Testigo de Jean Caux

Testigo de Jean Caux

 

El Doctor Jean Caux es un médico, cirujano plástico, un esteticista de París que fué a Garabandal por razones profesionales. Su visita a Garabandal transformó completamente su vida.

 

 

Dice Jean Caux:

Soy médico. Resido en Paris. Desde 1961 he sido testigo de los sucesos de Garabandal. Garabandal es un nombre que resuena en mis oidos como la victoria de la verdadera belleza, en especial para mi alma. Después de haber estudiado miles de caras en sus aspectos mas complejos, mi especialidad como esteticista fué una buena preparación para el fuerte impacto que iba a recibir en Garabandal.

Los éxtasis de las cuatro niñas me impresionaron profundamente y cambiaron completamente mi concepto de la belleza. Fue para mi una verdadera re-educación en profundidad. La primacía de la la vida interior. Las expresiones de la belleza del alma, como base de la belleza externa, que libera al cuerpo humano de sus frecuentes expresiones anti-estéticas.

En Junio de 1961, cuando comenzaron los éxtasis, fui a París a presentar "Estética", una película sobre "hipnosis y belleza". Leyendo en el periódico sobre los éxtasis de las cuatro niñas, mi esposa, también esteticista, y yo, decidimos hacer una nueva película titulada "Éxtasis y belleza" para el Congreso de estética de 1962. Para no perder mas tiempo, envié a uno de mis amigos, François Henri, a pedir autorización al Obispo de Santander.

El 18 de Octubre de 1961, dia del primer mensaje, sobre las 8:30 de la noche de un dia lluvioso, mi esposa y yo estábamos entre la multitud de gente agrupada alrededor de la puerta de una casa. De repente, entre la multitud de paraguas, apareció la cara bellísima de Loli en éxtasis. Tomé a mi esposa de la mano y la seguí. Aquella belleza de su rostro era la "razón de ser de mi profesión de esteticista", de mí mismo; fué como ver resuelta la incógnita de la verdadera belleza en un instante. Nunca he visto seres humanos en tan perfecta armonía de movimientos como las niñas en éxtasis.

Siguiendo a Loli, mi esposa y yo, con algunas otras personas, subimos las escaleras y llegamos a su habitación. El diálogo extático entre la niña y álguien muy querido de ella, era tan íntimo y precioso que solo podía ser con la Madre del Hijo de Dios, la Virgen María. Loli estaba en un estado de completa felicidad. La belleza y la pureza de su expresión nos transportaba a un mundo superior donde su Visión nos miraba con amor a cada uno de nosotros.

Por mi trabajo, he tenido ocasión de asistir a sesiones de hipnotismo, a éxtasis naturales y a éxtasis diabólicos y por ello puedo juzgar los éxtasis de las niñas de Garabandal como algo que solo puede venir de Dios. Después de horas de éxtasis, las niñas estaban sin el menor síntoma de fatiga, de ansiedad o desorientación. En Garabandal, durante los éxtasis, había un gozo y una alegría en las niñas que se contagiaba a todos nosotros.

Es muy importante el estado de la propia alma. Lo he sentido muy intensamente el dia de la Comunión visible de Conchita. Estuve presente en el Milagro de la Comunión, del cual he dado testimonio. A pesar de la invitación por escrito de Conchita, a pesar del permiso del Obispo de Santander para filmar, a pesar de tener el mejor equipo profesional de fotografía, no pude conseguirlo. Este día, un 18 de julio de 1962, yo tenía el mejor equipo para producir un documental en color y sin embargo por un motivo superior me fue imposible.

Jean Caux relata mas adelante, en una conversación con Alejandro Damians, lo que le sucedió.

EL Milagro de la Comunión visible dejó impresiones indelebles en mi alma. La Hostia visible en la lengua de la niña era mas hermosa que un lirio… mas blanca que la nieve... mas viva que un recién nacido en su cuna... Conchita, de rodillas, con la cara hacia el cielo; su rostro parecía sublimarse mirando al Creador; una Comunión real con la Divinidad y la Humanidad de aquella Hostia Santa. Todo en medio de un grito de ¡Milagro! entre la gente que lo veía.

Cuando Conchita se levantó no pude seguirla. La impresión de lo vivido en mi alma me hizo quedarme solo, meditando en mi propia situación de conciencia. En Garabandal, le estética del alma era mas importante que la estética del cuerpo. Los hechos de este dia cambiaron completamente mi vida.

 

En este film se pueden ver algunos fotogramas de la Comunión visible de Conchita, que fue vista a su vez por numerosos testigos, entre ellos también el doctor Jean Caux. 

 Don Alejandro Damians dice: en cuanto me vi junto a la niña, ya no miré más que a ella, y puedo jurar que no separé la vista ni un momento de su lengua. Yo vi cómo, con rapidez mayor de lo que alcanza la vista humana, se hizo la Hostia en aquella lengua. Sin fracción de tiempo, diría para explicarlo mejor.

 

Diálogo entre el doctor Caux y Alejandro Damians, el 15 de agosto de 1963.

 

Dr. Caux: Así que es usted quien hizo el film de la comunión de Conchita. ¡Qué ganas tenía de encontrarle para charlar de lo de aquel día!. ¿Le importa que le haga unas preguntas?.

Sr. Damians: Encantado yo también de este encuentro. Puede preguntar lo que quiera.

Dr. Caux: He leído atentamente su informe; pero quiero más detalles.

Sr. Damians: Tenga usted en cuenta que, si bien el informe es completo, hay algo que no me fue posible poner: lo que sentí por dentro; eso no lo puedo yo escribir.

Dr. Caux: Dígame: ¿estuvo usted mirando todo el tiempo?.

Sr. Damians: Yo, en cuanto me vi junto a la niña, ya no miré más que a ella, y puedo jurar que no separé la vista ni un momento de su lengua; claro que pude haber pestañeado, pero esto ya sabe usted es cosa de una fracción mínima de segundo. Y yo vi cómo, con rapidez mayor de lo que alcanza la vista humana, se hizo la hostia en aquella lengua. Sin fracción de tiempo, diría para explicarlo mejor.

Dr. Caux: ¿Por qué no filmó desde un principio?.

Sr. Damians: ¡Me quedé mudo, absorto!. Cuando quise darme cuenta, no sé si en realidad me la dí, pues no logro recordar cómo filmé, saqué la máquina y de prisa pude recoger los últimos segundos del milagro.

Dr. Caux: ¿Se le ocurrió tocar la forma?.

Sr. Damians: No.

Dr. Caux: La lengua de la niña, ¿estaba en postura normal?.

Sr. Damians: Yo diría que estaba más afuera de lo que corrientemente se saca para comulgar.

Dr. Caux: Permítame ahora una pregunta que deseo hacerle desde hace mucho tiempo: ¿Sintió usted en aquel momento una alegría tan enorme, tan fuera de este mundo, que no podrá usted compartirla con nadie, que no la cambiaría por nada, ni por mil millones de pesetas, por ejemplo?.

Sr. Damians: He aquí una pregunta que me he hecho yo más de una vez, y casi con las mismas palabras. La felicidad que yo sentí en aquellos momentos, no la cambiaría, ciertamente, ni por mil millones de pesetas, ni por nada del mundo. Era una alegría tan intensa, tan honda, que ni la puedo explicar, ni podría compartirla con nadie. ¡Algo fuera de serie!. Algo por lo que daría mi vida, y que no me dejó luego ni seguir el éxtasis de la niña, ni ir con mi mujer, ni con nadie; sólo pude refugiarme en un rincón y llorar en silencio.

Dr. Caux: ¡Me encanta oírle esto!. De veras, pues es lo que yo pensaba. Aún me quedan dos cosas que me gustaría muchísimo saber: por qué era tan grande su alegría, y si usted entonces se encontraba en estado de gracia. Perdone mi atrevimiento, si no quiere, no me conteste.

Sr. Damians: Le contesto muy gustoso. Yo estaba en gracia de Dios; y mi enorme emoción me la produjo, no el milagro en sí, no el ver a la niña con una cosa blanca en la lengua. Le voy a decir algo grande: lo que yo vi, o de lo que tuve tremenda impresión, fue de encontrarme con Dios Vivo y Verdadero. Por eso, aquello no lo cambiaría por nada en el mundo. Por eso, si Dios quiere que vea el milagro que se anuncia, me encantaría; pero si no es así, ¿qué quiere que le diga?, veo difícil que ya nada en el mundo pueda producirme una impresión como ésa que tuve de "verle a Él" en aquel solemne y grandioso momento de mi vida.

Dr. Caux: No sabe usted cuán feliz me hace, por un lado, y cuán desgraciado, por otro. ¡Yo sentí lo mismo que usted, pero al revés!.

Fíjese bien: yo llevaba todo preparado para filmar, lo tenía todo a punto como nunca y todo se me puso mal y no pude filmar nada. Sólo en el último instante, en la última fracción de segundo, alcancé a ver la Hostia, que ya desaparecía, tragada por la niña. En ese momento, ¡tuve la impresión de un dolor espantoso, horrible, que me ahogaba!. El dolor de un Dios que llegué a entrever, y que se me iba.

En ese momento, sólo pensé que yo estaba en pecado mortal. Lloré, como usted, ¡pero de dolor!. Comprendí lo que era el pecado y el infierno. Fue inútil que mi mujer tratara de consolarme; ni yo le podía explicar nada, ni ella me hubiera comprendido. Aquello era algo demasiado grande, en dolor, para compartirlo o para recibir consuelo.Por eso, creo que sólo si Dios me permite ver el Milagro, ahora que procuro estar siempre en su gracia, se me quitará del todo ese dolor tan hondo que creí me iba a matar y que aún sigue punzando mi corazón. Aquella noche en Garabandal tuve incluso la impresión de que el pueblo me esquivaba. ¡Como si vieran mi pecado!.

Sr. Damians: Lo comprendo todo, amigo mío. Y tengo que decirle que aquel día, no es que fuese únicamente impresión suya que el pueblo le quería mal: es que era verdad. El pueblo creyó que usted venía con una mujer que no era su esposa; incluso a mí me rogaron que viese la manera de echarle de allí. Ahora comprendo por qué Dios no dejó que le echasen. Se quedó usted y tuvo más dolor del que hubiera podido tener con una violenta expulsión.

Dr. Caux: Tiene usted razón. Pero prefiero de verdad que las cosas ocurrieran así, pues ahora sé lo que es Dios y lo que Él quiere de mí, lo que es el infierno de no ver a Dios y cómo ese dolor se me alivió en la confesión. Digan lo que digan, y aunque muchos se rían, yo no puedo abandonar el servicio de esta causa de Garabandal, a la que debo algo tan hondo como desconocido y terriblemente grandioso, que espero se me quite, o que se me colme, el día del Milagro. La vista del infierno me mueve a tratar de mover yo mismo al mundo, anunciando lo que ha ocurrido, lo que va a ocurrir, para que se puedan salvar. Mi familia fue la primera en creerme loco, aunque ahora ya no piensan lo mismo. Pero le aseguro que nada me importa lo que crea nadie; sólo me importa Dios.