Padre Jose Ramon Garcia de la Riva

Padre Jose Ramon Garcia de la Riva

P. José Ramón García de la Riva:

 

El P. José Ramón García de la Riva tomó posesión de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Barro(Llanes, Asturias), el día 10 de agosto de 1961.

Don José Ramón subió a Garabandal por primera vez el 22 de Agosto de 1961, antes de que saliesen las notas del Obispado de Santander. Posteriormente pidió permiso a su Arzobispo, monseñor Segundo Sierra Méndez, Arzobispo de Oviedo y a Don Doroteo Fernández, Administrador Apostólico de la Diócesis de Santander, a quien también le comunicó sus primeras impresiones.

En una conversación telefónica con monseñor Beitia Aldazabal, segundo Obispo de Santander durante las Apariciones, este dijo al P. José Ramón:

-- Puede subir a Garabandal cuantas veces quiera.

Sus "Memorias de mis subidas a Garabandal", mas conocidas como "Memorias de un Cura de Aldea", son un valioso testimonio de las Apariciones.

En 1971, recopiló información sobre las Apariciones a pedido de Don Gabino Díaz Merchán, Arzobispo de Oviedo. Esta información fue enviada a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fé, antes llamada Santo Oficio, que pidió esta información al Arzobispo de Oviedo.

Mas adelante, con monseñor don Juan Antonio del Val, ya hubo permiso para subir a Garabandal para todos los Sacerdotes, en las fechas que se indican en este capítulo.

Las primeras opiniones de algunos miembros de la Comisión investigadora de la Diócesis de Santander fueron deplorables, tal como lo cuenta Don José Ramón, pero años después, la opinión de dos de los responsables de la Comisión ha cambiado completamente, tal como se explica a continuación.

 

El Doctor Morales examina el pulso de Mari Loli. Detrás de él, con gafas, Don Juan Antonio del Val quien, por gozar de la plena confianza de Don Doroteo Fernández, fue miembro principal de la Comisión y años después sería Obispo de Santander. Fue Monseñor Juan Antonio del Val quien dió un gran impulso a la difusión de las Apariciones desde que, en 1980, permitió se hiciera un documental filmado de las Apariciones, dió permiso a los Sacerdotes para subir a Garabandal y celebrar la Santa Misa en la Iglesia del pueblo y estableció una nueva Comisión investigadora.

Las primeras opiniones del Doctor Morales fueron muy negativas y muy desafortunadas:

-- Los acontecimientos de Garabandal son un conjunto de fenómenos vulgares e histéricos.

Años después, el Doctor Morales, cambió completamente su opinión y se convirtió en un ferviente defensor de las Apariciones. El 3 de septiembre de 1978, durante una visita de unas dos horas, el doctor Morales dijo al P. Francisco A. Benac S.J., misionero jesuita en la India:

-- Ahora veo la realidad existencial de Nuestra Señora en Garabandal. Considero a Garabandal, como a Fátima, un don de la Providencia para la humanidad. Garabandal es, en verdad, un regalo de Cristo para nosotros através de la Madre. Garabandal ha sido una manifestación de la Divina Gracia.

El 30 de Mayo de 1983, el Doctor Luis Morales Noriega, señalado por el Obispo Administrador Apostólico D. Doroteo Fernández como médico principal en la Comisión investigadora de las Apariciones, se retractó de su anterior opinión negativa y reconoció la autenticidad de las Apariciones de la Virgen Maria en Garabandal durante una conferencia que dió en el Ateneo de Santander con una gran afluencia de público y con permiso del Obispo de Santander.

Anteriormente el Dr. Morales habia vivido en el Hospital de Valdecilla en Santander unos sucesos que le conmovieron profundamente: la enfermedad de su esposa de un cancer en que, después de muchos dolores, durante el último mes de vida, recuperó la paz interior por medio de un Crucifijo besado por la Santísima Virgen en Garabandal, recibió los Santos Sacramentos y murió con una gran paz. 

Este crucifijo de Marichu Herrero, se lo dejó también a D. Antonio Francisco Bonin Cavero que también estaba enfermo de un cancer terminal al mismo tiempo que la esposa del Dr. Morales. Cuando todo ya estaba en un proceso terminal para Antonio, el médico que hacía las últimas pruebas exclamó “lo que está sucediendo a Antonio es un milagro”. En efecto, Antonio fué curado milagrosamente y poco después ya estaba de vuelta en su casa. Ambos sucesos conmovieron profundamente al Dr. Morales, que fué testigo de ellos. Una vez mas se cumplian las palabras de la Virgen:

-- por los besos que he dado, “Mi Hijo, hará prodigios”.

 El Obispo D. Juan Antonio del Val estudió por su cuenta las Apariciones de la Santísima Virgen María en Garabandal. Él estaba convencido de que estas Apariciones requerían un estudio mas profundo y de que aquello era muy serio. En 1980 dió permiso a Conchita para hacer la película documental de la BBC y mas tarde dió permiso a los Sacerdotes para subir a Garabandal y decir la Santa Misa en la Iglesia, que anteriormente habia estado prohibido, y promovió un estudio sobre las Apariciones que posteriormente fue enviado a Roma.


En el Vaticano, los testimonios de D. Valentín, el párroco, y de las videntes, fueron muy bien acogidos, tanto por el Papa Pablo VI como por Juan Pablo II. En la foto vemos al Papa Juan Pablo II con Joey Lomangino, fundador de «The Workers of Our Lady of Mount Carmel de Garabandal», «Los Trabajadores de Nuestra Señora del Monte Carmelo de Garabandal», que difunde los Mensajes y las Apariciones de Garabandal desde 1968 y Joey, personalmente, desde 1963. Joey, ciego desde los 16 años por un accidente de trabajo, tiene la promesa de la Virgen en Garabandal de que el dia del Milagro recuperará su vista.

El Papa Juan Pablo II cree en las Apariciones de Garabandal. El leyó el libro en alemán sobre las Apariciones «Garabandal, Der Zeigefinger Gottes», de la foto, escrito porAlbretch Weber.

A partir de su segunda edición, se pueden leer  estas palabras que el Papa escribió a su autor:

«Que Dios te recompense por todo. Especialmente por el profundo amor con que estás dando a conocer los sucesos relacionados con Garabandal.

Que el Mensaje de la Madre de Dios sea acogido en los corazones antes de que sea demasiado tarde.

Como expresión de gozo y gratitud, el Santo Padre te da su Bendición Apostólica».

  El Papa Juan Pablo II añadió un saludo personal con su letra y firma.

 

P. José Ramón García de la Riva.

 


  

P. José Ramón García de la Riva

En una conversacion telefónica, monseñor Beitia Aldazabal, Obispo de Santander, dijo al P. José Ramón:

-- Puede subir a Garabandal cuantas veces quiera.

El día 22 de agosto, martes, octava de la Asunción y fiesta del Inmaculado Corazón de María, hacía por primera vez la ruta de río Nansa y río Vendul arriba, un joven sacerdote asturiano que iba a quedar para siempre entrañablemente vinculado a Garabandal.

De él tenemos un valioso documento:

"Memorias de mis subidas a Garabandal"; años de 1961 a 1968; por el P. José Ramón García de la Riva, cura párroco de Nuestra Señora de los Dolores, del pueblo de Barro, arciprestazgo de Llanes, arzobispado de Oviedo, España.

Su primer deseo: subir a Garabandal.

Dice Don José Ramón:

Surgió de una conversación mantenida con el párroco de San Claudio de la ciudad de León, reverendo señor don Manuel Antón. Este señor cura pasaba entonces unos días en Barro(Llanes, Asturias). Yo acababa de llegar a dicha parroquia, y no tenía la menor idea de aquellos sucesos que ocurrían a 57 kilómetros, en la vecina diócesis de Santander. Tales sucesos habían comenzado el 18 de junio de 1961, y yo tomé posesión de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Barro, el día 10 de agosto.

"De aquella conversación me quedé con un dejo de curiosidad..."

El deseo de saber qué era lo que de verdad estaba ocurriendo, llevó a don José Ramón hasta Garabandal el día 22 de agosto.

Subió con su padre en una motocicleta "Roa", y la primera pregunta que hizo en el pueblo fue sobre la hora de las "Apariciones":

-- Es al atardecer, después del Rosario en la Iglesia.

La información produjo cierta contrariedad a los llegados, pues no podían quedarse los dos para una hora tan tardía. Decidieron que el padre bajara en un taxi que había allí, y que estaba presto a partir con otras personas que tampoco podían esperar.

Entonces, dice don José Ramón:

-- me dediqué, con un sacerdote burgalés, venido de la Lora, a pasear por el pueblo.

Sus calles o callejas eran tortuosas y pedregosas. Fui conociendo poco a poco a las niñas videntes; la primera, Loli, que correteaba junto a su casa alrededor de un "jeep"; después, Conchita y Mari Cruz, que por entonces solían andar juntas; a Jacinta no la vi hasta por la noche, y en éxtasis.

Me dieron impresión de ser normales, juguetonas, risueñas, vivarachas; pero un tanto tímidas. Les hice unas fotografías, que conservo; me extrañó verlas con rosarios, cadenas y medallas colgando del cuello. Luego supe que los llevaban así para darlos a besar a la Virgen durante el éxtasis.

Era una auténtica maravilla ver con qué facilidad desenredaban en éxtasis verdaderos montones de rosarios y de cadenas con sus medallas.

También era digno de presenciar el momento en que todos aquellos rosarios y cadenas con sus cruces y medallas correspondientes, eran llevados hacia arriba, hacia la Virgen, con un juego muy bonito de los diez dedos, quedando como en corona, vueltos hacia la Visión, sólo los crucifijos y las medallas.

Eran de las numerosas personas que acudían a San Sebastián llevadas por la curiosidad o la fe. También me enteré entonces de que, en los comienzos de las apariciones, las niñas daban a besar pequeñas piedrecitas, que recogían previamente por el suelo, y luego se las ofrecían a distintas personas de parte de la Virgen. Yo no llegué a ver esto, porque hacía ya tiempo que sólo daban a besar objetos religiosos o alianzas matrimoniales.

Al atardecer de este día 22 de agosto, me fui a la Iglesia:

-- era sencilla y acogedora.

Entonces había un comulgatorio de hierro, separando el presbiterio del cuerpo del templo. Yo me coloqué a la izquierda, arrodillado en la primera gradilla; y me hice la reflexión siguiente:

-- Si esto es de Dios, las mejores cosas se verán seguramente en la iglesia.

Y en este sentido le contesté a una señora que me preguntó por el lugar de las apariciones. Me puse a rezar con devoción, y pedía al Señor que pronto se esclarecieran aquellos sucesos.

Ese día se encontraban en Garabandal unos cinco sacerdotes asturianos, todos adscritos al concejo y arciprestazgo de Llanes, y también un canónigo de la catedral de Oviedo; aparte de otros sacerdotes que andaban en torno a las niñas videntes.

Se rezó el santo rosario, que dirigió el R. P. Ramón María Andreu, jesuita. Acabado el rezo del rosario, cuando la gente estaba saliendo de la iglesia, se produjo ya el primer fenómeno. Mari Cruz cayó de bruces en el interior del templo, a la altura del altar de la Inmaculada; y las otras niñas se vinieron encima de Mari Cruz.

Noté con admiración que, si bien las niñas en su caída se habían ido bruscamente al suelo, sin embargo sus vestidos quedaron bien colocados, tapándoles hasta las rodillas. Estaban como en un cuadro escultórico, más para ver y admirar que para referir. Allí mismo hizo el P. Andreu la precisión de que, en su libro de ascética y mística, el P. Royo Marín habla de los cuadros escultóricos humanos que forman a veces los místicos en sus trances.

Visto esto, y al salir las niñas de la iglesia y seguir en éxtasis por el pueblo, yo me volví al presbiterio y ya no me preocupé más que de hablar en mi oración con el Señor Sacramentado. Todo mi afán era pedir a Dios luz para el señor obispo y para los encargados de estudiar todo aquello.

Varias veces volvieron las niñas a la iglesia, y se iban a colocar junto a mí, en la gradilla del presbiterio; no tenía más que volverme un poco de lado, con ligero movimiento de cabeza, y veía perfectamente todo el desarrollo de aquellos fenómenos, místicos a ojos vistas.

Las niñas rezaban ante el Santísimo y todo su porte externo era de una vistosidad admirable, a pesar de lo pobre de su indumentaria. Rezaban en voz baja, con la cabeza hacia arriba y hacia atrás.

Hacían su entrada en la iglesia de dos en dos; Loli y Jacinta, Conchita y Mari Cruz; pero alguna vez entró Loli sola, se llegaba al presbiterio, y se arrodillaba o se tendía en el suelo con la cara vuelta hacia arriba. Si esto podía llamar la atención por lo raro, ciertamente no molestaba, sino que agradaba.

Los de la Comisión diocesana, aparecieron bastante después del rosario, cuando ya las niñas andaban en éxtasis por el pueblo.

Siento tener que decir que, a mi juicio, no mereció ningún aplauso la actuación de los miembros de tal comisión en este día.

En una de las veces que las niñas volvieron a la iglesia, llegó el doctor Piñal, y desde la entrada, en voz bien alta, para que le oyeran todos los que rodeaban a las videntes, preguntó:

-- ¿Qué?, ¿todavía continúa esta farsa?.

-- Aquí el único farsante es usted.

Le replicó el doctor Ortiz, de Santander, que en aquellos momentos tomaba concienzudamente las pulsaciones de Conchita.

-- No es éste el lugar apropiado para decir esas cosas y menos en público.

No se habían reconocido los dos médicos. Mas fue cuestión de unos segundos.

Dr. Ortiz:

-- ¡Ah!, ¿pero eres tú?.

Dr. Piñal.

-- Sí, y a tí te tengo yo que decir unas cuantas cosas en la sacristía.

Dr. Ortiz:

-- Puedes decirme las que quieras.

Uno de los sacerdotes de la Comisión llegó hasta el presbiterio y puesto allí, de espaldas al Santísimo y de cara al público, hizo, sin recato ninguno, en voz bien alta, este comentario:

-- Yo, en esto no creo, pase lo que pase.

Los comisionados llevaban su fotógrafo y como la máquina de dicho fotógrafo era automática, cargada con carrete de color y provista de flash, le indiqué que era una pena que se perdiese las preciosas fotografías que podía hacer de Jacinta y Loli, que estaban entonces arrodilladas en la gradilla, y con una gracia y pose verdaderamente extraordinarias.

La respuesta del fotógrafo fue desdeñosa y desabrida:

-- ya he hecho las fotos que tenía que hacer.

Me quedé en la iglesia hasta las once de la noche, delante del Santísimo. Cierto, que no todo mi cometido fue rezar; también me apliqué a escuchar atentamente cuanto desde mi sitio podía oírse, porque, eso sí, todo se decía en alta voz, no en tono misterioso.

Del "debate" que hubo aquella noche en la pequeña sacristía, antes de las decisiones de la Comisión, tenemos esta escueta referencia del doctor Ortiz:

Allí, en presencia del párroco, don Valentín Marichalar, del Padre Andreu, S.J., y de los que se decían de la Comisión, traté de demostrar a éstos que estaban confundidos en muchas de sus apreciaciones. Tuve que terminar diciéndoles que yo no había subido allí para perder el tiempo discutiendo, que:

-- lo primero que había que hacer era observar con todo detenimiento las cosas.

Fue al quedar los comisionados solos, cuando éstos deliberaron en el sentido que nos dice don José Ramón:

De sus deliberaciones, me quedé concretamente con esto:

-- Vamos a cerrar la iglesia al culto. Enviaremos a don Valentín con un mes de vacaciones; lo admitirá fácilmente, pues parece que está nervioso. Al padre jesuita le haremos marchar. Impediremos subir aquí a los sacerdotes, y si esto es de Dios, ya se abrirá paso.

Posteriormente, Don José Ramón informó a Don Valentín, el párroco, y escribió al Obispo de Santander, Don Doroteo Fernández, contándole lo sucedido y la impresión negativa que le causó la Comisión investigadora. Fue providencial el haber estado allí ese mismo dia, ya que así fue testigo imparcial de los hechos.

Testigo de numerosos éxtasis.

Dice Don José Ramón:

Estaba Loli en éxtasis y llegó el momento, tan conocido ya de muchos y para todos tan emocionante, de repartir a cada uno de los propietarios los múltiples objetos que ya habían sido besados por la Virgen. Como de costumbre, la niña, sin mirar y sin equivocarse, empezó su tarea, tomándolos uno a uno del montón donde estaban revueltos o mezclados.

Llegó el turno a una alianza matrimonial. La tomó Loli y se la colocó a una señora en el dedo que se acostumbra de la mano derecha. Pero casi inmediatamente, y dando la impresión de que seguía misteriosas instrucciones, sacó el anillo de aquel dedo y se lo colocó en el correspondiente de la mano izquierda.

La señora no pudo contener su emoción y rompió a llorar. ¿Causa?. Ella era Valenciana y había entendido la delicadeza de la Virgen, pues en su tierra, según declaró a los circunstantes, los anillos nupciales no suelen colocarse en la mano y dedo en que lo hacen las otras gentes de España, sino precisamente en la mano izquierda, donde Loli le había puesto el suyo. No paró aquí la cosa, sino que Loli le dijo también el nombre de su marido, que ella no había comunicado absolutamente a nadie.

En otra ocasión, yo ya había dado todo lo que tenía a mano, para que fuera besado por la Virgen, y hoy no me explico por qué motivo le di también a Conchita, durante el éxtasis de las otras dos, la máquina de fotografiar, que tenía enfundada. Ya es sabido que sólo a través de alguna de las videntes, que no estuviera en trance, podíamos comunicar los demás con las que estaban extáticas.

 

 

Así empieza la historia que don José Ramón ha recogido en sus "Memorias" como la "Historia de la fotografía de la Virgen".

 

 

Don José Ramón no esperaba que saliese nada por haberse sacado la foto a la luz de una simple bombilla, sin flash, y en el interior de la cocina de la madre de Conchita.

Sobre la foto original, nos dice Don Juan Alvarez Seco:

Subiendo una tarde a Garabandal me salen al encuentro Jacinta y María Dolores y me explican que el Padre de Llanes (Asturias), don José Ramón, le entrega a Conchita y esta a Mari Loli, que estaba en éxtasis, una máquina de fotografiar para que haga una foto a la Virgen.

Me informaron que hicieron tres fotos a la Virgen y que la Virgen la iba guiando como manejar la máquina, y cuando María Dolores veía a la Virgen por el visor bien, sacaba la primera foto; así ocurrió tres veces, o sea, tres fotos. El Padre de Llanes se llevó la máquina y la devolvió a Loli las tres fotos; allí no se veía a la Virgen, lo que significaba que la Virgen no salía en la foto.

Al cabo de seis meses de ocurrir esto, el padre de Mari Loli le dice un día a su hija:

-- Loli, cuando estés con la Virgen le dices que te guíe con un lápiz y papel, para que la dibujes y sepamos cómo aparece.

Al terminar el éxtasis, Ceferino le dice a su hija qué es lo que la Virgen le ha dicho; y contesta Loli:

-- Me ha dicho que ya me lo dirá.

Un día queda extasiada Loli y, hablando con la Virgen, se le oye decir:

-- ¡Ah, que estás en una de las fotos que te hice!.

Se dirige a una caja de cartón de los zapatos, donde guardaba varias estampas y fotos; de las que coge tres, viene y se las muestra a la Virgen, y una de ellas la aparta, y después, cuando ha terminado se le pregunta:

-- ¿por qué has apartado esta foto?.

-- Es que, dice la Virgen que está en esta foto como es y como viste.

En dicha foto, al parecer, unos la ven y otros no ven nada.

Cuando Loli preguntó a la Virgen por qué no se dejó ver mejor en la foto, la Virgen dijo:

-- Porque, aunque saliese mejor, no creeríamos más.

La Virgen le explicó a Loli, en otra ocasión, donde está y cómo sale en la foto.

Sigue el testimonio de Don Juan Álvarez Seco:

A las tres de la madrugada, la propia hija del Indiano la llevó a su casa, y pude ver cómo aparecía la Virgen en la foto. Regresaba yo este día de revisar un puesto en Tudanca, y al llegar a Cosío me encuentro a la madre de Jacinta que se dirigía a Puentenansa y me dice:

-- No sabe que la Virgen apareció en una de las fotos que un día le sacó Loli.

Yo, sin pereza, sin llegar a Puentenansa, me dirijo a Garabandal, y le pregunto a Ceferino si era cierto lo que me había dicho la madre de Jacinta; me entrega una foto y me dice:

-- Ahí la tiene usted.

Le doy algunas vueltas a la foto y con mis propios ojos he podido ver la silueta de la Virgen en la foto. He visto que tenía unos ojos grandes como los de Nuestra Señora La Inmaculada; la nariz, pequeña y perfecta; los labios muy pequeños y gruesos con el cabello echado hacia atrás y muy largo. Esta foto la guardaba Ceferino; no he vuelto a saber de ella.

Don José Ramón dice:

La Virgen enseñó a la niña, en éxtasis, a manejar la máquina de fotografiar, una Kodak muy buena, de aquellos tiempos. La Virgen enseñó a Loli, paso a paso, como sacar la máquina de su funda, quitar la tapa, sacar el fuelle, avanzar el carrete y manejar el disparador.

Después del éxtasis, la niña era incapaz de manejar la máquina, ni un solo paso, en estado normal. Pero con la Virgen lo hizo de una manera profesional. La foto la tengo en una diapositiva que es de la misma foto.

Una vez, el padre Ramón María Andréu, al proyectarla en la pared de un Colegio de Balmori, salía mucho más. Yo la vi, vi la Virgen, la cara, el pelo. El pelo largo que le bajaba por el vestido. La ví de medio cuerpo para arriba y la cara preciosa. Una cara, de una señora, pero la ves como Ella te la presenta en la foto. Tiene que ser una cosa milagrosa, por que sino, no me explico como algunas veces puede salir la Virgen así de bien; cuando se puede ver bien, es una cara preciosa.

 

De las Memorias de Don José Ramón:

Las niñas escribieron cartas a Don Jose Ramón; con toda confianza le escribían:

Jacinta:

-- En este momento llegamos de rezar el rosario a la Virgen, Mari Cruz y yo. Ayer tuvimos una mañana muy mala; bajaba una calleja de agua, que casi no podíamos arrodillarnos. Ahora, en lo que no nieve, todo va bien.

Mari Cruz:

-- Ya sé que la Virgen quiere que seamos muy buenos y visitemos al Santísimo; yo quiero que usted pida a la Virgen, ya le diré lo que usted me dice, para que salgan bien en el Concilio el Papa y los que están con él; también se lo di a leer a las otras, para que ellas lo hagan también.

Conchita:

Desde que se marchó de aquí, no hemos vuelto a saber nada de usted; no sabemos si es que se fue disgustado o es que está enfermo, como por aquí hay tanta gripe.

Hoy mismo está nevando; yo vengo ahora de rezar el rosario en el "Cuadro", y anoche, a las 8, tuve allí aparición; granizaba muchísimo; pero yo lo veía todo escampao, no tenía nada de frío; mi mamá estaba temblando como una hoja.

Mari Cruz:

El rosario sí voy a rezarlo todos los días, a las seis de la mañana; me lo mandó la Virgen que le rezara todos los días a esa hora, hasta el día 26, que la volveré a ver a Ella.

Las apariciones siguen igual. La vemos casi todos los días.

Dice usted que le cuente algo de lo que me dice (la Aparición). Pues no puedo decir nada; nada más que esto, como sabrá, nos dice todos los días:

-- que tenemos que ser muy buenas y visitar a menudo al Santísimo y todos los días que recemos el rosario.

Conchita:

Acabo de recibir su carta, cuando ya me pongo a contestarle, aunque ahora no pensaba escribirle, porque ¡tengo un sueño!. Ayer tuve dos apariciones, y la última a las cuatro de la madrugada; así que no he dormido nada.

Más éxtasis de las niñas.

Dice Don José Ramón:

Recuerdo que estaba Loli extática en la cocina de Conchita, y desde la ventana daba a besar el crucifijo a las personas que se agrupaban fuera. Aquel crucifijo era propiedad de una señora allí presente, dentro de la cocina; ella tenia miedo de perderlo, pues lo consideraba, naturalmente, como una preciosa reliquia. Por eso no hacía más que pedir su crucifijo.

Se lo quitaron a Loli de la mano y se lo dieron a la señora, que marchó muy contenta y feliz; Loli se quedó entonces frente a la ventana, con sus manos unidas ante el pecho. Muy pronto dijo:

-- Conchita, dice la Virgen que le pidas el crucifijo al Padre.

Yo era el único sacerdote presente, por lo que la cosa iba ciertamente por mi. Entonces me dije:

-- Como no vengas tú por él, yo no suelto el crucifijo.

Y me quedé de pié donde estaba, junto a la puerta de entrada a la cocina, con las manos en los bolsillos. He de advertir que fue una cosa rara que tuviese conmigo el crucifijo, no era esa mi costumbre; pero aquel día lo había metido en el bolsillo. Entonces lo apreté fuerte en mi mano derecha y me dispuse a ver qué pasaba.

Conchita no debió de entender el encargo de Loli, porque no se movió. Entonces Loli, que estaba junto a la ventana, de espaldas, giró sobre sí misma, y se abrió paso hacia mí. Se me quedó frente a frente, y sin bajar su mirada, con gran agilidad y un bellísimo movimiento de su brazo derecho, introdujo su mano derecha en mi bolsillo de la misma parte, cosa que no resultaba nada fácil.

Con mi mano dentro del bolsillo de la sotana, no había posibilidad alguna de que otra mano entrara en él, por pequeña que fuese esa mano. Pues ella lo hizo con una suavidad pasmosa me fue abriendo los dedos que yo tenía cerrados sobre el crucifijo, y fue entonces cuando yo me rendí, diciendo con toda mi alma:

-- ¡Tómalo, tómalo!. No necesito más prueba.

Mi emoción no me impidió advertir que si otras veces las manos de las niñas perdían calor en el éxtasis, esta vez, la mano de Loli conservaba su calor natural.

Don José Ramón fue testigo de las Comuniones invisibles y uno de los primeros en saber que iba a haber un Milagro: el de la Comunión visible de Conchita:

He podido comprobar que el Ángel no daba la comunión a las niñas si su párroco, u otro sacerdote facultado para ejercer el ministerio en Garabandal, estaba presente y actuaba. Lo anoto así como resultado de un estudio que llevé a efecto y que repetidamente he comprobado. Puede servir de respuesta a cuantos hacen la pregunta de :¿Cómo es posible que el Ángel actúe en un ministerio que no es propio?.

El día 2 de julio de 1962, había subido yo a Garabandal, con ánimo de pasar allí unos días de asueto. La tarde de ese mismo día, estaba con las niñas videntes en los Pinos; ellas jugueteaban inquietas y yo, sentado, las contemplaba, muy contento de verlas así felices; se entretenían con un juego llamado "los tíos", similar al del "escondite".

La felicidad que entonces manifestaban era algo parecida a aquella que intentaban esconder cuando tenían las "llamadas". En un momento dado, Conchita se acercó a mí y me dijo de improviso:

-- Le voy a decir en qué va a consistir el Milagro que va a hacer el Ángel.

Presa de la mayor curiosidad, pero sin darla a entender, yo le indiqué a la niña que, si era un secreto, debía guardarlo. Ella quedó en suspenso unos instantes y luego, como consultando con la mirada y la voz a las otras tres, dijo:

-- ¿Verdad que se lo vamos a decir?.

Las tres, desde su sitio, se encontraban junto al pino llamado "de la Virgen", contestaron a una:

-- Sí, sí.

Entonces yo me levanté y les dije con cierta seriedad:

-- Bien, pero me lo vais a decir por separado.

Empezó Conchita, la siguieron las demás; todas me dijeron lo mismo:

-- Que se va a ver la Forma.

Yo supe así en qué consistiría el milagro que se anunciaba, y tuve la suerte de saberlo el primero. Conchita, en un éxtasis, el 29 de junio, oyó una voz que le decía:

-- El 18 de julio será cuando se realice el milagro, el "milagrucu", como tú dices.

Todos los días bajaba a Cosío a celebrar la misa. Luego subía al pueblo y preguntaba dónde estaría trabajando la niña vidente a la que yo tenía intención de acompañar aquel día en las faenas de la recogida de la hierba. Entonces tomaba el camino hasta el invernal. Estos invernales, lugares de pasto y hierba para el ganado, están por lo general muy alejados del pueblo y algunos con muy malos caminos.

Por la tarde, de vuelta al pueblo. Al anochecer, el Rosario en la Iglesia, y después, las Apariciones, tan largas frecuentemente. Todo ello contribuía a que el cansancio de todos los días se me fuera acumulando.

Loli va a visitar a don José Ramón a casa de Maximina.

Un día, estaba un poco triste, por no haber ido aquel día a las apariciones, como los del pueblo y los visitantes. Antes de acostarme, en una breve oración, le dije a la Virgen que, si no estaba enfadada conmigo por no haber acudido a las apariciones de después del rosario, que me diese alguna prueba. Después, me dormí como un tronco.

Al cabo de unas horas, me despertó el correr de una persona, y sentí la voz de Nandín, Fernando, el hermano de Loli, que decía:

-- Maximina, abre, que está aquí Loli.

Encendí la luz, miré el reloj y vi que eran las cuatro menos cuarto de la madrugada. Anda, me dije, si debe de hacer una hora, lo menos, que Loli está en éxtasis.

En esto, llaman a la puerta de mi habitación; me acomodé rápidamente en la cama y dije:

-- Adelante.

Se abrió de golpe la puerta y apareció Loli en éxtasis. Se tiró de rodillas y así comenzó a andar, poco a poco, hacia la pared que estaba frente a mí. Esto me admiró mucho, pues aún no sabía yo, que cuando las niñas visitan en éxtasis las casas, casi lo primero que hacen es rezar por los difuntos de la familia. En la pared de enfrente había una fotografía grande de Maximina y su marido, que había muerto hacía unos años.

Arrodillada bajo la fotografía, Loli estuvo rezando unos momentos; luego giró sobre sus rodillas y se fue hacia mi cama; con el crucifijo que llevaba en la mano hizo primero la señal de la cruz sobre la almohada, y después me lo dió a besar; se sonrió a continuación, dio media vuelta y empezó a marchar hacia la puerta, siempre de rodillas; ya en el umbral, se levantó y se fue.

Entonces yo me dije:

-- La Virgen por el pueblo y tú, ¿en la cama?.

Me vestí rápidamente y salí corriendo hacia la iglesia. Al pasar por casa de Loli me di cuenta de que la niña estaba en la cocina, todavía en éxtasis. La niña, en aquellos momentos, hablaba precisamente de lo que había ocurrido en casa de Maximina.

Después del éxtasis, dos preguntas:

La primera para saber por qué el trance había comenzado bastante más tarde de la hora anunciada, que había sido la de las tres, y la segunda, para explicar el hecho de que Loli fuera a la casa de Maximina.

A la primera, contestó Loli que:

-- La Virgen había querido mostrar de esa manera su disgusto, porque aquella misma noche unas señoras habían tomado a broma las apariciones.

Habían preguntado a la niña si la Virgen se pintaba las uñas, si se arreglaba el pelo, si traía reloj de pulsera...

A la segunda pregunta, nadie supo responder satisfactoriamente; Ceferino sólo supo decir que su hija, efectivamente, y sin saber por qué, inmediatamente de quedar en éxtasis, como a las cuatro menos cuarto de la madrugada, había arrancado corriendo hacia la casa de Maximina.

Entonces me di cuenta que la Virgen se había dignado escuchar mi petición, dándome la "prueba" que yo le había pedido.

El señor cura, don Valentín, nos había dado permiso a don Luis López Retenaga, a otro sacerdote vasco y a mí, para celebrar misa en la iglesia, pero con una condición: que fuese a puertas cerradas.

Yo celebré después del P. Retenaga y estaba ayudando al sacerdote que celebraba en tercer lugar, cuando se me ocurrió pedir a la Virgen la gracia de que Conchita comulgara aquel día; si no podía ir a la iglesia para comulgar de nuestra mano, que le diera la comunión el ángel.

Las niñas tenían siempre verdaderos deseos de comulgar y no siempre lo lograban, debido a sus ocupaciones. Mi petición iba dirigida a tener una prueba más de la verdad de aquellos hechos.

Llegué en el momento en que su madre preparaba, sobre un borrico, los cuévanos en que Conchita debía llevar la comida a sus hermanos, que estaban en el invernal. Pregunté por Conchita, y quedé de una pieza cuando Aniceta me espetó desabridamente:

-- Ustedes, los sacerdotes, me están echando a perder la niña. Hace "cuánto" que está en los Pinos con unos sacerdotes, acabo de verles asomarse allá arriba, y "cuánto" que ella debía estar ya en camino con la comida para sus hermanos, que buenas ganas tendrán.

-- Es que yo venía corriendo para decirle a Conchita que si quería comulgar, ahora lo podía hacer, pues estamos tres en la iglesia.

Dice Aniceta, su madre:

-- ¡Comulgar, comulgar!. Primero es la obligación que la devoción. Así que nada. Ya debería estar ella con la comida en el invernal.

 

Cuando la apertura del Concilio:

Dice Don José Ramón:

La noche del 10 al 11 de Octubre de 1962, la pasé totalmente en vela en la cocina de Conchita. Ese día 10 había aparecido en la prensa la nota oficial del señor obispo, que tenía fecha del 7, fiesta de la Virgen del Rosario.

Yo había acudido esta vez a Garabandal con el embajador de España en Arabia Saudí, don Alberto Mestas.

Esta noche, los que esperábamos en la cocina de la casa, por entretener la larga vela, nos pusimos a jugar a preguntas de cultura con Conchita. En un momento dado, ella dijo:

-- A ver quién acierta cuándo va a venir la Virgen.

Todos fueron dando su hora; también Conchita dio la suya; yo dije que sería a las ocho de la mañana, porque a esa hora comenzaría el Concilio.

Las horas de todos fueron quedando atrás, también la de Conchita; y todos fueron cediendo al sueño, algunos incluso se fueron a dormir. Yo me comprometí a seguir despierto, con intención de avisar a los demás, cuando el éxtasis de la niña se produjese. La verdad es que esa noche a mí no me llegaba el sueño.

Funcionaba el transistor de Conchita, y cuando empezaba a retransmitir la solemne ceremonia de la inauguración del Concilio, con la procesión de los Padres conciliares, me di cuenta de que la niña acababa de entrar en éxtasis: el trance, según mis previsiones, había coincidido exactamente con la hora del Concilio.

Pero no fue únicamente este magno acontecimiento el que estuvo presente en aquellos minutos de comunicación con el Cielo. Al acabarse los mismos, se le preguntó a la vidente si ella había preguntado algo a la Virgen, y dijo que sí, que le había preguntado por qué el señor Obispo había dado aquella nota que venía el día antes en el periódico.

-- ¿Y qué contestó la Virgen?.

-- La Virgen no contestó; se limitó a sonreír.

 

Del Milagro:

Escribe Loli a Don José Ramón:

San Sebastián, a 8 de octubre de 1962.

Nos ha dicho la Virgen que va a hacer un Milagro.

Con todo cariño de María Dolores Mazón.

En el diario de Conchita:

La Santísima Virgen me ha anunciado un gran milagro, que Dios nuestro Señor va a hacer por intercesión de Ella.

Como el castigo es muy grande, como lo merecemos, el milagro también es inmensamente grande, como el mundo lo necesita

 

Los tres Papas:

El eminente profesor de la Universidad Pontificia de Comillas, P. Lucio Rodrigo, que falleció el 30 de marzo de 1973, en su lecho de muerte declaró haber recibido del Cielo una prueba inequívoca de la "verdad" de Garabandal.

Conchita y su madre, durante algún tiempo, iban regularmente a la Universidad Pontificia de Comillas para confesarse con dicho Padre.

El P. Rodrigo escribía al P. Andreu el 13 de noviembre de 1965:

El jueves, hace quince días, el señor cura de Barro me trajo a Aniceta y Conchita. A solas yo con Conchita, ella me confirmó que la Virgen le dijo a la muerte de Juan XXIII, que sólo faltaban tres Papas para el "fin de los tiempos".

En esta misma carta hay otra cosa interesante:

Me dijo también Conchita: como se hablaba de los viajes a los espacios, yo le pregunté a la Virgen si había por allí habitantes, y Ella me contestó: "Sí"; pero no añadió más.

Sobre los Papas, Conchita dijo:

Sí, Padre, es verdad. Me lo dijo la Virgen, que después de Juan XXIII ya sólo quedaban tres Papas, y éste, estaba ya Pablo VI, es el primero de los tres.