cada día.

 

 

 

Clementina González González

 

Clementina es esposa de Pepe Díez, el que fue albañil del pueblo de Garabandal.

Cuatro dias después de la primera aparición, las niñas vinieron a buscarme a casa y me pidieron que fuera con la demás gente para que vieran y creyeran.

Les dije que eso era imposible, que me tomarían por loca, porque el pueblo todavía no creía en las niñas. Yo creía en las niñas. Ellas lo sabían y por eso vinieron a mí. Les dije que avisaran al maestro, Don Francisco, y a su esposa, la Señora Concesa.

Después de llegar a la Calleja, Concesa y yo nos encontramos con Aurelia, la esposa de Ciriaco, quien nos dijo que iba con nosotras a ver a las niñas y de ese modo habría mas testigos.

Las cuatro niñas estaban rezando el Rosario y de pronto pararon por un momento y yo dije a las otras señoras:

-- ¡No están rezando!.

Las niñas tuvieron un éxtasis muy corto; vieron como un cuadro grande de luz pero sin poder ver qué había dentro. Continuaron rezando una Estación a Jesús Sacramentado. Cuando terminaron, tuvieron un éxtasis. Era sobre las 8:30, como cuando la primera Aparición. Cayeron en éxtasis y duró hasta las diez de la noche.

Empezé a llamarlas, primero a Mari Loli, en voz alta, pero no me contestó. Yo estaba conmovida; también llamé a Mari Cruz con voz muy fuerte y tampoco me contestó. Las otras mujeres se estaban riendo. Eran Oliva, Aurelia, Concesa y yo. Quise llamar a Jacinta pero no sé lo que me pasó, me quedé sin voz, por la emoción, y dije:

-- LLámala tú, Aurelia, que yo no puedo.

Aurelia dijo en alta voz:

-- Jacinta, levántate, que viene un rebaño de ovejas.

No era verdad; era para que se moviera de allí. Entoces yo llamé a Conchita muy fuerte. Mi hijo mayor, Manolín, corrió hacia mí, tenía diez años de edad; vino con Angelita y Serafina.

No las veíamos las caras porque estábamos más abajo que ellas. Entonces yo creía y dije:

-- Conchita. Pregúntale a Nuestra Señora del Carmen y al Sagrado Corazón de Jesús que qué quieren de nosotras. 

Al decir esto, la gente se reía y me dijeron:

-- Tina, no estés tan segura, puede ser que sea obra del demonio.

Entonces me puse muy nerviosa y dije:

-- Iré a llamar al párroco y a todo el pueblo porque ¡si no creeis en esto, no creeis en Dios!.

Francamente, estaba muy impresionada. Cuando yo dije esto, oimos a Conchita:

-- ¡Oh Virgen Santísima, ellas no nos creen!.

 Yo contesté:

-- Sí, Conchita, nosotras te creemos, todo el mundo te cree.

Con el pasar del tiempo todas fueron empezando a creer y quedando impresionadas. Angelita quiso pasar delante de ellas para ver las expresiones de sus caras pero sintió una fuerza que se lo impidió y dijo:

-- ¡Oh, no puedo pasar!.

Ahora todas estaban con un profundo respeto. El éxtasis terminó sobre las diez de la tarde.

Ellas nos dijeron que habían visto al Angel pero que él no les habló. Le preguntamos a las niñas si el Angel estaba triste. Ellas nos dijeron que cuando Conchita dijo: ¡Oh Virgen Santísima ...!, el Angel sonrió e inclinó la cabeza. Después fuimos a casa; cada una dijo lo que vió. Al día siguiente ya vinieron todos y mucha gente de los pueblos cercanos.

En esta primera época fue cuando todos creían más y sobre todo después que el párroco, don Valentín, dijo:

-- Hasta ahora, todo parece de Dios.

En una ocasión, me sentía muy mal y tenía duda si sería la Virgen quien se aparecía a las niñas. Le pedí a la Virgen:

-- Virgen Santísima, si eres Tú realmente la que te apareces, por favor, ven a mi casa con las niñas.

Apenas había formulado esa petición, cuando llaman a la puerta. La abrí  y era Mari Loli, en éxtasis, seguida de su padre y de mucha gente. Algunos no podían entrar y se quedaron fuera. Al ver a Mari Loli empecé a llorar y su padre, Ceferino, me preguntó por qué lloraba. Le dije de la duda que tenía por cosas que habían sucedido y la petición que había hecho a la Virgen. La respuesta fue tan clara e inmediata que me dí cuenta que realmente era la Santísima Virgen quien se aparecía.

Inmediatamente, Mari Loli, todavía en éxtasis, cayó de rodillas delante de mí y, cuanto más lloraba, mas fuerte ella ponía el Crucifijo sobre mis labios y, antes de irse, me santiguó con el Crucifijo.

En una ocasión, los Guardias Civiles pusieron a las niñas, una en cada casa y ellas llegaron a la Calleja exactamente en el mismo momento. Lo vi con mis propios ojos.La llamada de la Virgen fue simultánea y la llegada a la Calleja también.

En otra ocasión, en casa de Ceferino, Mari Loli tenia una mesa llena de anillos, medallas, rosarios, y más cosas, todo mezclado. Cayó en éxtasis y después de dar todo a besar a la Virgen, la niña devolvió cada objeto a su dueño sin una sola equivocación. Esto tuvo lugar delante de mí. La niña desconocía completamante quién era el dueño de cada objeto.

La noche de los gritos yo estaba allí. Los gritos y llantos de las niñas realmente eran terroríficos. Recuerdo que la gente pedía al monje que estaba allí, que rezase. Los gritos paraban cuando el monje rezaba pero, cuando paraba de rezar, los gritos eran mayores y mas horribles.

Después las niñas bajaron mas abajo de la calleja y nosotros nos acercamos a ellas. Recuerdo que Mari Loli gritaba con sus brazos extendidos hacia el cielo y decía:

-- ¡No, no, espera a que se confiese la gente... da tiempo a que se confiese la gente... lleva primero a los niños!.

Al dia siguiente era la fiesta del Corpus Cristi y fueron todos a Confesar y Comulgar.

Después del éxtasis, las niñas lloraron mucho tiempo porque no querían asustarnos diciéndonos lo que iba a suceder. Nos dijeron que iba a venir algo que era peor que si nos pusiesen en el fuego. Era el Castigo que va a venir sino nos convertimos;  nos dijeron que era peor que si nos quemasen.

En otra ocasión, en la Calleja, Mari Loli y Jacinta, mientras estaban en éxtasis, pidieron a la Visión que realizase un Milagro para que todos creyesen. Ellas repetían lo que la Virgen les decía y lo pude oir bien:

-- ¡Ah, cuando nadie lo crea... cuando nadie crea que te vemos... ¿entonces vendrá el Milagro?!.

Oí estas frases varias veces porque las niñas pedían con frecuencia a la Virgen que hiciese un Milagro para que la gente crea.

Una noche, después del Rosario, mi madre, Aurelia y yo fuimos con Mari Cruz y sus padres, Escolástico y Pilar, a la Calleja. Mari Cruz cayó en éxtasis. La Virgen venía con el Niño Jesús y Marí Cruz decía con ansia:

-- ¡Déjame el Niño un poco, solamente un poquitín!.

La Virgen le dejó el Niño. Mari Cruz le tomó en brazos, le besó y le decía al Niño:

-- Mira, mañana te traeré unos caramelos y algunos dulces.

Estuvo un rato acunando al Niño. Este éxtasis fue precioso. Cuando terminó, Mari Cruz lloró mucho. Mari Cruz lloraba con frecuencia, casi después de cada éxtasis.

 

 

 

Daniela Cuenca González

 

Daniela es hermana de Eustaquio Cuenca, llamado Taquio, el indiano que es citado en los libros por las historias que acá ella cuenta.

Vivo en Los Corrales de Buelna, cerca de Torrelavega. Nací en Garabandal y permanecí allí hasta los 21 años de edad. Subía con frecuencia a Garabandal porque tenía allá a mi madre. Antes de las Apariciones, conocía bien a las niñas videntes y eran igual que las otras de su edad.

Uno de mis hermanos me preguntó si subiría al pueblo. Le dije que pensaba ir. Me dijo:

-- Vete porque yo creo que la Virgen se está apareciendo allí.

Yo me eché a reir pero mi hermano me dijo:

-- No te rias, algo está sucediendo allí, no sabemos qué es, pero algo hay.

No le presté mucha atención, era la primera vez que oía hablar de esto. Cuando vine, no me causó mucha impresión porque veía a las niñas desde lejos. Pero después, cuando las ví de cerca, cayendo de rodillas, me emocioné tanto que pasaba noches enteras siguiendo a las niñas en éxtasis. Al caer de rodillas sobre las piedras es como si quedasen allí congeladas con una mirada fija hacia el cielo.

Las luces mas fuertes no las hacían pestañear. Ellas corrían y corrían y al final quedaban tan frescas y tranquilas mientras que los muchachos llegaban sudando y agotados. Todo ello me impresionó mucho porque allí todo sucedía de manera admirable en sus movimientos y expresiones.

Lo que mas me emocionó fue lo que sucedió con mi medalla, que era  una de las que nuestra madre dió a cada hijo para que la llevásemos puesta. La tengo colgada del cuello.

Le dí mi medalla a Mari Loli y le dije:

-- Dásela a la Virgen esta noche para que la bese.

Me dijo:

-- ¿Te vas esta noche?.

-- No, voy a quedarme dos o tres dias.

-- Bueno, ¡es que hay tanto para dar a besar!.

Entonces fui a Jacinta que me dijo lo mismo. En aquel momento cayó en éxtasis delante de mí. Me dijo mi hija:

-- Mamá, pon ahí la medalla.

Asi lo hice; puse la medalla donde ya había una pila de objetos para dar a besar. Jacinta no me vió poniendo la medalla en la mesa. Cuando llegó a dar a besar mi medalla, empezó a hablar y sonreir sin yo comprender lo que estaba diciendo ni el por qué se sonreía.

Antes de irme tomé la medalla besada de la mesa y la puse en mi cuello. Tenía mucha devoción a esa medalla y la besaba con frecuencia.

Después de un mes, pensé que la Virgen ya no se acordaría de haberla besado y se la puse a Mari Loli entre las cosas que tenía en una mesa para dar a besar a la Virgen. No hice bien, pero, Dios me perdone, fue sin mala intención.

Había mucha gente en la cocina. Mari Loli tomó las medallas para darlas a besar y cuando llegó a la mía, dijo:

-- ya está besada, ¿se la pongo en su cuello?... ella está aqui...

Ella pasó entre toda la gente, me dió la medalla a besar por ambas caras, y me puso la cadena con la medalla en mi cuello. Para mí fue un acontecimiento inolvidable. Sentí una emoción grandísima.

Una noche me sentía mal y no querían que saliese, les dije:

-- Mientras esté aquí tengo que ver las Apariciones.

Fui a casa de Mari Loli. Había un médico que le dijo a Ceferino que quería examinar a su hija; Ceferino le dijo.

-- ¡No, usted no toque a mi hija!.

Entonces le mostró sus papeles que indicaban que era en verdad un médico.

Dijo Ceferino:

-- Si es usted un doctor, examínela.

Me fui a mi casa para comer y le dije a mi madre.

-- Madre, hay un médico que parece más un granjero que un doctor.

Estaba horrorizada de su conducta. Volví donde Mari Loli, pero ya la conducta de este señor había cambiado completamente. La madre de Mari Loli me dijo:

-- Mira, ha cambiado de opinión.

El médico tomaba el pulso de Mari Loli, examinó sus ojos y mientras hacía este examen, llega Jacinta en éxtasis y yo le dije:

-- Mire, esa es otra de las videntes, vaya y examínela.

El se volvió, estaba totalmente cambiado, corrió hacia ella, tomo su pulso y le examinó los ojos. Entonces, Mari Loli cogió su Crucifijo y le hizo la señal de la Cruz a este médico varias veces. Finalmente, la niña salió a la calle. La seguimos, éramos unas siete personas. Era una de aquellas noches que había poca  gente. A su vuelta a casa, Mari Loli le volvió a dar la cruz a besar al doctor.

Cuando terminó el éxtasis, el médico volvió a tomarle el pulso y dijo:

-- Exactamente el mismo, aunque estoy seguro que el nuestro es más rápido.

Yo le dije:

-- Esta tarde la niña no hizo nada de extraordinario.

El nos dijo:

-- El andar es suficiente para aumentar el pulso, pero la niña no experimentó ningún cambio. La niña se ha movido con total seguridad en la oscuridad tanto andando hacia adelante como hacia atrás.

El doctor, en lugar de irse, pasó toda la noche andando por el pueblo como sumido en una profunda meditación.

Yo tenía un hermano llamado Eustaquio, que era un Indiano que había estado en Méjico. Mi hermano había prohibido a su hijos y a su tutor, llamado Manín, acercarse a las videntes. Solía decir:

-- Si yo creo o no, no lo quiero discutir pero no quiero que vayáis donde las niñas.

Yo solía decirle:

-- Lo que te pasa es que no te gusta lo que dice la gente de tí, de que hipnotizas a las niñas. Eso no es lo importante, ni es verdad, porque los éxtasis comenzaron antes de venir tú aquí. Cuando la primera Aparición tú no estabas acá.

Un dia le dice mi madre:

-- Escucha Taquio, si tú no vas a los Pinos, entonces iré yo.

Mi madre estaba muy enferma; Eustaquio dijo:

-- Iré y veré a las niñas en éxtasis.

Las niñas estaban en éxtasis en los pinos y dijeron:

-- ¿Taquio viene a vernos?... pero si él nunca viene... ¿viene sobre un caballo blanco?, ... pero si su caballo es negro.

Efectivamente, Taquio no venía en su caballo negro sino en el caballo de un amigo, que era un caballo blanco. Los Guardias Civiles que estaban allí, en los Pinos, miraron desde lo alto y vieron a mi hermano subir con un caballo blanco. Yo no lo vi por mi misma sino que me lo contaron. Todos estaban emocionados ante tal escena.

Cuando mi hermano vino de Méjico, tenía una pequeña cicatriz en el pecho y por eso no quería llevar cadena con medalla porque el roce le irritaba la cicatriz. Su esposa era muy religiosa pero mi hermano era negligente. Con el tiempo se hizo buen católico, gracias a Dios, y esto se lo debemos a la Virgen.

Cuando cogió el avión en Méjico para venir a Garabandal, su esposa quería que llevase puesta la medalla de Nuestra Señora del Carmen pero él le dijo a su esposa:

-- No insistas, ya sabes que roza con la cicatriz e irrita la piel.

Sin embargo, cuando vino, consintió en llevar una medalla que nuestra madre nos había dado a cada uno de nosotros. Mi cuñada vino dos o tres meses mas tarde y un dia Taquio le dijo:

-- Mira, llevo puesta una medalla que me dió mi madre.

Ella no le contestó pero pensó para sí:

-- Ya que llevas una medalla, yo tomaré la tuya, la que no quisiste llevar en Méjico, la de Nuestra Señora del Carmen y yo la llevaré.

Mi cuñada cogió todas las medallas junto con las de mis sobrinos y la de Nuestra Señora del Carmen y fue a casa de Mari Loli que estaba en éxtasis. Empezó a dar las medallas a la Virgen para que las besase pero, cuando Mari Loli llegó a la de Nuestra Señora del Carmen, de repente baja las escaleras y sale de casa. Yo dije:

-- A donde irá; esa es mi medalla, la que Taquio no quiso llevar puesta.

Todos siguieron a Mari Loli. Fue a casa de mi hermano Taquio que estaba jugando a las cartas con algunos amigos en el comedor. Mari Loli subió y le puso a mi hermano la medalla en su cuello. Mientras hacía esto, Taquio decía:

-- No, no a mí, que ya tengo la mia.

La que tenía era una medalla de la Pilarica, de nuestra Señora del Pilar, pero, al mismo tiempo, vió que la que le ponía Loli era la medalla de Nuestra Señora del Carmen que el creía habia quedado en Méjico y dijo:

-- Pero si es mi medalla, la que quedó en Méjico.

Se la había traido su esposa, se la dió a Mari Loli y la Virgen llevó a la niña, en éxtasis, hasta su casa para ponérsela. Tanto le impresionó este acontecimiento que puso en la mesa una señal, una Cruz, en memoria de tan extraordinario suceso.

Un dia, siguiendo a las niñas por la calleja, les oí decir a la Visión:

-- Dicen que alguien nos hipnotiza, pero eso es falso, ¿verdad?... Dicen  que es Taquio quien lo hace... ¿es un hombre bueno, verdad?.

Cuando oí mencionar a mi hermano me emocioné muchísimo. Esto sucedió antes que lo dicho del caballo y de la medalla.

He visto muchos éxtasis, en ocasiones mas que muchos del pueblo porque ellos tenían que ir a recoger la hierba y muchos éxtasis sucedieron cuando ellos estaban lejos y nosotros constantemente seguíamos a las niñas.

El dia que murió la madre de Carmina, vi a Loli salir de su casa, en éxtasis y de rodillas, anduvo de rodillas hasta la casa de Carmina y subió las escaleras en éxtasis; dió el Crucifijo a besar a todos los parientes de la difunta y solo a ellos. Carmina era tía de la madre de Loli. De repente Loli exclamó:

-- ¡Ah bien, ya viene Conchita!.

Bajó las escaleras y en efecto, Conchita estaba en la puerta. Conchita subió y Loli se fue.

El Milagro de la Forma yo no lo ví pero mi hija María Stella, que entonces tenía once años, lo vió. Le pregunté a mi hija:

-- ¿Qué viste?.

-- Vi a Conchita sacar la lengua y allí no había nada. De repente la Hostia apareció allí.

Mi hija iba acompañada de su amiga Celina que también vió la Hostia  en la lengua de Conchita. Ambas quedaron impresionadas y lloraron de emoción. Como el Milagro había sido anunciado de antemano, yo vine aquí para verlo.

Tuve muchas pruebas, entre estas la de oler las fragancias que emanan de los objetos religiosos besados por la Virgen, entre ellos, especialmente, el Rosario de mi madre. Es una fragancia exquisita, que no se sabe de qué substancia es, como un delicado perfume.

Uno de mis hijos, el que menos creía me dijo un dia.

-- Mamá, ¿has echado perfume en tu Rosario?.

Le dije:

-- No hijo, es que, como no creías y no querías olerle, lo dejé ahí y es para que veas que te decía la verdad.

No está permanente allí el olor, sino que, en ocasiones y cuando la Virgen quiere, lo dá como prueba y como gracia que se siente en el alma.

Para mí, aquel pueblo de entonces era como del Cielo, aun cuando muchas casas estaban en tan malas condiciones que no sé si las habría peores en el mundo.

Aquella pobreza está llena del andar de las niñas con Nuestra Señora por el pueblo y, aunque ahora está todo más arreglado, no nos sentimos mejor que entonces, cuando caminábamos con las niñas y con nuestra Madre Santísima por aquellas calles pobres y pedregosas.