Testigo de Don Julio Porro Cardeñoso, Canónigo de Tarragona

Testigo de Don Julio Porro Cardeñoso, Canónigo de Tarragona

 Don Julio Porro Cardeñoso, Canónigo de Tarragona

 

 

Mi primera visita a Garabandal fue el día 8 de septiembre de 1961, fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen.

 

Don Julio enseguida captó que la Santísima Virgen se estaba apareciendo: "Loli estaba como herida por un rayo de luz, con una cara verdaderamente angelical, no parece la misma".

 

8 de septiembre 1961

Fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen

 

Don Julio Porro Cardeñoso, canónigo de Tarragona.

Dice Don Julio:

Al aire de curiosear los extraordinarios acontecimientos que allí tenían lugar, un día escalé montaña arriba hasta llegar a Garabandal.

Era señaladamente el día 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen, y confieso que lo hice con provecho. Llegamos al lugar cuando las niñas videntes estaban ausentes de él, porque habían ido a la solemnidad religiosa de un pueblo inmediato.

Era la fiesta de la Virgen de la Salud, en Puentenansa, que celebraba su fiesta patronal.

A eso de las cinco de la tarde regresaban las niñas, todavía sin comer, a sus casas. Mientras tanto, el buen amigo don Valentín, párroco del lugar, me fue informando detenidamente de todo. Un rumor de arroyo entretenía el silencio casi sepulcral que nos rodeaba, mientras cambiábamos impresiones y yo recogía noticias, consignadas por escrito y fielmente contrastadas.

Llegó el atardecer. La campana de la iglesia nos congregó para el rosario. Tres de las niñas estaban allí presentes entre las demás chiquillas (Jacinta yacía en cama, con anginas): las vigilé, y nada vi en ellas de extraordinario; eran como las otras.

Terminó el rosario y la iglesia fue cerrada, como lo había ordenado el señor administrador apostólico. A las diez de la noche dio comienzo el éxtasis, con Mari Loli en trance. Una serie de detalles me llamaron especialmente la atención: el extraño correrse de los vestidos cuando la niña iba cayendo al suelo, y la expresión o actitud de la misma niña.

Sus vestidos iban deslizándose hacia abajo, en movimiento contranatural, lo mismo que si una mano invisible cuidara de la más completa modestia de la niña. Había que descartar toda intervención diabólica.

Fue cayendo Loli lentamente y en forma tal, como si alguien la fuera posando en el suelo; estaba como herida por un rayo de luz. Detenidamente la contemplo: tiene una cara verdaderamente angelical, no parece la misma.

Después del trance de Loli, siguió una serie de fenómenos extáticos a cargo de ella y de Conchita, en las casas, por las calles, en las más diversas posturas: en pie, de rodillas, postradas totalmente cara al cielo, sentadas con los brazos en cruz y moviéndose en esta posición por las calles, pegadas al barro y pasando por encima de los morrillos. Las vi, en casa de Mari Loli, bajar sentadas las escaleras, brazos en cruz y la vista clavada en el cielo, sin faltar a la modestia a pesar de su difícil posición. Visitaban a los enfermos, rezando el rosario, y así entraron en casa de Jacinta, que estaba en cama con una afección de anginas.

Eran las dos y pico de la madrugada: La Virgen les ha dicho que recen otra vez el rosario. El rezo resulta perfecto.

Todo acaba con unos besos de las niñas a la Visión y de la Visión a ellas, y el cristiano modo de despedirse: "Hasta mañana, si Dios quiere". Las niñas se besan finalmente, y todos comenzamos a retirarnos. Eran más de las tres de la madrugada: Desde cerca de las diez habíamos estado en "danza" constante. Las videntes no están cansadas; nosotros, llenos de cansancio y sueño.

Este benemérito sacerdote se convertiría pronto en un decidido defensor de las Apariciones. Fue Don Julio Porro Cardeñoso quien planteó a Don Valentín el párroco la necesidad de hacer algunas preguntas a la Visión que fuesen raras o difíciles de contestar, cosa que para las niñas resultó de lo más sencillo.

Lo hizo D. Valentín por medio de Conchita, quien preguntó a Loli en éxtasis:

-- ¿Qué es lo que más urge la Virgen a los españoles para enmendarse?

Respuesta: "Que confiesen y comulguen".

-- ¿Qué sacrificio, principalmente, pide a España?

Respuesta: "Que ayude a las demás naciones a ser buenas."

-- ¿Cuál es el pecado de los padres que más la ofende?

Respuesta: "El que riñan entre sí; sus desavenencias y discordias."

 

Dicen las notas de don Valentín:

"Las niñas suelen esperar las 10:30 de la noche; si a esa hora no tienen ya la primera llamada, se meten en la cama: pero si antes de acostarse han tenido alguna llamada, entonces esperan la aparición hasta la hora que sea, aunque se caigan de sueño; no quieren ir a dormir, porque les ha dicho la Virgen que deben esperar y hacer sacrificios. Por lo demás, hacen vida normal, cada una en su casa, y ayudan a sus madres."

"Las niñas llevan una vida de verdadero sacrificio. La madre de Conchita me dijo que su hija ya dormía mejor en una silla que en la cama; y es que se pasa las noches sentada, esperando la aparición, como todos nosotros. Ella duerme apoyando la cabeza en la pared. Y al día siguiente, marcha sin falta al trabajo. Las cuatro niñas trabajan: friegan , limpian, van al río a lavar; en todo como las demás. Por eso, en los días de trabajo se las ve muy poco; pero los domingos juegan por la calle como las otras chicas del pueblo. A pesar de lo poco que duermen y descansan, se las ve fuertes y hermosas."

 

Después de la Aparición, las niñas experimentan una transformación, como si hubieran salido del más reparador de los sueños. Muchos médicos han dicho que la salud de las niñas videntes estaría arruinada si no fuese que todo es Obra de Dios. Es una señal de que Dios, por medio su Madre, la Santísima Virgen, actuaba allí y cuidaba de todos.

 

A modo de ejemplo, este éxtasis de Conchita que fue a las siete de la mañana y toda la noche en vela:

Conchita y su madre estaban sentadas a ambos lados del fogón. Aniceta estaba más despierta y le preguntaron:

-- ¿Por qué, sabiendo que la Virgen no viene hasta mas tarde, no se acuestan?.

Aniceta contestó:

-- Sabiendo que la Santísima Virgen viene, lo menos que podemos hacer es esperarla levantadas.

Es una gran razón la de Aniceta.

De pronto, Conchita, que estaba sentada en el fogón, cayó fulminada de rodillas y sonó un golpe como si se hubiera roto las dos rodillas, tal fue el ruido que se produjo.

Salió de su casa en éxtasis. Se paró donde la primera Aparición, hablaba con la Santísima Virgen siempre mirando hacia el cielo. Al llegar al recodo del camino se paró de nuevo y en voz alta habló con la Aparición algunas palabras sueltas.

 


Conchita se paró al llegar donde la primera Aparición del Ángel. Más arriba se ve el recodo, el giro a la derecha de esta calleja pedregosa. Por estas piedras bajó luego Conchita, de rodillas y de espaldas, camino de la Iglesia.

 

Terminó la calleja de piedras y, al empezar el campo, había una piedra llana casi enterrada por el campo, que ahora está descubierta, y allí cayó de rodillas, tan fuertemente que parecía que se hubiese roto las rodillas a juzgar por el ruido del golpe.

En ese momento comenzó el Santo Rosario. Rezaba lentamente, sus palabras acariciaban y nunca empezaba hasta que hubieran contestado todos. Rezaba muy despacio y con gran devoción. Todo el rosario lo rezó de rodillas con la cabeza para atrás, mirando al cielo. Su cabeza estaba casi horizontal y su pelo cubría toda la espalda de forma vertical.

Entre misterio y misterio cantaba una canción a la Virgen. Fue un rosario inolvidable.

Cuando volvió al pueblo se encontró con Jacinta y María Dolores. Conchita tomó el camino que iba por encima de un huerto y casa de Loli y las otras iban paralelas por la calle de mas abajo y luego llegaron juntas a la puerta de la Iglesia para hacer una Visita a Jesús Sacramentado.

Se dirigieron a la puerta de la derecha que estaba cerrada y después de permanecer allí un tiempo se dirigieron a la puerta de la izquierda y pasaron allí un tiempo y acto seguido salieron hacia la calle y, al cruzar el umbral de la puerta que da entrada al recinto de la Iglesia, cesó el éxtasis y quedaron normales y sonrientes como si hubiesen dormido toda la noche.

Eran las nueve de la mañana.

A pesar de haber bajado de rodillas por un camino de cantos rodados y con las aristas de las peñas que había debajo, se pudo comprobar que no tenía ninguna herida, ni siquiera un rasguño. Y a pesar de no haberse acostado en toda la noche estaba más fresca. Todo el sueño que tenía antes del éxtasis había desaparecido y de nuevo, con todo vigor, emprendía las tareas del día como si hubiese pasado el más reparador de los sueños.