Simón González, padre de Jacinta

Simón González, padre de Jacinta

 

Simón González González

 

Padre de la vidente Jacinta González.

Cuando la primera aparición del Ángel, Jacinta lo dijo en casa, a la noche, que habían visto el Ángel y yo no la creía. Nosotros no hablamos nada con nadie hasta que ya se divulgó.

Miguel Angel, su hermano, decía:

-- Eso es un pajarón, que se pone así.

Yo dije:

-- Calla la boca.

Por la forma que ella se explicaba pensé que había algo. El primer día que fue la gente, yo no fui. Cuando bajan y me cuentan lo que había pasado, digo:

-- ¡Cuánto siento no haber ido yo!.

 A los pocos días fui allí por primera vez. Yo había leido algo de lo que eran los éxtasis, pero no es lo mismo leerlo que verlo; me emocioné mucho. Esto fue en la Calleja. Siempre había gente del pueblo y de afuera; enseguida vinieron de afuera; enseguida se corrió la voz por la provincia y por estos pueblos de aquí.

Cuando más me emocioné fue cuando la Comunión. Venía y nos decía que le daba la Comunión el Angel. Ellas nos lo decían así, y nosotros veíamos que empezaba por un extremo y terminaba por el otro. Veíamos a las niñas sacar la lengua y tambien pasar por la garganta, cuando tragaban la Hostia.

Sí, sí, se veía. Una vez vimos que a Jacinta no le dió la Comunión. Había tenido algún disgusto su madre con ella. Al otro día estábamos en el prado y había ido yo a por una carga de hierba y digo:

-- ¿Dónde está Jacinta?.

-- Jacinta se marchó, me dicen.

Jacinta oyó tocar a misa y bajó a confesar; cuando bajó, don Valentín ya estaba diciendo misa. Después de misa ella se confesó y a la tarde dijimos la mujer y yo:

-- Vamos a ver si hoy, que se confesó, le da la Comunión el Ángel.

Nos fijamos bien y le dió la Comunión.

A veces veíamos que el Angel tambien apartaba a otras. Yo, la mi hija, ví este motivo de no haber obedecido a su madre por lo que no le dió la Comunión el Angel hasta que se confesó.

Había gente que decía que las niñas videntes estaban enfermas o que simulaban. Pero yo la observaba; durmiendo, la observaba muchas veces:

-- ¡Pero si no le conozco ninguna enfermedad!.

Rezaban sin tener rosario ninguno, ni nada, en éxtasis, decían que la Virgen les enseñaba. En seguida aprendió la letanía y los misterios y todo, en seguida, fue rápido. Cuando rezaban las cuatro en la iglesia, en el altar mayor, en éxtasis, ¡rezaban unos rosarios preciosos y pausados!. Y ninguna traía rosario en la mano, ninguna. ¡Pero ellas lo rezaban tán bién!.

Cuando salían del altar mayor para ir al otro altar y para salir fuera de la iglesia, siempre salían de espaldas, nunca le volvieron las espaldas al Santísimo, en éxtasis, nunca, nunca. Asi que nos enseñaban a respetar al Santísimo.

Las caras parecían caras angélicas, no eran las caras de ellas, sino caras angelicales.

 

 

Las ví muchas veces a mucha velocidad, ¡muy rápidas!. Y parar de repente. Las vi bajar de espaldas por las escaleras y no pasarles nada. Un día estuvo 4 horas sin descanso ninguno; otra vez estuvieron una noche siete horas, pero tuvieron un descanso; duró mucho; y otras veces a lo mejor media hora, una, o un cuarto de hora.

Habia gente de fuera y gente del pueblo y de todos los sitios e igual tenían las apariciones en los Pinos, en la iglesia, en la calle o en casa. También iban al cementerio.

En una ocasión tiene aparición Jacinta y le dice la Virgen:

-- De aquí a un més vuelvo.

Era eso en noviembre del primer año. Jacinta tenía muchos rosarios y crucifijos en casa, que se los traían para que los diera a besar, y como no tenía aparición se amontonaban allí.

 

 

 

Pasado el mes exacto, la Virgen vino como le dijo a Jacinta. Había en casa mucha gente y digo:

-- ¿Dónde está Jacinta?.

-- En la escuela, que ya tiene que salir.

Llega Jacinta y le daba unas manzanas una señora de Cosio, y no las quería; digo:

-- ¡Cógelas!, que bien que te gustan las manzanas; y, si no las quieres tú, dámelas a mí.

Entró en su cuarto y después ya supimos que había tenido una llamada en la escuela; pero ella no nos dijo nada. Cuando tuvo la tercera llamada, sale fuera, y uno de Valladolid y yo salimos los últimos.

Fuera estaba don Amador, el sacerdote que estuvo este tiempo que faltó don Valentín, el párroco. Por orden superior, habían echado por un mes a don Valentín, el párroco, porque le echaban la culpa de lo que pasaba aquí y don Amador no creía nada porque todavía no había visto las Apariciones. Aquí, don Amador, fue buen sacerdote.

 Don Amador salía de la escuela e iba al portal de la iglesia y le dije:

-- ¡Don Amador!. ¡Vamos a ver dónde está Jacinta!.

-- No, que hoy tengo que dar catequesis, pero si ocurre algo me llaman.

El no había visto ninguna aparición. Fuimos a la Calleja y estaba allí la gente; nos pusimos allí a la vuelta, en el Cuadro. Nada más llegar, cayó en extasis Jacinta. Yo, pues, digo:

-- Que vaya alguno a llamar a don Amador.

Era tarde porque en diciembre son los días chicos. Viene don Amador y se puso a escribir. Traía linterna y venga a escribir y no paraba con los labios, como si quisiera hablar. Don Amador empezó a comprender que las Apariciones eran verdad y que era algo muy serio y que Don Valentín decía la verdad.

Jacinta se levanta y fue al portal de la iglesia. Allí estuvo un rato y de alli se vino a casa. Entra en la habitación y coge los rosarios y todas las cosas que tenía que dar a besar a la Virgen; se le cayó alguno pero lo recogió sin mirar para abajo. Lo desenredó todo con mucha facilidad, sin mirar. Acabó allí y salió fuera a la calle y le dijo Conchita, que estaba normal:

-- Ven a mi casa Jacinta, que yo también tengo cosas que dar a besar.

Fue Jacinta a casa de Conchita, que tenía muchas más cosas que ella, y so lo dió todo a besar y después salió y se fue al lugar llamado "el Cuadro". Alli estuvo un rato y alli se le quitó. En eso ya llegó todo el pueblo detrás de ella y le dijo don Amador:

-- ¡Vaya carrera que nos has dado!.

-- ¿Yo?, no.

-- Tú, sí; tú fuiste la que nos hiciste correr.

-- Yo ne me moví de aqui. ¡Aquí vine y aquí estoy!.

En éxtasis no se daban cuenta, a menos que la Virgen se lo dijese. Don Amador le dijo:

-- Fuiste al portal de la iglesia, fuiste a tu casa, fuiste a casa de Conchita.

-- Yo le digo a usted que yo vine aquí, y aquí estoy.

Lo que la Visión dijo a Jacinta: De aquí a un mes vuelvo, así sucedió, como la Virgen le dijo.

Cuando más me emocioné fue la noche de la Encarnación, porque yo pensaba:

-- Esto, si es cosa de Dios, el día de la Encarnación tiene que haber algo especial.

Llegó el día 24 de marzo de 1962. A las doce de la noche cayó Jacinta en éxtasis en casa, salió a la calle y nosotros con ella. Fue al portal de la iglesia, estuvo un poco alli y se fue a casa de Ceferino adonde había poca gente. Era ya cerca de la una cuando cae Loli en éxtasis también. Salieron a la calle las dos y salíamos con ella y, al salir a la calle, pasaba Conchita en éxtasis con su familia y se juntaron allí las tres.

Van al portal de la iglesia y comienzan a rezar el rosario. Empezaron a cantar los misterios, lo que no habían hecho nunca. ¡Unas voces angélicas!. Y lo que más me emocionó es cuando dijeron:

-- Dice la Virgen que canten todos en voz alta.

Yo cantaba con una emoción grandísima. Todo el que pudo salir de la cama, salió. Cuando se terminó el rosario, todo el pueblo estaba allí. Anduvieron varias veces por las calles, un rosario cantado es largo. Todo el pueblo estaba emocionadísimo.

Después de rezar el rosario yo dije para mi:

-- Mira, para la Encarnación deberían cantar unos cantares.

Es como si adivinasen mis pensamientos, porque se pusieron a cantar. Después de cantar seguían andando y se pararon, y les dijo la Virgen que repitieran uno, y decían ellas:

-- ¡Ah!, si no nos lo dices ya no nos acordamos de él.

Eran cantares nuevos que ellas no conocían. Si, es cosa emocionante y era el día de la Encarnación.

Los éxtasis eran todos muy bonitos. En una ocasión, había un señor, de Odanera me parece que era, y andaba tras de ellas. Al pasar por ahí se pegó un cabezazo en una vigueta que es un poco baja; él era alto y corría que se mataba.

Él nos lo contó después. Nos dijo que pensaba:

-- ¿Qué será esto?, yo no comprendo nada.

Y siguiendo la aparición, pensó:

-- Yo creería si la que va en el medio se volviera a mí y me diera el crucifijo a besar y se volviera a poner en su puesto; entonces, yo lo creería.

Nada más que acabó de pensarlo, arranca la del medio a donde él, se pone delante de él, le santigua, le dá el Crucifijo a besar; él se quedó impresionado. Después la niña se volvió a poner en su puesto. Era cerca del portal de la iglesia, cerca de la lechera. Después, cuando termina la visión, se sentó allí y nos contó lo que le había pasado; dijo:

-- Yo ya he visto bastante esta noche.

Otro señor de San Vicente de la Barquera, que se llama Jacinto, hacía dos meses que había dado el rosario a besar. Oyó que los rosarios que estaban besados, la Virgen no los volvía a besar más veces, y dijo:

-- Pues allá voy a verlo, a salir de dudas.

Vino acá y nadie sabía que había venido, ni nada. Eran las doce de la noche; estábamos en casa de Ceferino,  don Valentín estaba allí también y bastante gente. Cuando cayó Jacinta en éxtasis ese señor dijo a Loli:

-- Toma, dale este rosario a Jacinta, para que lo dé a besar.

Lo cogió Jacinta y dijo:

-- Está besado.

Loli se lo dió al señor y le dijo don Valentín:

-- ¿Está usted seguro que estaba ya besado?.

-- Sí señor, segurísimo, hace dos meses, lo besó la Virgen en la Calleja.

Una vez, Conchita andaba buscando una oveja que tenía, algo sorda, que no quería ir a casa y la traía agarrada; trayéndola agarrada cayó en éxtasis con la oveja agarrada allí; no eramos capaces de quitársela. Conchita estaba de rodillas y la oveja estaba en las manos de la niña. Vino su hermano Serafín y no fué capaz de quitársela de las manos. Después ya tuvo que venir Loli y no hizo nada, nada más le dijo:

-- Conchita, ¿por qué no dejas a la oveja que se vaya?.

Y entonces la dejó. Estaba yo presente y Jacinta estaba por otro lado por allí en éxtasis.

Una vez vino aquí uno de Cabrujo que tenía una sobrina muy agil. La sobrina quería hacer lo que hacían ellas en éxtasis pero nunca pudo hacer lo que hacían ellas.

Otro día vino aquí un grupo de, por lo menos, 40 personas; y nosotros no sabíamos nada de que había venido esa gente. Yo salí con Jacinta a las seis de la mañana; era el mes de febrero. Salí con mi farol, como todos los días, que entonces iba a rezar a la Calleja. Cuando pasábamos por casa de Piedad, sale esta con un montón de rosarios y cadenas para dárselas a Jacinta:

-- Tome para cuando tengas aparición.

-- Qué sé yo cuando la tendrá, dije yo.

-- Que lo guarde en el abriguco, que lo guarde.

Lo guardó, e íbamos para arriba y salió Loli también aquel día a rezar con ella. Vamos para arriba a la Calleja, y en la Calleja, según llegamos, las dos niñas se pusieron a rezar un rosario.

Llegan muchas señoritas y varias personas. Llegaban las últimas y se ponían de arriba para abajo para poder ver las caras de las niñas. Yo tenía el farol encendido.Acaban de rezar un rosario y caen en éxtasis las dos.

-- ¡Ah, qué emoción!.

 Para esa gente que no había visto los éxtasis. Empiezan a sacar los rosarios y los Crucifijos para darlos a besar y ellas miraban a donde miraban las niñas a ver si veían algo. Allí había una emoción grandísima. Había mujeres que lloraban al ver a las niñas en éxtasis.

Después, las niñas en éxtasis salen para abajo, van al portal de la iglesia y después se van donde casa de Ceferino, en esa plaza. Había una señorita allí, contra una puerta, sola; va Jacinta a ella con un crucifijo grande que traía en la mano y que iba dando a besar a los que allí estaban.

Se pone delante de ella y la santigua, y después le da el crucifijo a besar. Ella le hacía así con el codo, que no lo quería. No podía hablar la señorita y le dije yo:

-- Haga el favor de cogerlo señorita, que se lo dá la niña.

Y va y lo coge. Cuando se da cuenta de que era el suyo se puso unos pucherucos para llorar como hacen los nenes y la tuvieron que llevar a casa; se emocionó muchísimo.

Ese crucifijo lo dió Piedad a las niñas junto con otras cosas y esa señorita no sabía que lo traía la niña y nosotros tampoco. Pero hay que ver la emoción que sintió cuando se dió cuenta de que era su crucifijo y ella no se lo había dado a la niña y ésta no podía saber a quién pertenecía esa cruz.

Esta señorita era hija única y se fue monja. Los padres no le dejaban irse monja; ella escribió a Jacinta para que le pidiera a la Virgen a ver si la dejaban irse monja y asi fue. La ropa que traía aquella noche se la mandó a Jacinta y se fue monja.

Otra noche, una muchacha le trajo un Crucifijo a Jacinta:

-- Toma este Crucifijo, lo dás a besar a la Virgen y después se lo das al dueño.

Salió en éxtasis con el crucifijo, fue a varias casas y fue a casa de Josefa y le dió el crucifijo a Josefa. Nosotros no sabíamos de quién era, y era de Josefa, la panadera. Josefa se lo había dado a una muchacha diciéndole:

-- Toma, le das esto a Jacinta para cuando tenga éxtasis que lo dé a besar a la Virgen y que encuentre a su dueño después.

De esos casos hubo muchos, muchos, muchos.

 

Primero hay que obedecer a los padres.

En una ocasión, Jacinta me dice:

-- Papá, me llama a las cuatro, que tengo aparición.

-- Bueno; tú te acuestas, duerme tranquila, que ya te llamaré.

Yo me había acostado a las dos de la mañana y pocas ganas tenía de levantarme tan pronto. La llamo, pero eran las seis:

Me dice ella:

-- ¿Que hora es?.

-- Las seis.

-- ¿Por qué no me llamó a las cuatro?.

-- ¡Que te haya llamado la Visión!

Es que estaba muy cansado y no quería estar toda la noche por fuera. La Virgen no las despertaba si estaban durmiendo.

Jacinta, se levanta, casi llorando y fuimos a rezar el rosario.

Estuvo Jacinta un mes sin ver apariciones. Y a mi me remordía la conciencia, porque ella se iba quedando delgada, se desmerecía ella, estaba sufriendo. Y cuando venían las otras, les decía:

-- Decid a la Virgen que ¿cuando me va a venir a ver a mí?.

Le hablaban a la Visión y nunca les dijo nada, nada. De esto se enteró don Máximo, que era el alemán que se convirtió aquí, y le escribió a Jacinta diciéndole que él pedía a la Virgen que tuviera aparición ella. Y nada, vino aquí el alemán, al mes, y estuvo tres días en el pueblo.

Fue a la iglesia a pedir a la Virgen, con todo corazón, que tuviera aparición Jacinta mientras que él estaba aqui. Estábamos alli en casa y viene Loli en éxtasis y le dice Jacinta:

-- Dile a la Virgen que cuando viene a verme a mí.

Decía Loli a la Virgen:

-- ¿Cuando vienes a ver a Jacinta?.

Se ve que de seguido le dijo que pronto:

-- ¡Ah!, ¿la vas a ver luego?... qué contenta va a estar.

Al poco rato, Jacinta cayó en éxtasis. Llevaba un mes sin verla. Decían algunos médicos y algunas personas que lo hacían ellas cuando querían. Si lo hubiera hecho cuando ella quería, cuántas veces lo hubiera hecho durante aquel mes. Porque yo veía que la mía había perdido peso, se encontraba mal y ya me remordía la conciencía, y decía yo: esto fue por mi culpa.

Yo sufrí mucho en aquella época. Era tiempo de verano, que, por el trabajo, los muchachos no bajaban a casa y yo tenía que andar con ella, que no podíamos dejarla sola y me dolían mucho las piernas, pero cuando se ponían en éxtasis, ¡ya no me dolían nada!.

Lo que más sufrí es cuando me dijeron que una de ellas se iba a morir y que era Jacinta. Eso fue el fotógrafo, y le dije yo; pues yo no sé nada y soy su padre.

-- ¡Ay, lo que me pesa de haber hablado con usted!.

Sí, el lo decía porque la gente lo hablaba. No sé en qué se basaban, no sé, porque yo nunca la noté de enfermedad. Al principio sufrí mucho, hasta tal punto que me iba a la montaña para que no me viesen llorar. No sucedió nada de eso.

En particular, no quería preocupar a mi mujer, María, porque los médicos de la Comisión decían que mi hija estaba enferma y el Obispo se empeñaba en que esto no venía de Dios. Pero yo me daba cuenta perfectamente de que la niña gozaba de una salud perfecta y de que no mentía. Entonces, ante tantas contradicciones, yo creía que me volvía loco.

En una ocasión, estaban Jacinta y Loli en casa de Ceferino; tenía Ceferino amistad con don Valentin y éste estaba alli. Cayeron en éxtasis las niñas. Estábamos allí las familias, nadie más, y no sé por dónde entró allí un hombre con una zamarra. Estaba Jacinta en éxtasis y se pone a tocarla. Le llamo la atención, y dije:

-- Oiga, haga el favor de no tocar.

Me pidió permiso para tocarla, y se lo dí. En general lo daba; pero tocarla, estando en éxtasis, no consentía yo, me parecía feo. Al llamarle la atención me dijo:

-- Llevo sotana.

-- No me importa que sea usted Sacerdote, es igual.

No llevaba puesta la sotana; tenía la sotana guardada debajo de su zamarra. El hombre se quedó cortado, no dijo nada. Después saca un Crucifijo grande, y se lo dá a Loli.

-- Toma, dale este crucifijo a la niña y dile ¿de quién es?.

Loli da el crucifijo a Jacinta:

-- Toma Jacinta, a ver de quién es este Crucifijo.

-- De un Sacerdote.

-- ¿Dónde está ese sacerdote?

-- Aquí.

-- Aqui no se vé ningún sacerdote. ¡No se vé ninguna sotana!.

-- Pues la trae debajo de su zamarra, está aqui.

Y dice el cura:

-- Dile ¿quién le dió el crucifijo?.

-- ¿Quién le dió el crucifijo al señor cura?.

-- El señor Obispo.

Contestó ella rápida; le dice el cura:

-- ¿Quién se lo dió al señor Obispo?.

-- El Papa.

Y yo pregunté:

-- ¿Es cierto eso?.

Sí, mandó el Papa a los que acababan los estudios, unos crucifijos y ése era uno de ellos; entre esos estudiantes, estaba el futuro obispo, contestó ese sacerdote. No me acuerdo del nombre de ese cura, era de Asturias.

 

P. Ramón María Andréu S.J. con Muriel Catherine y Máximo Foeschler, que se bautizaron en la FE católica después de sus visitas a Garabandal.

 

Dice Simón:

Vino una judia aquí, Catherine, con una de Burgos. Los padres era judios, no eran católicos ninguno y ella, la hija, quería bautizarse. Venia aqui durante las Apariciones y siempre venía a mi casa con la de Burgos que se llamaba Chón(Asunción).

María estaba con miedo de si sería el demonio que se aparecía. Le dió a Jacinta y a Loli una botella de agua bendita y les dijo:

-- cuando tengáis Aparición se lo echáis a la Visión.

Cuando tuvieron Aparición, le echaron el agua bendita, pero el agua bendita no fue hacia la Visión sino que giró en sentido contrario y fue a caer donde estaba la judia. Era la señal de que la Virgen quería que se bautizase.

Dice María, esposa de Simón:

Resulta que yo no acababa de comprender estas cosas. Era lo primero de las Apariciones y yo le decía:

-- Jacinta, estaba también Mari Loli, tengo aqui un botelluco de agua bendita. Cuando tengais Aparición, por si acaso es el diablo, le tiráis agua bendita para que se vaya.

Entonces tuvieron Aparición y se pone Mari Loli a tirar el agua bendita a la Aparición. La judia traía una blusa blanca. Se pone a hechar el agua y le cae toda a la judia que estaba cara al otro lado.

Después, ya normales, le decía Chón(Asunción). A ver Jacinta, siéntate en esa mesa y, con agua natural, ponte a echarlo a ver donde cae. Y le caía delante de los piés pero aquel agua bendita fue para donde estaba la judia, no cayó enfrente.

Aquella casa era muy pequeña y yo un dia tenia un dolor de cabeza y se me llenaba la casa de gente. Digo yo: me voy a la otra casa. Aquí dormían los muchachos, parte de ellos. Tenía aquí una habitación y entonces digo: me voy allí. Era una casa vieja. Entonces me vine ahí y Jacinta estaba cenando. Jacinta no salió de casa que no tenía Aparición.

Yo me vine, después de cenar, a esta otra casa y cuando más tranquila estaba dan en picar a la puerta. Y eran Conchita, Loli, el sacerdote don José Ramón, párroco de Barro(LLanes, Asturias), y un tropel de gente. Abro la puerta, entran, se me afincan al par de la cama, me hacen una Cruz en la almohada y yo no pude volver a dormir. Me dije: es inutil esconderme que dondequiera me encuentran.

Dice Simón:

Iban a las camas. Si estabas en una casa que no era tuya o estabas con otra mujer, pues te descubrían. El matrimonio, a veces, si tienen un hijo enfermo, ponen el niño en el medio. Pues hacían tres cruces entonces. Cada persona que dormía en la cabecera de la cama parecía que lo conocían y si hacían tres cruces es que tenían allí algun hijo.

En casa de mi hermana Tiva, entraron en un cuarto e hicieron una Cruz en la cabeza de la cama y otra en los piés y era que dormían así las muchachas. Entraban en una casa y todo lo descubrían. ¿Quién se lo dijo a ellas?.

Si veían mal comportamiento en una muchacha y un muchacho, les decian: ¡Ay, yo creía que érais matrimonio!. Se descubrieron muchas cosas.

Familiaridad de las niñas con la Visión.

Un día estaban en éxtasis las dos niñas y había muchísima gente fuera, toda la plaza esa estaba llena de gente. Y estaban ellas dentro de la habitación, de rodillas, y decían ellas al Ángel:

-- Vamos afuera, que nos vea la gente. Vete tu delante y nosotras detrás.

Y al salir por la puerta de abajo, por el corredor, decían ellas al Angel:

-- Agáchate un poco, que vas a pegar con las alas, agáchate un poquito más; ahora, ahora pasas.

Las niñas querían salir con el Angel afuera para que la gente viera al Angel y el Angel hacía tal cual era en la mente de aquellas niñas, que entonces pensaban, en muchas cosas, como niñas pequeñas.

La familiaridad de las niñas con la Virgen y el Angel es una de las maravillas de las Apariciones de Garabandal. La Virgen vino a ser Madre con sus niñas pequeñas y así, familiarmente, como hijos y tal como somos, es como quiere Ella que la tratemos, como Madre nuestra que es.