Nuestra señora da una prueba - Por Joseph A. Pelletier, A.A.

21.09.2011 10:57

 Nuestra señora da una prueba


(A una bailarina de Folies Bergères)
Por Joseph A. Pelletier, A.A.

La historia de la prueba dada por Nuestra Señora en Garabandal a una bailarina de Folies Bergères es uno de los muchos episodios de esta especie que ocurrieron durante el período de las apariciones. Éste en particular tiene para mí un valor especial, por haberme sido relatado por un amigo, el Dr. Ricardo Puncernau, quien lo presenció y tuvo alguna parte en él. Durante el verano de 1968, cuando yo pugnaba por llegar a una opinión definitiva sobre Garabandal, gocé de muchas veladas fructíferas conversando con el doctor en su casa en Barcelona. Tenía una mina de información sobre las apariciones y estaba particularmente al tanto de lo tratado por la Comisión de Investigación de Santander. En 1970 pasé otra tarde con él en Barcelona. Esta vez yo venía con Joey Lomangino y un grupo de participantes en nuestros viajes de verano a Europa.

El Dr. Puncernau es uno de los testigos importantes de Garabandal. Atravesó España varias veces desde Barcelona cuando ocurrían las apariciones y presenció unas quince o veinte de ellas. Neurólogo altamente calificado, profesor asistente de la Escuela de Medicina de Barcelona, examinó a las niñas muy seriamente y las encontró normales y en buena salud desde todo punto de vista. Pronunció unas noventa conferencias sobre Garabandal, muchas de ellas ante auditorios médicos de inclinaciones religiosas abigarradas, y es indudablemente uno de los principales expertos médicos y psicológicos en materia de Garabandal.

En diciembre de 1974, el doctor redactó un informe muy personal sobre hechos ocurridos en Garabandal durante sus visitas, que nunca había mencionado antes. Cosas “vistas a través del prisma de un médico cristiano”, que en su opinión debían ser dichas. Le agradecemos habernos hecho partícipes de esta información, auténtica y de primera mano como es. No hay nada sensacional en el informe del doctor. Básicamente presenció el mismo tipo de cosas que vieron otros, cuando vinieron al pueblo. El mérito real de su documento estriba en su gran valor confirmatorio, viniendo de un hombre de entera honestidad y cuyas calificaciones y especialidad médicas lo autorizan como observador crítico y objetivo.

El incidente de la bailarina de Folies Bergères se produjo durante la primera visita del Dr. Puncernau a Garabandal y durante el primer días de su estadía allí. Él había venido con su esposa Julia y una hija, la joven Margarita. Habían viajado con otra testigo importante de las apariciones, Mercedes Salisachs, en el automóvil de ésta. Se alojaron en una de las casas en el linde del pueblo y luego se fueron a pie a la plaza frente al restaurante y tienda propiedad de Ceferino, el padre de Mari Loli, una de las videntes. Ceferino estaba en medio de la plaza, conversando con amigos. De pronto vino la noticia que Conchita había caído en éxtasis, y luego también Jacinta y Mari Loli, y finalmente Mari Cruz.

Como solía suceder en el pueblo, aunque las niñas no caían en éxtasis simultáneamente, Nuestra Señora al fin las agrupaba y luego andaban lado a lado a través del pueblo, rezando el rosario, y los presentes en pos de ellas, dando las respuestas.
El doctor Puncernau las observó un momento y luego entró al restaurante de Ceferino para comprar una coca-cola. Allí encontró una joven con la que trabó conversación y descubrió que era uruguaya pero que trabajaba en Folies Bergères en París. También se enteró de que ella no sólo no creía en apariciones, sino que no creía en nada y sólo había venido a Garabandal por pura curiosidad.

El doctor propuso salir a ver qué pasaba con las niñas y salieron del establecimiento de Ceferino. Disimulados en la sombra de una casa, observaron a alguna distancia cómo las videntes en éxtasis iban, rezando el rosario, hacia la iglesia del pueblo, llamada San Sebastián. Mientras las miraban, notaron que Conchita, siempre en éxtasis y teniendo en la mano un pequeño crucifijo, se alejaba de sus amigas y venía hacia ellos, andando ya normalmente, aunque con celeridad desusada.

El doctor se dijo: ”Esta joven se ha enterado de que soy médico y ahora viene para tratar de impresionarme.” Pero también se preguntó cómo Conchita podría haberlos visto en la sombra de la casa.

Pronto descubrió su error. Conchita vino directamente hacia la uruguaya y le plantó con fuerza el crucifijo en los labios para que lo besara, una y otra y otra vez. Cumplida su misión, Conchita, todavía en éxtasis, se fue a reunir con sus amigas y a reanudar el rosario con ellas.

La bailarina de Folies Bergères quedó llorando profusamente, a grandes sollozos. Parecía inconsolable. El doctor temió que tuviese algún ataque y la llevó a uno de los bancos adosados al establecimiento de Ceferino. Varios espectadores se agruparon en derredor mientras el doctor se esforzaba en calmarla.

Al fin pudo hablar y explicó lo que la había conturbado tanto. Al igual de muchos otros, ella ansiaba recibir una prueba personal de la realidad de las apariciones. Había pensado “Si es verdad que la bendita Virgen aparece, que venga una de las chicas a darme una prueba de ello.”

No pensaba ya en eso cuando vio a Conchita venir resueltamente hacia ella y darle el crucifijo a besar. “Pero”, dijo, “Yo no lo quería besar y traté de retener su mano, pero con mucha fuerza ella lo apretó contra mis labios y no pude sino besarlo una, y dos y tres veces – yo, la incrédula, la atea que no creía en nada. Esto me ha conmovido extraordinariamente.”

La historia terminó felizmente algún tiempo después. El doctor y la bailarina mantuvieron contacto epistolar y un día él se enteró de que ella había dejado Folies Bergères y había vuelto a su familia en el Uruguay.