Testigos de Antonia González y su hija Lucía Ciriaco y su esposa, Aurelia

Testigos de  Antonia González y su hija Lucía Ciriaco y su esposa, Aurelia

 Antonia González y su hija Lucía

Ciriaco y su esposa, Aurelia


Serafín, a la izquierda. Conchita, a la derecha, con sus tíos, en el centro. Antonia está en el centro de la foto

 

Antonia González González

Trabajaba en las labores del campo en Bernejo, Cabezón de la Sal. Nació en San Sebastián de Garabandal, donde vivió 31 años. Es tía de Conchita.

Dice Antonia:

Tuve a Conchita en mi casa antes de las apariciones, no sé si fueron cinco meses o así, cuando murió su padre; la tuve yo aquí con mi hija. Iba al colegio de Cabezón.

Todo la parecía muy bien. Las pegué un dia, a ella y a la mía, porque me metía crías en casa, y no lloraba. Otra vez, jugando, se metió un palo por una pierna, se lo sacamos y no se quejó tampoco. Tenía mucho valor. Su madre la hacía trabajar muchísimo. Yo no la notaba nada que la distinguiese de las demás. Era seriuca, igual que mi hija.

Ocho a quince dias antes de comenzar la Apariciones, yo meditaba en las Apariciones que hubo en otros tiempos atrás y me decía en mis adentros: ¡Ah, todo venía antes y ahora no viene nada!.

Había aquí un médico que se llama don Antonio, está en Santander, él y la señora son de Liébana y hablamos de las apariciones. A los ocho dias de hablar de esto, vinieron las apariciones de GarabandaL

Iba a Cabezón, y en mitad de camino vi a una chica que me dice:

-- ¿No sabes lo que hay en San Sebastián?.

-- ¿Qué habrá?, ¿cosa de otro mundo?.

dije yo. Porque tenía muchas dudas de fe. Y dice ella:

-- Pues sí, ¡hay apariciones!.

Y en el momento que lo oí, lo creí; pero a ella no se lo hice ver. Pero después dice ella:

-- ¿No sabes quién es?.

-- Nó.

-- La sobrina tuya.

Y seguí mi camino. Estaba nerviosa, y no quería oir hablar más, porque yo hacía mucho que no me confesaba y tenía dudas de fé. Iba para Cabezón y con mucha frecuencia entraba en la Iglesia y decía:

-- Dios mío, te doy las gracias, y te digo que me confesaré.

Había mucha gente que fue a ver las Apariciones; pero yo decía:

-- No necesito verlo, porque lo creo desde aquí.

En todas partes, tanto las amigas como las vecinas, se extrañaban de que la tía de Conchita no fuese a ver las apariciones. Era porque me daba miedo ir. Maximina me escribía unas cartas que ahí las conservo. Conchita, me decía que a ver si iba, que me iban a esperar a Cosio. Entonces fui con la chiquilla. Me quedé en Garabandal unos quince dias seguidos.

 Yo subí a la calleja, me senté allí acurrucada, con esa cosa de temeridad que llevaba. Yo creida del todo pero no lo decía a nadie; también estaban allí unos seminaristas conmigo .

 Pude tocar a las niñas por las piernas pero me dió miedo. Yo estaba pegando con las faldas de ellas; pero no sé qué me pasó que empecé a sentir un remordimiento, una cosa, un pesar de toda mi vida, de todos mis pecados.

Si Dios me hubiera llevado en ese momento, las puertas del Cielo se me hubieran abierto de par en par. Porque aquello fue mejor que cuando me confesé. No me quedó ningún remordimiento dentro del corazón.

Las niñas tenían en sus rostros una claridad. Es inexplicable, una luz clara. Una luz como la que tengo yo en la cocina pero muy clara, muy clara. Lo noté en ellas, en las caras, cambiadas totalmente. Las veía muy guapas. Hablaban más bien bajo, apenas se las oía.

Este es el primer éxtasis que he visto. Después ví muchísimos, porque estuve allí un mes entero en casa de Conchita en 1961. Los ví a horas distintas y en muchos sitios. Cuando Conchita se quedaba dormida en la cocina, o estábamos cenando, si la llamaba la Virgen, subía arriba corriendo y se marchaba, abría la puerta y echaba a correr con la Virgen.

Yo no la noté nunca nada de fatiga o nerviosismo, y estaba cerca de ella. En casa de Ceferino, una vez me puse a levantar la mano de Mari Loli, y no pude. Resulta que allí había uno que decian que era Balduino de Fabiola. Yo no sé si era Balduino, ellas decían que sí, que lo era. Le pisaba Conchita en éxtasis. El caso es que decia él:

-- yo no la puedo levantar, no puedo sacar el pié que me ha quedado debajo.

No las podían levantar, y unas a otras se levantaban. Las niñas, en éxtasis, se levantaban fácilmente las unas a las otras. Varias veces he visto a las otras niñas entrar en casa de Conchita en éxtasis. Pero quiero decir que no por eso Conchita se ponía en éxtasis ya que no dependía de ella sino de que la Virgen la llamase.

Muchas veces vi a Conchita en éxtasis, hasta comiendo; se ponía nerviosa de contenta, se le cambiaba la cara de color, eso si que lo veía. A veces me sonreía porque cuando tenía la tercera llamada, volaba como quien llevaba el viento. Echaba a correr, a lo mejor a la Iglesia, a los Pinos, a donde fuera. A veces, entre la primera y la segunda llamada pasaba mucho tiempo.

Cuando el milagro de la Comunión visible de Conchita, todos se impacientaban y el hermano, Miguelín, dijo:

-- Aquí nos están engañando, nos vamos todos; esto es un juego.

Ella, la chiquilla, le decía que nó. Le decía:

-- Espérate un poco.

Yo estaba allí en el fogón, y le dijo a un Padre:

-- ¿Puedo tomar agua?.

Y le dijo el Padre, no sé qué Padre era:

-- Sí, sí, puedes tomar agua.

porque tenía que comulgar. Entonces ella le dijo a su hermano:

-- Cállate, espera.

El chiquillo se fue a la cama, indignado, diciendo que le estaba engañando, que era un juego. Pero, al poco tiempo, ella dijo:

-- Ya tengo la tercera llamada.

Volvió el hermano y todos echaron a correr. Yo eché a correr detrás de ella. El hijo mío, Manolín, vió la Forma. Yo no la ví, más bien porque no quise. Me daba miedo ver cómo venía la Forma del Cielo. Había muchísima gente.

En otro éxtasis, estaba yo pensando:

-- Bueno, pues si es verdad que es la Virgen, que es verdad esto, que Conchita me dé el crucifijo a besar.

Eso lo dije en mi interior, sin que nadie lo oyera. Y al momento la oí decir a la Virgen:

-- ¿Esa que pide que le dé el Crucifijo a besar?, ...

Y vino a darme el Crucifijo a besar. Esto fue delante de casa de mi hermana Aniceta.

Impresionaban los rodillazos que pegaban al caer en éxtasis. Yo estuve allí junto a ellas; no tenían heridas, ni nada y ¡buenos rodillazos que pegaban!. Eso lo ví muchas veces allí, en casa mismo. Unos rodillazos tan fuertes que si yo los doy a lo mejor me rompo la rodilla.

En una ocasión, estábamos la madre y los familiares, en casa de Conchita y Conchita dijo: nosotras mismas lo hemos de negar y nos hemos de contradecir todos. Entonces será cuando vendrá el Milagro.

Yo le oí a Conchita en éxtasis:

-- Cuando dejen de subir todos, cuando no lo crea nadie, ¿entonces harás el Milagro?... entonces vendrá el Milagro... cuando todo el mundo deje de creer; ni los sacerdotes lo creerán, ni nadie lo creerá,... ¿entonces vendrá el Milagro?.

 Esto lo he oido yo: nosotras mismas nos hemos de contradecir, las familias, etc. Eso lo he oido yo en casa de Conchita, eso es cierto.

Una noche, en casa de Ceferino, oí que hablaban con el Padre Andréu. Yo estaba allí y esa noche decían:

-- ¿Se unirán las iglesias?, ... las iglesias se unirán.

Decían que se llegarían a unir las iglesias. Eso decían, estando ellas en éxtasis; y que si no nos enmendamos, eso también lo oí, se apoderaría Rusia de todo. Las niñas dijeron eso, en éxtasis, eso lo oi yo:

-- Que vendrían unos castigos muy grandes.

Lo ha dicho muchas veces. Los Cardenales, bueno, eso ya lo han dicho varias veces, que irían unos en contra de otros. Todo va saliendo, todo va saliendo.

Por las Apariciones de la Virgen he recibido muchas gracias y estoy muy agradecida a Dios que me dió esas gracias.

 

 

 

 

 

 

 

 

Lucía Fernández González


P. Ramón Andréu, Conchita, Aniceta, Lucía,P. Luís López Retenaga, P. José Ramón García de la Riva.

 

Lucía Fernández González.

Lucía, es Luciuca, hija de Antonia González y prima de Conchita.

Dice Lucía:

Conozco muy bien a Conchita. Además estuvo cinco meses aquí cuando era pequeña. Yo la encontraba una chica normal, normal como todas.

La primera vez que supe de las Apariciones fue cuando me dijo mi madre:

-- ¿No sabes que hay apariciones?.

-- Cómo, ¿apariciones?.

-- Sí, si.

-- ¿Sabes quienes son?

-- Pues no sé.

-- Tu prima Conchita.

-- No, no lo creo.

La verdad, no lo creía a lo primero. Me parecía imposible. El primer éxtasis que ví, me acuerdo que fue en la calleja. Eran las cuatro niñas; se pusieron a rezar el rosario, y entonces, de repente, llegó el éxtasis y me emocioné muchísimo.

Por la noche me entró una cosa, yo no sé si es que yo quería ver a la Virgen, y venga a llorar, venga a llorar. Como ellas, yo tenía once o doce años.

Digo a mi madre:

-- Quiero ir a la calleja.

-- Pero, ¿cómo vamos a ir?. No ves que es tan de noche.

Era la una de la madrugada, digo yo:

-- ¡Ay, yo quiero ir, yo quiero ir!.

-- Bueno, dice mi madre, pues llamamos a otra señora para que venga con nosotros.

-- Sí, pero no se lo digas a nadie.

Fuimos allí a la calleja, y empezamos a rezar rosarios. Y así seguimos muchísimo tiempo yendo, y nada; de la Virgen, nada. No la ví.

La familiaridad con su prima Conchita era tal que Lucía pensaba que si Conchita podía ver a la Virgen, ella también. Pero durante las Apariciones solo Dios designa quién ha de ver. Por lo demás no es motivo de lejanía de la Virgen. La Virgen dijo a Conhita: estoy contigo y con todos mis hijos. 

Yo iba convencida de que la iba a ver. Iba segurísima y nunca la ví. Por eso, como mi prima sabía que tenía tantas ganas de verla, un día le habló la Virgen de que tenía que llevar un testigo. Mi prima dice:

-- Bueno, pues la más indicada eres tú.

Entonces, un dia, a las cuatro de la mañana, salimos Mari Cruz, Conchita y yo, y fuimos para los Pinos. Mi prima le dijo a Mari Cruz que no tenía que ir nadie, solo nosotras tres. Yo les dije:

-- ¿Qué tengo que hacer yo?.

-- Tienes que hacer como nosotras.

-- Pero, ¿cómo voy a hacer como vosotras, si yo no veo nada?.

Ellas cayeron en éxtasis, y yo, pues nada. Me llevaron de testigo; pero yo no vi nada.

Las niñas testigo fueron escogidas por la Visión y eran niñas pequeñas: Mari Carmen y Sari. Tampoco esto se podía cambiar a voluntad.

Ví muchos éxtasis. Es que yo, antes, de pequeñita, pasaba muchos meses allí con Conchita. Vivíamos como hermanas; mi prima y yo nos tenemos como hermanas.

Fuera de los éxtasis, Conchita se comportaba normal, normal. Por ejemplo, íbamos a los invernales y éramos felices las dos.

Como estaba con Conchita, cuando el Milagro de la Comunión, don Celestino y don Félix me han llevado a Requejada para preguntarme sobre la comunión.

Don Celestino es el doctor Ortiz, es médico y me decía para meterme miedo:

-- Pues te van a hacer un lavado de cerebro.

-- Pues que me le hagan.

Es que estaban empeñados en que yo había sido protagonista con Conchita, de que yo había hecho la Forma. Porque es que, el dia de la Forma, yo estaba con ella. Me querían hablar sobre la Forma.

Conchita anunció el Milagro de la Comunión. El dia del milagrucu, yo estaba con ella. Estábamos unos cuantos: su hermano, su tío, otra de Fontaneda y yo. Era la fiesta del pueblo.

Me acuerdo que mi prima andaba buscando un Crucifijo y no lo encontraba y, cuando ya andaba buscando el crucifijo, fue cuando cayó en éxtasis. Ya en éxtasis, lo encontró y lo cogió.

Decían de si Conchita llevaba la Forma en el bolsillo y yo digo:

-- Nada, nada, nada. No traía nada, nada, nada; yo estuve todo el tiempo con ella. Me dejó un poquitín, que bajó a beber agua a la cocina. No me separé nada más de ella.

Cuando ya cayó en éxtasis, yo bajé hasta la puerta de abajo con ella; en la puerta de abajo ya había tantísima gente y ella salió.

Cuando ellas se desplazaban con velocidad, yo iba un poco más lejos que ellas. A mi prima siempre la seguía, pero ella iba sin esfuerzo y yo corriendo con mucho esfuerzo. Ellas iban sin fatigarse ni nada. Además, iban mirando para arriba.

Muchas veces no las seguía, no podía, iba cansadísima. Me acuedo que una vez, a la puerta de la iglesia, tuvieron una aparición que duró varias horas y yo me quedé dormida allí, a la puerta.

Mi prima, si daba la casualidad de que nos encontrábamos así de la mano y le venía el éxtasis, ya no la podía soltar. Una vez me agarré a la bata de ella, y no me pude soltar hasta que terminó el éxtasis; si tenía algo en la mano, en éxtasis, yo no se lo podía quitar.

Estando en la cama, ella ha tenido apariciones. Estaba en éxtasis y yo sentía que estaba rígida. Estábamos juntas. No sentía ni frio ni calor, como una cosa que no se podía mover.

 

 

Ciriaco Cosío y su esposa Aurelia

 

 

Ciriaco Cosío, tío de Conchita.

 

Un día que volvía del trabajo, ya en mi casa, mi mujer me dice:

-- ¿No sabes lo que ocurre en el pueblo?.

-- Pues no.

No lo puedo saber, porque yo estaba trabajando en el monte, en la madera.

Dice ella:

-- ¿No sabes que se les aparece la Virgen a cuatro niñas?.

Digo:

-- Mira, te vas por ahí de paseo. ¡Nó me vengas a mí con cuentos, porque para mí son cuentos!.

Pasaron varios dias, y en el monte, trabajando con unos compañeros, se habló de estas cosas; entonces, acordamos apurar el trabajo para terminar lo antes posible y poder venir a ver a las niñas, a ver si podíamos verlas nosotros algún dia.

Habían pasado ocho a diez dias de la primera aparición; vine a casa con mis compañeros. Había mucha gente y en vez de subir por la calleja, subí por los prados y procuré ponerme donde podía ver a las niñas; un poco distante, pero las veía perfectamente.

Al extasiarse las niñas, me emocioné bastante y hasta me hicieron llorar. Lloré, vine a casa y se lo dije a mi mujer:

-- Para mí no sirve eso, esto no es para mí. Estas cosas son para ver sufrir.

Porque me llamó mucho la atención; era una cosa que yo nunca había visto. Un día, vino Conchita a mi casa, le hablé y me dijo:

-- No se preocupe. Para mí, la mayor alegría que puedo tener es cuando estoy viendo a la Virgen.

-- ¡Ah, bueno!.

Yo le dije:

-- Si para tí está bien, entonces, para mí también.

Siempre procuré estar en los sitios para verlas pasar o por un sitio donde estarían ellas extasiadas. Mientras andaban por el pueblo, no me molestaba mucho en andar corriendo detrás de ellas, por la cantidad de gente que había. Diría que he visto de 70 a 100 éxtasis pero no era de los que se dedicaban a correr detrás de ellas.

 Estando trabajando en Lugo, en Galicia, el mes de julio de 1962, al tiempo de venirme para casa, me corté en una pierna. Todos mis compañeros se venían a su casa. Me vine aquí y, por unos dias, fue bastante bien la herida.

El Dr. Gullón me examinó aquí; la pierna fue primeramente bastante bien, pero luego volvió a dolerme. Un día, yendo yo al bar, un domingo, me encuentro con Conchita que me dice:

-- ¿No sabe, tío, que va a haber un milagro?.

-- Hombre, le dije yo. ¡Pues hacía faita!.

Y me dijo ella:

-- Es para que lo crea.

Digo:

-- Bueno, ¿quién te ha dicho a tí que yo no lo creo?.

Dice ella:

-- Es para que crea más.

-- Pues está muy bien; ¿la Virgen te dió a tí permiso para hacerlo público?.

-- Pues sí.

-- Entonces, está muy bien.

No hablé más con ella. No la interrogué más, ni ella a mí. El dia 18 de Julio, el día de la Comunión, yo estaba muy mal de la pierna. Había mucha gente esperando a verlo y yo era uno de tantos; pero yo no me podía mezclar con la gente, ni podía estar en la cama, ni podía estar por el pueblo por causa de los dolores que tenía.

Cuando me dí cuenta, ya Conchita había tomado la Comunión, ya no pude ver nada. Pasé ese día con unos dolores inaguantables en la pierna y, al dia siguiente, yo me levanté y habían desaparecido. No volví a tener más dolores en la pierna, ni nunca más he notado dolor.

Dios premió la fé de Ciriaco y sus esfuerzos por ir a ver el milagro de la Comunión; igual que si hubiera estado en el lugar de la Comunión de Conchita.

Ví venir a mucha gente a las Apariciones; algunos dias pudo haber 8.000, como 10.000, como 11.000 personas; yo puedo decir que mucha gente; hubo dias que, sólamente en mi casa, no se cabía ni arriba ni abajo.

 

Dice Aurelia:

Aurelia González es la esposa de Ciriaco y tia de Conchita

 

Yo iba muchas veces con las niñas. Era al principio, cuando todo nos impresionaba tanto que nos hacía llorar y gritábamos todos.

Antes y después de los éxtasis estaban naturales, normales; y cuando los éxtasis, se les ponía una cara preciosa, parecía de marmol; una cara fina, brillante, muy guapa; se les ponía una cara muy bien.

Después de los éxtasis, nada de cansadas, nada, nada; más descansadas que nosotras que andábamos corriendo detrás de ellas. ¡Ay!, muchas veces no las podía seguir, corrían mucho, mucho.

Una noche vinieron aquí, a mi casa, a eso de las dos. Yo, como tenía la niña pequeña, no salí. Picaron a la puerta:

-- ¿Quién llama?.

No me contestaba nadie:

-- Hasta que no me conteste, no abro la puerta.

Dice uno:

-- ¡Abre!, que son las niñas.

Abrí la puerta; me parece que eran Conchita y Jacinta; entraron, hicieron una cruz en un cuadro piadoso que tenía la niña María Felisa, que la tenía en la cama. La pusieron una estampa debajo de la almohada, la dejaron allí y marcharon sin decir nada. Iban así, a muchas casas; yo creo que entraron en todas las casas.

Yo nunca toqué a las niñas estando en éxtasis, nunca; nosotras cuando pudimos tocarlas fue cuando en la Calleja, la primera vez, y nos entró una cosa que no pudimos tocarlas, ni mirarlas por delante siquiera, que estábamos detrás, como con respeto.

Una cosa que he visto muchas veces: si, por ejemplo, les daba por detrás el anillo de matrimonio para que la Virgen lo besase, ellas se lo daban a besar a la Virgen y luego volvían y se lo ponían en el dedo sin saber qué persona era, sin equivocación ninguna. Eso lo he visto varias veces. Era maravilloso.