Testigo de Josefina Cuenca

Testigo de Josefina Cuenca

 

Josefina Cuenca

 

 

Josefina es madre de tres hijas y un hijo.

Fué entrevistada en 1987 por la comisión especial que vino a Garabandal a instancias de monseñor Don Juan Antonio del Val Gallo, Obispo de Santander en esa fecha.

Dice Josefina:

El Rosario que yo tenía se lo dí un día a Conchita para que se lo diese a besar a la Virgen. Conchita lo tuvo en su casa un tiempo hasta que tuvo Aparición. Esta vez ella fue a los pinos y yo estaba en un lugar de la calleja a la espera de que bajase. Cuando ella llegó a donde yo estaba se paró, dió unos pasos y hablaba con la Virgen.

La gente vino donde ella y se interpuso entre ella y donde yo estaba pero Conchita se dió la vuelta y se abrió paso hacia mí y me dió el rosario besado.

La gente le oyó decir a la Virgen:

-- ¿Donde está?.

Y la Virgen la fue llevando a donde yo estaba.

La gente me preguntó si yo era la dueña y les dije que sí y que incluso si hubiese estado en casa, la niña me lo hubiese llevado allí. Todos estaban muy emocionados de la delicadeza de la Virgen. El rosario pertenecía a una de mis hermanas que murió cuando tenía 24 años.

También fui testigo del Milagro de la Comunión visible de Conchita. Estaba en frente de ella y vi la lengua totalmente limpia. De repente apareció allí la Forma y era maravilloso; es como si tuviese iluminada la boca con una luz que salía de la Forma. Fue precioso.

Una noche, yo estaba en cama durmiendo. Mi marido, Abel Cosío Gómez, estaba donde las Apariciones. Yo no sabía que había Aparición y me acosté. Cuando ya estaba casi dormida, mi marido abre la puerta y entra con Conchita en éxtasis.

Conchita viene donde mí y me dice:

-- Dame tu cadena para que la Virgen la bese.

Le dije a mi marido dónde estaba guardada la cadena y que me la trajese. Era una cadena con medalla que me envió mi hermano desde Méjico. Conchita dió a besar a la Virgen la medalla.

También tengo un Crucifijo besado por la Virgen que me lo dió a mi Aniceta, la madre de Conchita.

Foto: Josefina muestra el Crucifijo besado por la Virgen que Aniceta le dió.

Los objetos besados por la Virgen son de un valor inestimable, en especial los Crucifijos, porque es la Madre quien besa a su Hijo.

Yo, entonces, vivía en la casa vieja que fue visitada en numerosas ocasiones por las niñas en éxtasis. En una ocasión estaba cosiendo en la cocina, oí ruido y salí. Venía Mari Loli en éxtasis, subió las escaleras de piedra para darme a besar el Crucifijo.

La noche en que murió mi tía, una hermana de mi madre, vino Conchita en éxtasis a mi casa, donde mi tía estaba de cuerpo presente; se puso al pié de su cama y rezó por ella.

Josefina recuerda otro episodio de Conchita con sus ovejas, esta vez donde el establo, cerca de donde el Milagro de la Forma. Conchita se inclinó para tomar una oveja y llevarla dentro del establo que estaba al lado. Conchita, con la oveja en brazos, cayó en éxtasis y la oveja estuvo allí en sus brazos todo el tiempo y cuando terminó, como si acabase de empezar, la llevó al establo.

Todo en las Apariciones de Garabandal tiene un significado especial, y la Virgen con esto nos recuerda muchas cosas, entre estas, cuánto le agradan estos cuidados de las niñas para sus ovejas y todos los animales. Viene el recuerdo de los preciosos trinos de los pájaros que cantaron de noche cuando la Virgen les hizo llegar su luz.

En la vida de Garabandal, los animales formaban parte de ella; las vacas a veces pasaban por el centro de la calle y la gente debía "darles paso". Los pastores, con sus rebaños de ovejas, nos recuerdan tantos episodios de la vida de Nuestro Señor, especialmente la parábola del Buen Pastor a quien sus Ovejas reconocen.

 

 

Aquella pobreza de Garabandal en tiempos de las Apariciones era de lo más agradable a Dios, que quiso nacer en un establo y con animales a su lado; los pastores fueron los primeros en ser avisados por el Ángel del nacimiento del Niño Dios.

La aldea de Garabandal, con su pobreza, visitada y bendecida por la Virgen y el Niño, tuvo la gracia de tener en sus casas y calles a la Madre de Dios.

El niño Jesús, cuando en una ocasión abrió sus brazos, quería abrazarnos a todos y la Virgen, llevando su Escapulario marrón en todo momento, nos insiste en que debemos llevarlo puesto; al menos la medalla escapulario que es pequeña y muy facil de llevar.

También nos recuerda que quien se entrega confiadamente a Ella, como Madre nuestra que es, está bajo su protección para siempre.

 


 

Servando Mazón.

 

Servando Mazón.

Dice Servando:

Las cuatro niñas eran igual que las compañeras de su tiempo y no se distinguían de las demás niñas.

Fue mi sobrino quien me habló por primera vez de las Apariciones. Venía con una carga de hierba y se encontró con las niñas en medio del camino. Por más que les pidió que se apartasen, ellas no se movieron y tuvo que pasar por un lado.

Las niñas permanecían en la misma posición cuando él pasó; vino al pueblo y me dijo lo que le sucedió. En esos dias no creíamos a las niñas y pensábamos que era un juego infantil de ellas.

Cuando ya creímos y vimos de cerca, nos impresionó mucho. En una ocasión, Mari Cruz estaba con nosotros, lejos del pueblo, cogiendo avellanas. De repente tuvo la tercera llamada, que es cuando la Virgen las lleva al lugar de Aparición.

Mari Cruz salió corriendo hacia el pueblo, diciendo:

-- ¡Ya voy, ya voy!.

Salió como una exhalación, cruzó por medio de los campos, llegó al pueblo donde se reunió con las otras niñas y juntas cayeron en éxtasis a la vez.

Las niñas nos dijeron que sentían interiormente las llamadas de la Virgen y, cuando ya tenían la tercera llamada, la Virgen se les aparecía allí mismo o bien las llevaba a otro lugar donde a veces las reunía a todas a la vez.

Cuando caían de rodillas en éxtasis, daban un fuerte golpe de las rodillas contra las piedras que sonaba como cuando en los bolos se tira fuerte contra una piedra. Nunca miraban donde caían ni si había espinas o piedras puntiagudas y nunca se hicieron daño; sus rodillas sonaban como contra una roca y la caida era fulminante. Nunca tuvieron heridas por esto ni nada parecido.

En cualquier sitio podían caer de rodillas para rezar o por algún otro motivo y sucedía lo mismo de día que de noche. A veces las caras se transfiguraban de tal modo, en éxtasis, que parecían cuatro ángeles. Sus caras llegaban a tener unas expresiones tan bellas que nadie puede dudar que solo Dios podía hacer una cosa así.

 Cuando tenían marchas extáticas, no se cansaban ni se fatigaban. Uno de mis hijos, que está en Asturias, una noche estaba siguiendo a una de las videntes con un grupo de gente, durante una marcha extática a gran velocidad y al final del éxtasis llegó a casa todo sudado y cansado.

Le decía a la niña:

-- Vaya carrera que nos diste, estoy agotado.

Y la niña decía:

-- pero ¿por qué?.

Le respondió mi hijo:

-- porque intentaba seguirte. Mira mis ropas, están todas mojadas de sudor.

La niña le dijo:

-- mira, las mias estan todas secas.

La niña estaba de lo más fresca y no se daba cuenta porque era la Virgen que la llevaba. Ni siquiera se notaban jadeantes. Esto servía de buena lección para los muchachos que así, agotados, pensaban más en la realidad de las Apariciones.

En algunas ocasiones, cuando las niñas seguían a la Aparición, parecía que volaban. No era que volasen pero lo parecía. Para mí, todo, incluso las negaciones, todo venía de Dios, estaba en los planes de Dios. Eran pruebas que tenían que pasar y que las mismas niñas lo predijeron.

Esto que sigue me lo contaron a mí, aunque yo personalmente no lo ví:

Siempre hay en el pueblo algun rebaño de ovejas que vienen de los pastos de por el monte. Algunas pertenecían a Conchita.

Una tarde, ella notó que le faltaba una oveja. Salió a buscarla y finalmente la encontró en medio del pueblo. La tenía ya agarrada cuandoentró en éxtasis y no hubo manera de que soltase la oveja. No hacía caso porque no oía a la gente, y, cuando entran en éxtasis, si tienen algo en la mano, lo sujetan con firmeza pero ya entonces no pasa nunca nada malo. Llegó otra de las videntes y pidió a Conchita que dejase ir a la oveja y así lo hizo.

Dios había dispuesto así las cosas: que solo por medio de las otras niñas se pudiesen comunicar, estando en éxtasis, porque sino la avalancha de pedidos y voces sería un desorden.

Este orden en todas las cosas hacía meditar. También es muy bonito lo que sucedió con la oveja; recuerda la parábola de la oveja perdida. Conchita, cuando la encontró, entró en éxtasis y no la soltaba. Oí esta historia muchas veces y, aunque yo no lo vi, es verdad que sucedió.

Lo que si que ví fue un día en la calleja a uno de los doctores que vino e intentó levantar a una de las niñas; la levantó no muy alto porque, poco después de empezar a levantarla, la niña entró en éxtasis y el repentino aumento de peso hizo que se le cayese; se quedó en la misma postura que el médico la tenía al principio, con una sola rodilla apoyada en el suelo.

Si, justo antes del éxtasis, se modificaba la postura y caían en éxtasis así permanecían. Esto que puede parecer extraño es muy conveniente porque muestra que para Dios todo puede suspenderse en cualquier instante y mantenerse así, milagrosamente, mientras dure la visión.

 


 

Angelita Cosío

 

Dice Angelita:

Oí hablar de las Apariciones desde el principio. Decían que habían visto al Angel. Venían de donde estaba el manzano y venían como asustadas.

Ellas siempre decían lo mismo aun cuando al principio la gente no las creía. Incluso algunos muchachos fueron a tirarles piedras pero, a pesar de todo, ellas continuaron yendo varios dias al mismo sitio.

No presté mucha atención porque pensaba que no podía ser verdad. Unos días después fui a ver a mi prima Serafina y le dije:

-- Vamos a ver a las niñas en la Calleja, las que dicen ver al Angel.

Me dice Serafina:

-- ¡Por el Amor de Dios!, qué insensatez; ¿están todavía allí?.

Le dije:

-- Sí, vamos.

Me dice:

-- No, yo no voy.

Pero ella estaba intranquila y como decidida a ir. Por fín fuimos y nos encontramos con Clementina quien nos dijo:

-- Quien no cree en esto no cree en Dios.

y le dije:

-- ¡Dios mío!, qué extravagancia, ¿cómo puedes decir eso?.

Cuando nosotras llegamos, las cuatro niñas estaban allí de rodillas, en éxtasis, con la mirada hacia lo alto. Tina(Clementina) me dijo:

-- Ven, ya lo verás, vamos delante de ellas.

Yo estaba detrás de ellas y empezé a ir hacia adelante pero me era imposible ir más allá. Era como si álguien me hubiese cortado las piernas. No me podía mover.

Cuando terminó el éxtasis, las niñas empezaron a llorar, las pobres crias; se sentaron en el mismo lugar y lloraban porque algunas decíamos que no las creíamos. Unas decían que sí, que era verdad y otras que no.

Y era porque todavía no las habíamos visto de frente y la transformación de sus caras.

Les preguntamos a las niñas:

-- Donde vísteis al Angel.

Y yo, señalando a la rama de un arbol pequeño, un poco mas alto que la calleja, les pregunté:

-- Allí, ¿en ese arbol pequeño?.

 Me dijeron:

-- No, aquí mismo, frente a nosotras.

Les dije:

-- Bueno, rezad una "Estación" a Jesús Sacramentado a ver si vuelve la Aparición.

Quedamos allí, donde las niñas, y ellas rezaron una "Estación", pero el Angel no apareció. Sin embargo, pensé para mí:

-- Estas niñas no mienten. No tengo la impresión de que estén jugando o simulando.

Tenía la impresión de que estaban viendo algo extraordinario. Tuve una extraña sensación que no sé describir. Ellas tenían una expresión como de que realmente habían visto al Ángel.

 Cuando ya pude ver sus caidas de rodillas y sus caras, me impresioné muchísimo. No estaban nerviosas ni fatigadas; sus caras se ponían a veces preciosas. Salían de los éxtasis normales, pero radiantes de felicidad.

Después ví un gran número de éxtasis. Salía cada noche. Estaba ansiosa de rezar el Rosario con ellas. Aquellos rosarios me gustaban muchísimo porque los rezaban de una manera preciosa; me emocionaba.

En éxtasis, rezaban de un modo perfecto; despacio y pensando cada palabra, muy hermoso, como hablando con la Virgen a quien ellas veían. Además, aquellas caras radiantes de felicidad, sin cansancio, sin signos de fatiga, era digno de verse porque se sentía la presencia de la Virgen.

Había también, algunas veces, marchas extáticas a gran velocidad; las niñas se movían con una facilidad y una ligereza como si volasen, aunque iban andando. Era incapaz de seguirlas. ¡Dios mío!, era imposible.

Aunque se movían de un modo que parecía natural, para mí no hay explicación; es como que ellas tenían una fuerza interior que las llevaba. Era cosa de Dios porque todo allí era como de fuera de la tierra.

Una noche, mi hermano, que ahora vive en Méjico, quiso seguir a Conchita. En aquel entonces tenía 31 años y era muy fuerte; un hombre de montaña, acostumbrado a los caminos difíciles. Siguiendo a Conchita tuvo que parar porque se ahogaba de la fatiga, tuvo que quitarse la camisa por causa del sudor.

Durante los éxtasis, para las niñas no pasaba el tiempo. En una ocasión le decían a la Virgen:

-- Pero si has estado muy poco tiempo... ¿una hora?... pero si solo has estado un minutín.

Y era exacto, como la Virgen les decía; habían estado una hora con Ella.

Cuando Conchita recibió la Comunión visible de manos del Angel, yo estaba allí pero no pude ver nada porque entre tanta gente no me pude acercar pero quedé convencida después de oir a los que lo vieron. Todo sucedió como lo dijo antes Conchita que llamaba a este milagro: el "Milagrucu", un milagro pequeño.

Mi hermano Inocencio leía todo lo que se escribía entonces tratando de explicar lo que sucedía aquí. Pero él dijo:

-- pueden decir lo que quieran sobre lo que hemos vivido aquí. No hay explicación posible para esto porque humanamente no tiene explicación. Es obra de Dios.

Inocencio siguió a las niñas en éxtasis muy de cerca y fue testigo de muchos éxtasis. Por eso, las cosas que se decían, tratando de explicar los éxtasis de modo natural, le enfadaban mucho. Él observaba y veía que la Visión era un realidad. Era la Virgen que estaba allí.

Un dia, el doctor don José Luis Gullón intentó levantar a Conchita. Estaban allí también Mari Cruz y Jacinta. Ceferino estaba al lado de su hija Mari Loli. El médico intentó levantar a Conchita pero no podía, aun cuando lo intentó con gran esfuerzo.

Finalmente lo logró, pero es como si la niña hubiese disminuido de peso para que pudiese levantarla, pero, cuando volvió a su peso normal, cayó de manos del médico violentamente contra el suelo, de un modo que el ruido del golpe me hizo sentirme mal y también cuando el médico intentó girar violentamente la cabeza de una de las niñas diciéndole:

-- Mira a tus compañeras.

Él intentaba que la niña no mirase tan fijamente hacia arriba, pero todo fue inútil. Esta escena me hizo llorar. 

También, los doctores de la Comisión, hicieron varias pruebas pero las niñas no sentían nada. Miramos sus piernas después del éxtasis y no vimos ningún rastro de los pinchazos que les habían hecho. Yo misma lo ví.

Incluso, en alguna ocasión, dieron con la cabeza violentamente contra alguna piedra o el suelo sin que sintieran ningún dolor, continuaban como si nada pasase y lo puedo asegurar porque yo misma lo vi; no quedaba ningun rastro del golpe o síntomas de dolor. Y yo las ví, en una u otra ocasión, en sus caidas extáticas, en la bajada de los pinos, y también caminar en éxtasis entre espinos y matojos.

Esto me impresionó muchísimo porque eran sitios por los que yo misma, siendo mas mayor que ellas, no podía andar. Observándolas, uno tenía la impresión como que andaban por un terreno llano.

 

 

El último tramo de la subida a los pinos, si no se sigue el sendero transversal, es bastante pendiente. Las niñas bajaban por este repecho final directamente e incluso de espaldas, sin seguir el sendero. ¿Qué misterio encierra "el lugar de los Pinos" para que las niñas no le diesen la espalda?.

Las niñas bajaban mirando a los pinos, es decir, de espaldas al sentido de marcha. También lo hacían así delante del Santísimo en la Iglesia; nunca le daban la espalda al salir.

Dios ha señalado este lugar de los Pinos para que allí permanezca la Señal, después del Milagro, y todos los que después vengan, crean.

 

Dice Angelita:

Se puede comprobar que, aun siguiendo el sendero, el último repecho de la subida a los pinos no es facil para caminar y sin embargo las niñas no seguían este sendero sino más lejos, y mucho más difícil, por entre los matojos, e incluso de noche y de espaldas.

Los médicos también hicieron pruebas con potentes luces directamente sobre los ojos pero las niñas no lo sentían; mantenían sus ojos abiertos y ni siquiera pestañeaban. Es dificil, de noche, mirar directamente a las luces de los faros de los coches que vienen de frente; las luces que les pusieron a los ojos de las niñas eran más fuertes y no las hacían ningún daño; ni siquiera pestañeaban.

¡Madre!, era algo digno de verse. Durante estas pruebas pude ver bien los ojos de Mari Loli; sus ojos parecían venidos del Cielo.

 Ví con frecuencia a las videntes en posturas extraordinarias. Algunas veces, Mari Loli bajaba las escaleras estirada sobre sus espaldas, con la cabeza por delante, pero sus ropas siempre estaban en su posición correcta, la cubrían con toda decencia. Era en postura horizontal y como si la llevasen en brazos.

En todas las caidas extáticas de las niñas, las ropas las cubrían con decencia y sus posturas eran preciosas.

Vi a Mari Loli con más frecuencia que a las otras porque pasaba mas tiempo en la tienda de su padre, Ceferino. Esperábamos allí hasta la una o las dos de la mañana porque no se sabía la hora de la Aparición. Ellas tenían que esperar a cuando la Virgen las llamase.

 


 

Virginia Cuenca.

 

Dice Virginia:

Conchita y yo, somos de la misma edad, fuimos a la misma escuela y no noté nada especial en ella. Crecimos del mismo modo y éramos de una mentalidad de niñas más pequeñas que las de nuestra edad de ciudad. Nuestro pueblo era más atrasado y, en aquel tiempo, más todavía.

Mari Loli, Mari Cruz, Jacinta, Conchita y yo jugamos juntas con frecuencia. El día que el Angel se apareció, yo también iba con ellas a por las manzanas. Íbamos las cinco, pero en el camino álguien me llamó y tuve que regresar. No robé manzanas pero tampoco he visto al Angel.

Cuando ellas volvieron, nos dijeron a las demás niñas lo que habían visto pero nosotras lo tomamos a broma. Al día siguiente fuimos con ellas y ya las creíamos más.

Durante los primeros éxtasis que vimos de cerca estábamos muy impresionadas. Creíamos completamente. Alguna gente forastera hizo cosas con ellas que no nos gustaban. Intentaban levantarlas del suelo y moverlas pero no podían. Ni los médicos ni nadie podía cambiar lo que sucedía. Era extraordinario. En éxtasis sus caras se veían mas hermosas, hasta tal punto que a veces parecían ángeles.

Cuando las niñas caían de rodillas, en éxtasis, no se hacían daño pero impresionaba porque era fulminante y sus huesos sonaban como si se los hubiesen roto.

Un día, mi hermana María Teresa, que era muy amiga de Conchita, estaba jugando con ella y con otras niñas. Tenía la mano agarrada a la de Conchita y de repente esta entró en éxtasis y mi hermana no pudo sacar su mano; estuvo allí, con Conchita, todo lo que duró el éxtasis. Los Guardias Civiles que estaban allí intentaron separarlas tirando de cada una pero no pudieron separarlas.

También las tuvieron a cada una en su casa y sin reloj. Cuando tuvieron la tercera llamada, las cuatro coincidieron exactamente a la vez en el cuadro. Esto lo ví yo. Nos dimos cuenta porque un día tratamos de ver si era verdad.

Las niñas venían con frecuencia con muchos rosarios, cadenas con medallas alrededor de sus cuellos y, después de darlos a besar a la Virgen, los devolvían a sus dueños sin equivocarse ni una sola vez. A veces les dábamos rosarios de otra persona y también se lo llevaban; pensando todo lo que daban a besar, esto era una maravilla.

Recuerdo a una señora de Cosío que se llama Genoveva. Vino con una medalla que su madre le dió para que la besase la Virgen. Genoveva la dió a otra señora, quien a su vez se la dió a las niñas. Durante el éxtasis, la niña se la mostró a la Virgen y después vino y se la puso en el cuello a Genoveva mientras decía:

-- ¡Ah!, ¿esta medalla pertenece a su madre?...

 

Dice Conchita:

La Virgen me dijo:

-- Conchita, no vengo solo por tí, sino que vengo por todos mis hijos, con el deseo de acercarlos a Nuestros Corazones.

Y me ha pedido:

-- Dame, para que pueda besar todo lo que traes.

 Y se lo he dado. Llevaba conmigo una Cruz y la ha besado, y después me ha dicho:

-- Pásala por las manos del Niño Jesús.

Y yo lo he hecho y Él no ha dicho nada. Yo le he dicho:

-- Esta Cruz la llevaré conmigo al convento.

Pero no me ha dicho nada. Después de besarlos me ha dicho:

-- Mi Hijo, por medio de este beso que yo he dado aquí, hará prodigios, repártelos a los demás.

Claro, yo asi lo haré. Después de esto, me ha pedido le diga las peticiones para los demás, que me habían encomendado. Y yo se las he hecho. Y me ha dicho:

-- Dime, Conchita, dime cosas de mis hijos, a todos los tengo bajo mi manto.