Testigo de Doctor José de la vega

Testigo de Doctor José de la vega

 Doctor josé de la vega

De rodillas, lloré emocionado y pedí a Dios perdón por mi incredulidad


Vecinos y forasteros esperan la venida de la
Santísima Virgen María en el lugar llamado "el cuadro"

 

Doctor José de la Vega.

Madrid, 25 de abril de 1962.

Dice D. José:

He oído a los del pueblo y a los visitantes conversando con las niñas antes y después de sus visiones. Profesionalmente no encuentro explicación a lo que he visto. He de creer, pues, en el prodigio.

 

Desde el 18 de Junio último, la Virgen recorre, casi a diario, las tortuosas calles de un pueblecito perdido en las cumbres de la sierra montañesa cercana a los Picos de Europa.

Así lo afirman cuatro niñas de 11 a 13 años nacidas y criadas en plena montaña santanderina, sin más instrucción que las enseñanzas del cura párroco. Un pueblo entero de apenas setenta familias vive hace diez meses estas maravillas.

Las niñas, cada día, una o varias veces, y a horas prefijadas, rezan, hablan y besan a la Virgen sumidas en un profundo éxtasis.

Foto: Conchita y Mari Loli en éxtasis.

Cada día miles de creyentes llegan a este pueblo desde los más apartados rincones, enfervorizados y llorosos y encuentran que todo ello es Obra de Dios, única explicación posible a este hecho extraordinario que sigue viéndose cada noche en San Sebastián de Garabandal, en la provincia de Santander.

He pasado la Semana Santa entre esta gente. He oído a los del pueblo y a los visitantes conversando con las niñas antes y después de sus visiones. Profesionalmente no encuentro explicación a lo que he visto. He de creer, pues, en el prodigio.

-- ¿Has visto a la Virgen?. Me preguntan.

-- No la he visto, confieso, pero si la he sentido con el alma en el corazón.

Un padre jesuita que me acompaña me decía:

-- Doctor, le veo muy escéptico.

-- No Padre, no es eso, contestaba. Estoy desconcertado por completo, eso es todo.

Mi deseo más vehemente sería sentir como las niñas y los que las acompañan pero Ud. mejor que yo sabe, Padre, que la Fe es un don que Dios no concede a todos en igual medida.

Algunas horas más tarde, presenciaba de cerca la segunda aparición. Era al amanecer del Sábado Santo. Llovía sin parar y el pueblo entero parecía un verdadero pastel de barro y piedras. Con unas linternas seguíamos deprisa a una de las videntes que en éxtasis recorría el pueblo.

Con las manos juntas estrechaba sobre su pecho un crucifijo. La cabeza fuertemente reclinada hacia atrás para mejor mirar al cielo con ojos sonrientes. De vez en cuando se arrodillaba, rezaba y besaba la cruz.

Medio pueblo y todos los forasteros, incluidos los niños, la seguíamos alucinados. Acabábamos de verla en su modesta cocina campesina, en donde charlaba con nosotros medio dormida, por la hora, las cuatro de la mañana, entrar bruscamente en éxtasis cayendo de rodillas sin quemarse, sobre las calientes piedras del hogar encendido.

Como transportada por ángeles, se levantó y empezó a recorrer el pueblo. Íbamos en pos de ella dando trompicones en la oscuridad de la noche y salpicando barro hasta las orejas.

Ardientemente pedía a Dios fe, "como la fe del carbonero", tan comentada en los sermones parroquiales, para poder sentir, como los demás, la enorme emoción de creer milagro lo que no podía explicarme.

Siguiendo a la pequeña iluminada recorrimos casi todas las callejuelas del pueblo, fuimos al atrio de la Iglesia, al cementerio y al monte donde por vez primera vieron a la Virgen.

La dureza del camino, la oscuridad y mi torpeza de hombre de ciudad me hacían tropezar con tanta piedra suelta, quedándome poco a poco rezagado. No podía más y decidí esperar el regreso. Mi mujer no quiso detenerse a pesar de ir como jadeante y siguió adelante pidiendo ayuda a mi incredulidad.

De pronto, la niña se detiene sin llegar a la cima y retrocede camino abajo andando de espaldas, rozando apenas las piedras del camino sin dejar de mirar y sonreír al cielo.

Al llegar a la altura en que yo esperaba se detiene y se arrodilla sobre los guijarros dando un fuerte golpe con sus rodillas y no se hizo daño, como si sobre una alfombra se tratase, levantó la cruz al cielo y me la dio a besar.

Alrededor de su cuello cuelgan las medallas y rosarios de muchos de los asistentes. Busca con sus manos una cadena determinada mientras susurra, más que habla, con su invisible aparición:

-- Dime cuál es. ¿Es esta?.

Levanta en su mano la medalla para darla a besar a la Virgen de su visión y oímos todos que vuelve a murmurar:

-- Pues dime de quién es.

Sin dudar ya más se vuelve hacia mi mujer y abriendo y cerrando el cierre de oro de la cadenita, la coloca en su cuello.

Emocionada y llorosa, mi mujer cae de rodillas, como yo y como muchos de los que presenciamos tan hermosa escena. La niña le hace besar la medalla besada por la Virgen y la ayuda a levantarse del suelo con una sonrisa angelical que nunca olvidaremos.

De la misma manera y con iguales o parecidas palabras me coloca a mí mi propia medalla besada por la Virgen. Yo no pude contener más la emoción y lloré cayendo de rodillas.

En ese momento encontré la explicación de todo lo que no comprendía. En la celestial expresión de esa niña vi el reflejo de la presencia invisible de la Virgen del Carmen sobre nuestras cabezas.

De rodillas lloré emocionado y pedí a Dios perdón por mi incredulidad.

He de volver a San Sebastián de Garabandal como vuelven todos los que van. Llevaré médicos amigos y pediré a Dios de todo corazón que ellos puedan sentir la emoción que sentí aquella noche. ¡Es tan hermoso sentir la presencia de Dios!.