Madre de dios y madre nuestra Historias bellísimas de las apariciones

17.09.2011 18:11

 Madre de dios y madre nuestra

Historias bellísimas de las apariciones

 


 

Primero ayudar a los enfermos

 

 

El lunes 19, el día siguiente de la primera Aparición del Angel, casi nadie creía a las niñas, pero todos lo meditaban. Estaba enferma una hermana de María y todos a ayudarla. Sin embargo todo era hablar de que las niñas algo vieron.

Dice Aniceta, madre de Conchita:

El lunes estábamos ayudando a una señora. Aquí, siempre, cuando hay una señora que no puede o que ha dado a luz o que está un poco enferma, tenemos costumbre de ir a ayudarle todas.

Precisamente estábamos sallando una tierra de maíz, de panojas, que era de esa muchacha hermana de María. Estábamos allí como unas 14 o 15 señoras y jóvenes, todas juntas.

Y decían:

-- Desde luego, algo pasó, tenían una cara que daba pena verlas, de pálidas que se quedaron.

Y yo callar; yo lo que quería es que no se supiera nada, nada. Tenía una cosa dentro, pero no quería que nadie supiera esa cosa. Al venir de la aparición se tropezaron con la maestra y fueron a la iglesia a rezar una estación y luego fueron por el baile a donde estaban las otras. Yo no lo vi, pero lo contó Conchita. Conchita vino a casa con miedo de que la regañara.

Entonces yo les dije a esas señoras:

-- No seréis vosotras tan niñas como ellas. Ya sabéis que las niñas, a veces, van corriendo por ahí y dicen: ¡Ay, hemos visto un "tiu"!. Eso es lo que ha pasado, y no es otra cosa. Vosotras creéis eso y eso no se debe de creer.

Yo tenía una cosa aquí dentro que no sabía lo que me pasaba; pero no quería que lo supieran. Todavía tardé unos días en ir a verlo; me daba vergüenza.

 

Decía Pilar, madre de Mari Cruz:

Iba yo pensando por el camino:

-- ¿Será posible que esta criatura ande haciendo el ridículo con los ángeles y las cosas de la Iglesia?.

En esto que me encuentro a Mari Cruz, ahí mismo, donde casa de Sinda. Yo bajaba enfadada, y le digo:

-- Oye Mari Cruz, ¿qué andas diciendo por ahí?.

-- Nada.

-- ¿Cómo que nada?. Que me han dicho en el lavadero que has visto a un Angel. Ya tienes años para decir esas cosas.

En esto, que está allí Jacinta y contesta:

-- Pues sí, le vimos.

-- ¡Alabado sea Dios!, ¿también tú eres del lío ese?. ¡Qué vergüenza, María Santísima!. ¡Unas crionas, a la edad que tienen!.

 

Junio, el mes del Sagrado Corazón de Jesús

 

 

Dice Aniceta:

En el mes de junio estaba más atareada con la hierba, con la tierra de sallar y ya no podía ir a la iglesia.

Era el Corazón de Jesús y le rezaba en casa. Según iba haciendo la cena, estaba así de rodillas con el libro ese que se pasaba de casa en casa un día al mes. Ese día, en el libro, había un imagen del Niño Jesús. Estaba Conchita arrimada a mí y, al yo darle vuelta a la hoja, dice:

-- ¡Ay mamá!. Igual que esa estampuca que tú tienes ahí, es el niño Jesús; es el que vemos.

Yo, sin darle color a las cosas, sencillamente le dije:

-- Pues esto es una miniatura, ¡es chiquitísimo!.

-- Ah sí, es un poco mayor, pero es de ese color.

El niño sobre la imagen era un angelucu muy mono. El libro ese lo tropecé yo al otro día, pero ya la imagen no estaba allí.

 

Era la Virgen quien se aparecía.

Dice Aniceta:

Yo vi todos los éxtasis de Conchita a los que pude ir, todos, aparte de uno o dos, de tantísimos que vimos. No me quedaba por nada. Como yo pensaba que era la Virgen, yo decía:

-- Ella también ha seguido la Pasión, yo también sigo por aquí a mi hija por donde la Virgen la lleva; ¿por qué no?, que esto no me cuesta nada.

 


Conchita, en éxtasis, seguida
de su madre y vecinas del pueblo

 

Conchita más bien tenía las llamadas en casa y tenía los éxtasis en casa y después salíamos a los Pinos, al cementerio, a las calles por el pueblo, a la iglesia. Con frecuencia salía sobre las 2, 3, 4 y 5 de la mañana. Después del mensaje, Conchita no tenía más que cuatro apariciones a la semana, una a cuatro por semana.

En éxtasis, se le ponía una cara guapísima. Andaba sin cansancio ninguno, sin agotamiento ninguno y salía muy contenta del éxtasis. Cuando esas carreras tan grandes, los chicos y los míos, que eran fuertes, venían a casa chorreando agua como si se hubiesen metido en una piscina, de sudor, y ella estaba fresca, normal; tenía el pulso normal y todo.

 

Esperar a la Virgen levantadas.

 

Dice María José Álvarez:

Después de recorrer de puerta en puerta las casas de las que iban a tener aparición, nos sentamos en un banco que había delante de la ventana de la casa de Conchita. La cocina estaba llena y la puerta abierta. Se rezaba el rosario y nosotras contestábamos desde fuera. A las seis de la mañana la gente de dentro de la cocina decidió salir para que nosotros entrásemos por si teníamos frío.

Conchita y su madre estaban sentadas a ambos lados del fogón. Aniceta estaba más despierta y yo le dije:

-- ¿Por qué, sabiendo que la Virgen no viene hasta mas tarde, no se acuestan?.

Aniceta me contestó:

-- Sabiendo que la Santísima Virgen viene, lo menos que podemos hacer es esperarla levantadas.

Gran razón.

Al entrar en la cocina yo me puse al lado de Conchita y le pregunté cómo era eso de las llamadas y me dijo que en la primera llamada sentía dentro como una gran alegría y que de la primera a la segunda había un espacio largo de tiempo. La segunda llamada era una alegría mayor y la tercera llamada era salir corriendo a donde la Virgen la llevase. El tiempo entre la segunda llamada y la tercera era más corto.

Estando hablando conmigo cayó fulminada de rodillas y sonó un golpe como si se hubiera roto las dos rodillas, tal fue el ruido que se produjo. Yo pensé que, si hubiera caído sobre mis pies, hubiesen roto.

Lo sucedido fue a las siete de la mañana. Conchita se levantó y se dirigió hacia la ventana. Allí dio el crucifijo a besar a Plácido Ruiloba de Santander y a otro señor que me parece recordar que era un Sacerdote.

Después Conchita se fue a la Calleja y rezamos con ella, en éxtasis, un precioso Rosario que nunca olvidaré.

 

La Virgen quería que llevase el hábito

 

 

Un dominico "disfrazado", casi parecía un bandolero.

Dice Aniceta:

Llegó aquí un joven con una señorita, unos novios. Este chico iba de tal forma que me parecía un bandolero. Yo creía que eran, pues eso, dos jóvenes novios. Llovía muchísimo, estaba lleno de gente aquí. Conchita, en éxtasis, entra en la casa. Estaba ahí mi hermana, entre muchísima gente. Y le dice a mi hermana el señor ése:

-- Déle esta Cruz a la niña.

Y dice mi hermana:

-- ¿Para qué se la voy a dar si no cogen nada?. En éxtasis no coge nada.

-- Pues désela usted a su madre, para que su madre se la dé.

Viene mi hermana y me dice:

-- Toma, dice ese señor que le des esto a Conchita.

-- ¿Para qué se la voy a dar si no la coge?.

Entonces me vino una idea. Era una cruz colgada de un cordón; me vino la idea de colgarla a Conchita en los dedos, ya que Conchita tenía las manos juntas. Conchita insistía con la Visión:

-- Que no traigo nada. Que no traigo nada...

Esto se lo oía bien, aunque lo decía bajo; yo estaba muy cerca de ella.

-- Pues cógelo, si traigo algo.

En esto, Conchita dio un paso para adelante, tiró las manos abajo y, al tirar las manos, cayó la cruz, y, al dar el paso, pisaba la cruz.

-- ¡Ah!, ¿que la piso?.

Baja y coge la cruz, en éxtasis, se la dio a besar a la aparición, se vuelve para el señor ése, le persignó con la cruz y se la dio a besar. Y vuelve otra vez a dar la cruz a besar a la Visión, y dice:

-- Con un hábito tan bonito que es el de los dominicos, ¡qué pena que vengan así!.

Entonces, vuelve al señor, le quita las gafas y se las coloca en las manos; el señor tenía miedo y le digo yo:

-- No tenga miedo de que se las rompa.

Le persignó, le dio a besar la cruz y luego se la colocó al cuello; y, al colocársela al cuello, en vez de poner la imagen para fuera la puso para dentro.

-- ¡Ah!, ¿que la puse al revés?.

Le quita otra vez el cordón, le da la vuelta y se lo volvió a colocar. Luego le abre la mano, le coge las gafas y se las pone. Y volvió a decir:

-- ¡Qué pena que vengan así, de esta manera!.

Era un padre dominico que venía fingiendo, vestido de paisano, con una señorita que era su hermana y venían como dos novios, pero eran un hermano y una hermana.

 

El Ángel besa el Escapulario.

Después que Conchita Comulgó en los Pinos, San Miguel Arcángel besa el escapulario de los tres hermanos de San Juan de Dios.

 


Los tres Hermanos de San Juan de Dios,
 Juan, Luis y Miguel, con María Cruz y Jacinta.

 

Dice el Hermano Luis:

La niña levantó mi escapulario como si fuera un cáliz, con una devoción extraordinaria lo elevó a cierta altura, unos segundos en el aire, lo dejó caer suavemente, musitó unas palabras y se acercó a otro compañero.

 

La niña siempre sin mirar a la persona sino a una  imagen invisible, se acercó de rodillas lo mismo al otro compañero, hizo el mismo ademán, habló unas palabras, dejó el escapulario y volvió al otro compañero.

Pero el tercer compañero, mas frío, hizo un lío con los tres escapularios del hábito para ver si la niña presentaba el mismo escapulario dos veces. Sin mirar mas que a la imagen que ella veía en el cielo, dejó el Escapulario besado, uno y otro y se quedó con el Escapulario que no había presentado. Hizo el mismo ademán, después de unos instantes la niña siguió extasiada, se hizo la señal de la cruz como yo nunca lo he visto, estuvo unos instantes mas y en esto el éxtasis había pasado.

Después del éxtasis, preguntamos a Conchita y le dijimos:

-- ¿Ya has comulgado?.

-- Sí, ya he comulgado.

-- ¿Por qué cogiste los Escapularios y por qué los elevabas al Cielo?

-- Me los pidió el Angel para besarlos.

La importancia del hábito y el Escapulario queda así especialmente subrayado cuando es el mismo San Miguel quien lo besa y la Santísima Virgen lo traía en su brazo derecho.

La importancia de la Eucaristía es uno de los hechos mas destacados en la historia de las Apariciones. El Ángel venía a dar la Comunión a las niñas cuando no había sacerdotes en el pueblo que lo hiciesen en la Iglesia.

 

Las niñas se alegraban cuando venían sacerdotes

 

 

Dice D. Valentín el párroco.

Cuando llegué a San Sebastián acompañado de Don Gilberto y Don Liborio y un estudiante de Comillas, nos encontramos con las niñas acompañadas de otras cerca del pueblo, ví a las niñas muy contentas; había mucha gente; los sacerdotes les hicieron muchas preguntas.

A las 8 y media llegaron las niñas al sitio de costumbre y después de hacer la señal de la Cruz las ví en éxtasis, pero esta vez muy contentas, las ví sonreir a todas, decir con la mano adiós varias veces, se les veía mover los labios como si estuvieran hablando y para besar, duró 10 minutos, después las llevamos a la Iglesia, yo les pregunté una por una.

Después mandé a los sacerdotes y a los padres que pasasen a la sacristía y coincidían en lo mismo con ellos. Supongo que habría cerca de mil personas, me dijeron les había besado en la frente, en las mejillas y ellas le habían besado a El.

Cuando venía la llamada nada podía parar a las niñas.

Dice D. Valentín:

Estábamos tres sacerdotes en la casa de Conchita, Don Pedro, el Cura de Guarnizo y yo entreteniéndolas con idea de que no se pusieran de acuerdo, pero, cuando llegó la hora de las 9 se nos escaparon y los sacerdotes salieron corriendo detrás llegando al sitio de costumbre y quedando como siempre.

Lo que sucedió fue que las niñas habían recibido a la vez la tercera llamada de la Virgen que las llevaba velozmente al lugar de la Aparición.

 

Estamos en la gloria, no pensamos ni en comer.

Margarita escribe a su madre, Avelina, que estaba en Asturias cuando comenzaron las Apariciones:

-- Bueno, aquí estamos en la gloria, no pensamos ni en comer ni en dormir. Yo me estoy con la chiquitina mayor.

Allí estaban en la calleja sin acordarse de ir a cenar ni de dormir ni de ninguna cosa.

-- Y aquí lo pasamos en la gloria, no nos acordamos de nadie.

¡Ay Dios mío!, dice Avelina, yo estaba que no dormía. Pensando en irme ya de Asturias, venir al pueblo y que no dormía.

-- Cuando vaya os contaré muchas cosas que en la carta es imposible. De Asturias ha venido casi un pueblo entero. Ha venido muchísima gente pero de Asturias ha sido lo que más. De Santander también pero menos gente viene. No puedo deciros más por carta, esto es una preciosidad. No puede ser ponerlo por escrito. Y hablao tampoco podrá ser que será mejor verlo que decirlo. Son cosas de Dios y de la Virgen y por eso es todo tan precioso.

 

 

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¡Ay señora!, ¡es tanta verdad!.

Dice Avelina:

Bajaba yo de la hierba de un prado que Tina tiene muy cerca de los pinos y me encontré con tres señores. Me dicen,

-- Buenos días señora.

-- Buenos días.

-- Usted, ¿es de aquí?.

-- Si, de aquí soy.

--¿Qué, esto es cuento no?.

Dijo un señor ya muy mayor, el pelo blanco como el mío. Y dice:

-- Yo vengo por venir, que esto no debe ser cierto.

-- Bueno, ¿Usted no ha visto ningún éxtasis, verdad?.

-- Ah, no señora, que acabo de llegar.

-- Entonces ya me lo dirá después.

Después que vea alguno ya me dirá si es cuento o realidad. Quisiera volver a verle a usted. Pues ¿cómo, siendo usted tan mayor, se le ocurrió venir a este pueblo si era un cuento?.

-- Porque me dio gana de venir.

-- Pues algo lo llamó aquí, sino no venía.

A la tarde hubo Aparición y dejábamos todo abandonado, hierba y todo. Cuando había Apariciones no nos ocupábamos nada mas que de ir a ver las niñas.

Fueron las Apariciones en la Iglesia y llegamos a la Iglesia y yo me subí al coro para verlo mejor allí y mas tranquila. Estaban las niñas dando la Cruz a besar y yo me estaba fijando en el señor, en el viejo ese.

Entonces le dan la Cruz a besar y veo que el señor si no se sienta se cae, de la emoción que sintió. Estaba sentado así, con las manos teniendo por la cabeza. Dije yo, algo le pasó a ese señor. Cuando todo terminó, bajo del coro y salgo detrás del señor y le doy en el hombro. Y le digo:

-- Y ahora ¿qué me dice?.

No era de hablarme de la emoción.

-- Ay señora, ay señora.

Que no era posible de poderme hablar. Estuvo así un rato sin poder decirme lo que le había pasado.

-- Ay señora, ¡es tanta verdad!, como usted me decía que tenía que verlo, esto sí que es verdad. Que sí, es cierto que está aquí la Virgen. A mi nunca me pasó una cosa como esta de sentirlo así.

Sucedía así muchas veces, los que venían con sinceridad de saber la verdad, recibían una gracia grandísima y creían. Luego supimos que era un Sacerdote, se lo dijo la Virgen a Conchita.

 

No dejan una noche sin ir a rezar el Rosario

 

 

Don Valentín decía que Garabandal, antes de las apariciones, era el pueblo más religioso y más caritativo de la provincia. En Cabuérniga, vino un día el Obispo y decía en el sermón.

-- Cabuérnigos. ¿Dais palabra de ser como en San Sebastián de Garabandal, que no dejan una noche que no van al rosario?.

 


Conchita y Loli, en éxtasis, dan primero
a besar el Crucifijo a la Virgen

 

Reina y Señora de todo lo creado

 

 

Desde los días del santo Obispo de Santander, don José Eguino Trecu, que murió en olor de santidad en 1961, poco antes de las apariciones, se había establecido en las iglesias de la diócesis la práctica de concluir el rosario con la invocación: «Nuestra Señora Bien Aparecida, Reina y Madre de la Montaña, ruega por nosotros», repetida tres veces y seguida cada vez de una Avemaría.

A don José Eguino Trecu se debió que la Virgen, con este título de "Bien Aparecida", fuese proclamada Patrona de toda la provincia de Santander, Comunidad de Cantabria, donde abundan los santuarios marianos; el Santuario de la Bien Aparecida está en un hermoso lugar sobre el curso del río Asón, con vistas a Udalla y Ampuero, y lo atiende una comunidad de PP. Trinitarios; la imagen fue llevada a la capital de la Montaña en los últimos años de monseñor Eguino Trecu para su Coronación canónica solemne.

Don José Eguino Trecu, Obispo de Santander, que murió en olor de santidad poco antes de las Apariciones, dijo que el pueblo de San Sebastián de Garabandal era tan fiel en su vida religiosa y tan devoto de la Santísima Virgen María, que algo muy grande iba a suceder allí en el futuro.

Estas palabras de D. José Eguino Trecu se cumplieron. Durante las Apariciones, María fue Madre y Maestra pero también Dios hizo resaltar en Ella otros títulos de quien a su vez es "la humilde esclava del Señor".

En un éxtasis, a continuación del rosario, las niñas rezaron el credo; y, como de costumbre, siempre que lo rezan en éxtasis, añadieron a lo de Iglesia católica, lo de apostólica y romana. Asimismo, introducían una innovación en ciertas invocaciones finales: en vez de decir "Nuestra Señora Bien Aparecida, Reina y Patrona de la Montaña", decían "Reina y Señora de todo lo creado".

 

¡Los pájaros cantan de noche!

 

 

Una noche, los pájaros cantan hermosos trinos:

Cuenta la señora del Doctor Ortiz:

Al reunirnos con nuestro grupo, pudimos oír a unos muchachos que andaban por el puentezuco que había ante el pórtico:

 -- ¡Madre! ¡Madre!. ¿No han oído cantar a muchos pájaros?.

Y unas mujeres contestaban:

-- Sí, también nosotras lo hemos oído.

Yo pregunté a mi cuñada Maruja, quien me dijo:

-- Yo lo he oído también; me hacía el efecto de una pajarera con miles de pájaros cantando a la vez, ¡y maravillosamente!".

Es que Jacinta estaba en éxtasis y los pajarinos, a la luz de la Virgen, empezaron a cantar hermosos trinos.

-- ¿No os disteis cuenta que fue al marcharse la niña cuando todo cesó?.

-- Pues no, no se me ocurrió relacionar lo de los pájaros con la presencia de la niña en éxtasis.

-- Pues, para mí, es evidente que una cosa se debía a la otra.

En esto llegó Fernando, el que había ido a ver de cerca los éxtasis de otras niñas, y le preguntaron: "Cuenta, cuenta, ¿qué es lo que has visto?".

-- No sabría explicároslo. He visto unas caras tan transformadas y de dulzura tan sensacional.

-- ¿Y no has oído cantar a muchos pajarines?.

-- No, no he oído nada.

Los pajarinos solamente cantaban si la Virgen les hacía llegar su luz y su ternura, como Reina y Madre de todas las criaturas.

Fernando no lo oyó porque estaba en otro lugar mas alejado.

-- Pero, ¡bueno!, ¿qué tonterías preguntáis?. ¡Los pájaros nunca cantan de noche!.

Esta rotunda afirmación dejó a la señora de Ortiz, no muy familiarizada con la vida del campo, en el colmo del desconcierto. Si los pájaros nunca cantan de noche, ¿qué era aquello que ellas ciertísimamente habían oído?.

Cuando más tarde tuvieron ya suficiente confianza con las niñas y se enteraron de que había sido Jacinta la vidente que estuvo donde ellas aquella noche, le preguntaron sobre el canto de los pajarinos. La niña se limitó a sonreír y a decirles:

-- Mi abuela también decía que oía a las golondrinas.

También los pajarinos se sentían felices con la presencia de la Virgen y en su luz cantaban hermosos trinos.

 

Ay señora, ¡está mas fresca que usted y yo!.

Dice Avelina:

Había mucha gente junto a casa de Aniceta y estaban esperando la Aparición de Conchita y llego yo. Sale Conchita veloz que no era que corría sino que parecía que volaba. Me llega un señor que me dice:

-- Señora, ¿es usted de aquí?

-- Sí Señor.

-- A esta niña, cuando se le pase el éxtasis, estará agotada, cogerá una sudada.

-- Sudará el que va con ella, si, ese sudará bastante. Seguramente que la camisa se le podrá torcer, si son de seguirla, que yo no podré. Andaré todo lo que pueda pero seguirla no puedo. Pero le aseguro que ella está mas fresca que yo ahora.

-- ¡Qué dice usted señora, no puede ser eso!.

-- Bueno, si no puede ser usted lo verá. Si su madre le deja mire a ver cuando vuelva a su casa.

La gente que la había podido seguir, mas bien jóvenes, estaban cansadísimos, sudados.

Solía terminar el éxtasis donde había comenzado y, al volver a casa, el señor estaba emocionado al ver que seguía igual de fresca como si no hubiese salido de casa y me dice:

-- Ay señora , está mas fresca que usted y yo.

Decía la gente:

-- ¡Ay que corrida nos diste Conchita!.

Decía la niña:

-- Correr, si yo no me moví de aquí.

En éxtasis solo veían a la Aparición y lo que Ella les mostraba. Estaba en la cocina y allí tuvo el éxtasis y allí terminó, por lo que a Conchita le parecía que no se había movido.

-- Que no te moviste de aquí, con la corrida que nos diste.

Y talmente parecía que así fuera porque estaba fresca como si no se hubiese movido. Mucho mas que usted y yo y todos los que estábamos allí.

Unas niñinas como eran, nunca jamás les dio mal alguno durante los éxtasis. En aquella edad, si las dejasen tanto tiempo sin dormir, no podrían resistir, y sin embargo ya nevara, lloviese, lo que fuese, como si fuesen las dos de la mañana, si las llamaba la Virgen entonces iban y por la mañana estaban tan frescas como si hubiesen dormido toda la noche.

 

De nada me vale esconderme.

Dice María, madre de Jacinta:

Un día tenia un dolor de cabeza y se me llenaba la casa de gente.

Digo yo:

-- me voy a la otra casa.

Aquí dormían los muchachos, parte de ellos. Tenía aquí una habitación y entonces digo: me voy allí. Era una casa vieja. Entonces me vine ahí y Jacinta estaba cenando. Jacinta no salió de casa que no tenía Aparición.

Yo me vine después de cenar a esta otra casa y cuando mas tranquila estaba dan en picar a la puerta. Y eran Conchita, Loli, Don José Ramón, el cura de Barro, y un tropel de gente. Abro la puerta, entran, se me afincan al par de la cama, me hacen una Cruz en la almohada y yo no pude volver a dormir.

Me dije:

-- es inútil esconderme que dondequiera me encuentran.

 

 

 

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La Virgen espera a que Miguel bese el Crucifijo

 


La familia de Jacinta: Jacinta y sus padres Simón y María, en el centro. Mari Carmen, la que fue "niña pequeña testigo", está a su lado, Miguel Angel, tiene un año mas que Jacinta.

 

Dice Miguel Angel, hermano de Jacinta:

Un día yo estaba en la cama, en un cuarto oscuro porque no había luz. Las tres estaban en éxtasis e iban a darme el Crucifijo a besar. Yo no lo quería besar. Yo estaba despierto y no lo quería besar. Igual se tiraron allí un cuarto de hora. Estábamos a oscuras y me lo ponían sobre la boca.

Ellas no sabían si yo lo besaba o no. Ellas me lo pegaba en los labios; pero yo no le besaba. Ellas no veían y, en el momento que lo besé, ellas se marcharon.

 

Yo oí lo de las negaciones.

Dice Miguel Angel:

También, en otra ocasión, yo oí lo de las negaciones.

Me habían dicho ellas que tenia que llegar el día en que lo iban a negar. Y entonces le decían ellas a la Virgen:

-- ¿Cómo vamos a negar que te hemos visto si te estamos viendo ahora?; ¿Cómo será posible que lleguemos a negarlo?.

Eso, yo lo oí.

 

Nunca se olvidaban de los Difuntos

 

 

Dice Miguel Angel:

Una noche iba con Jacinta y Loli, que tenían costumbre de ir al cementerio. Iba con tanto miedo que las dejé solas. Se marcharon para el cementerio. Me quedé viendo por donde iban. Yo tenía un año más que ellas y no me atrevía a ir. Entonces llegaron ellas solas; luego vino más gente y entonces fuimos allá con ellas.

Ellas no tenían miedo de ir al cementerio, no, nada. Allí metían la mano por la verja de la puerta, que es de hierro. Entre las barras de hierro, metían el brazo entero, con el Crucifijo en la mano, y lo daban a besar a unas cuarenta o cien personas, para arriba, para abajo, como si tuviesen alturas diferentes, daban a besar el Crucifijo a un gran número de personas difuntas.

Muchas veces las niñas en éxtasis tenían costumbre de ir a llevar el Crucifijo a las personas enfermas y ancianos. Algunas veces a uno que era muy anciano o que estaba ya para morir o que estaba muy enfermo, iban allá por la noche y rezaban dos o tres rosarios con él.

 

¡A cada una puso su rosario!.

 

Dice Piedad:

Un día vinieron a mi casa treinta señoras de Segovia. Traían un kilo de rosarios, todos mezclados en una bolsa. ¡Un kilo!. No eran capaces de desenredarlos. Dije yo:

-- Déselos esta noche a Loli; ya verán.

Loli, en éxtasis, lo desenredó todo con facilidad, sin mirar; se los dio a besar a la Virgen y luego ¡a cada una puso su rosario!. Esto lo ví yo, en su casa, en la taberna, en la otra casa que tenían antes. Y una de las señoras se emocionó tanto que lloró a lágrima viva y se tuvo que salir. Hoy es monja.

 

¡Subió por la pared hasta las colmenas!

Dice Jesús, hijo de Piedad:

Una noche, estando aquí cenando, me dije:

-- Esta noche voy a hacer una prueba. Si me resulta lo que pienso, lo creo.

En casa de Conchita, en el huerto, hay unas colmenas. Aquellos huertos ya están un poco arreglados; entonces había más maleza.

Pensé:

-- Esta noche me voy a esconder entre las colmenas y, si es verdad que es la Virgen, ha de subir allí la muchacha donde yo esté.

 Salió Conchita en éxtasis de casa y estaba la gente amontonada allí, delante de la casa, e hizo fila. Conchita subió por la pared hasta las colmenas, al rincón donde estaba yo; ella no me podía ver ni podía saber que estaba allí porque miraba a lo alto. ¿Quién se lo dijo?. Fue la Virgen que la llevó allá para que yo creyese. Desde entonces creo firmemente.

 

¡Una granizada terrible!

Dice Piedad:

Una noche tronaba muchísimo. También nevaba. Me asomo a la ventana a ver lo que pasaba y veo venir por allá a Aniceta con Conchita en éxtasis.

Dije:

-- Pues no voy a dejar a Aniceta sola y que haga este sacrificio. Yo voy a acompañar a la Virgen.

Granizaba; Conchita andaba con los brazos extendidos y la cabeza para arriba y llevaba una Cruz en la mano. Le daban los granizos en la cara. Yo lloraba al ver a la cría. Entonces yo cogí una manta, me echo la manta encima y bajé.

Era como a eso de las once o las doce de la noche. No había nadie más que su madre con ella. Fuimos hasta la iglesia, por donde vive Pepe; fuimos al cuadro.

Vino una granizada terrible, y venga los granizos dándole a Conchita en los ojos y la cara. Yo me estremecía, y ella nada, natural. Después se metió en casa y me dijo su madre:

-- Si quieres entrar, hija mía, entra.

Digo yo:

-- ¡Ay!, ya me voy; es que me dio muchísima lástima de que fueses sola y además quería acompañar a la Virgen y a tu hija.

Y me vine para casa.

 

Se trasformó de manera inexplicable

 

La entrada en éxtasis de María Dolores.

Dice Maria Josefa Lueje:

De repente Loli saltó desde donde estaba, una altura de casi un metro, y al caer de rodillas sonaron las piernas como si se las hubiese roto.

El golpe fue muy fuerte. En este momento asistí a algo que creo no vuelva a ver en este mundo. La cara de la niña, ya en éxtasis, se trasformó de manera inexplicable.

De regordeta y colorada, como suelen ser los niños de aldea que se crían y crecen en ambientes sanos, se afinó y embelleció de forma que resulta difícil de decir. Era como si en pocos minutos hubiese adelgazado, afinado y empalidecido. Su voz se volvió dulcísima e impresionaba.

Serían las tres de la madrugada y hacía muchísimo frío. Sin embargo salió a recorrer el pueblo con la cabeza vuelta hacia arriba, casi pegada a la espalda. Iba muy de prisa y no tropezaba con nada, sin que nadie la ayudase o guiase.

Subió unas escaleras de piedra, sin barandilla, en una casa donde había un enfermo en coma desde hacía varios días. Nosotros quedamos afuera, pero un hijo del enfermo nos aseguró que, al entrar la niña, había recobrado el conocimiento al ponerle el Crucifijo sobre el pecho y después curó. Loli bajó las escaleras de forma escalofriante, por la velocidad y sin ver donde ponía los pies. A continuación nos llevó al pórtico de la Iglesia.

Rezamos un Rosario inolvidable. Nunca ví a persona humana que lo hiciese con aquella devoción. Aquella voz, creo no la olvidaré mientras viva.Apetecía quedarse allí para siempre.

Al terminar de rezar, volvimos a la tienda de Ceferino y, caída de rodillas, Loli empezó a dar a besar los objetos a la Virgen.

Quedamos impresionadísimos al ver que no se equivocaba nunca al entregarlos, sin tener ella la menor idea de quienes eran sus dueños ya que los recogimos antes de entrar en Garabandal.

En algún momento la niña dudaba y daba la impresión de que la Visión le decía a quién correspondía. Esto ocurrió con las medallas de las dos hermanas; puso la suya a la soltera, luego abrió la cadena de la casada, se la puso también y luego se dirigió resueltamente al marido, al que le entregó crucifijo y alianza. Puedo asegurar que Loli ignoraba el parentesco de ambos.

 

Las niñas querían vestir como Ella

 

 

Dice Manolo Lantero:

En una ocasión Loli, en éxtasis, estaba hablando con la Virgen y "literalmente" le decía :

-- Como Tú quisiera llevalas yo, sobre tó pa venir a vete a Tí.

Parece ser que la Virgen algo le decía sobre las faldas y la niña, al contemplar a la Virgen con su vestido hasta los tobillos, le decía que quisiera vestir como Ella, sobre todo para venir a verla.

Entonces las niñas fueron a su casa y vinieron todas con unas faldas de la abuela o de la tía hasta los calcaños. Era de lo mas gracioso aquello.

De esta frase que yo oí decir a la niña, tomó nota don Valentín, el párroco, que se me acercó y me preguntó: ¿qué dicen? y le dije: pues mire, Loli acaba de decir exactamente esto y él tomó nota, en un cuadernito, de la frase de la niña. Me acuerdo perfectamente de la frase y además con la misma expresión de ella:

-- Como Tú quisiera lleva(r)las yo, sobre tó(do) pa(ra) venir a ve(r)te a Tí.

 

¡Lloré emocionado y pedí a Dios perdón!

 

 

El Doctor José de la Vega pide a Dios una prueba para creer

Dice D. José:

 

Medio pueblo y todos los forasteros, incluidos los niños, la seguíamos alucinados. Acabábamos de verla en su modesta cocina campesina, en donde charlaba con nosotros medio dormida, por la hora, las cuatro de la mañana, entrar bruscamente en éxtasis cayendo de rodillas sin quemarse, sobre las calientes piedras del hogar encendido.

Como transportada por ángeles, se levantó y empezó a recorrer el pueblo. Íbamos en pos de ella dando trompicones en la oscuridad de la noche y salpicando barro hasta las orejas.

Ardientemente pedía a Dios fe, "como la fe del carbonero", tan comentada en los sermones parroquiales, para poder sentir, como los demás, la enorme emoción de creer milagro lo que no podía explicarme.

Siguiendo a la pequeña iluminada recorrimos casi todas las callejuelas del pueblo, fuimos al atrio de la Iglesia, al cementerio y al monte donde por vez primera vieron a la Virgen.

La dureza del camino, la oscuridad y mi torpeza de hombre de ciudad me hacían tropezar con tanta piedra suelta, quedándome poco a poco rezagado. No podía más y decidí esperar el regreso. Mi mujer no quiso detenerse a pesar de ir como jadeante y siguió adelante pidiendo ayuda a mi incredulidad.

De pronto, la niña se detiene sin llegar a la cima y retrocede camino abajo andando de espaldas, rozando apenas las piedras del camino sin dejar de mirar y sonreír al cielo.

Al llegar a la altura en que yo esperaba se detiene y se arrodilla sobre los guijarros dando un fuerte golpe con sus rodillas y no se hizo daño, como si sobre una alfombra se tratase, levantó la cruz al cielo y me la dio a besar.

Alrededor de su cuello cuelgan las medallas y rosarios de muchos de los asistentes. Busca con sus manos una cadena determinada mientras susurra, más que habla, con su invisible aparición:

-- Dime cuál es. ¿Es esta?.

Levanta en su mano la medalla para darla a besar a la Virgen de su visión y oímos todos que vuelve a murmurar:

-- Pues dime de quién es.

Sin dudar ya más se vuelve hacia mi mujer y abriendo y cerrando el cierre de oro de la cadenita, la coloca en su cuello.

Emocionada y llorosa, mi mujer cae de rodillas, como yo y como muchos de los que presenciamos tan hermosa escena. La niña le hace besar la medalla besada por la Virgen y la ayuda a levantarse del suelo con una sonrisa angelical que nunca olvidaremos.

De la misma manera y con iguales o parecidas palabras me coloca a mí mi propia medalla besada por la Virgen. Yo no pude contener más la emoción y lloré cayendo de rodillas.

En ese momento encontré la explicación de todo lo que no comprendía. En la celestial expresión de esa niña vi el reflejo de la presencia invisible de la Virgen del Carmen sobre nuestras cabezas.

De rodillas lloré emocionado y pedí a Dios perdón por mi incredulidad.

 

 

Mi Hijo, por medio de este Beso que yo he dado aquí, hará prodigios, repártelos a los demás

 

 

En muchos capítulos de esta historia hay numerosos testimonios que confirman que se ha cumplido y continúa cumpliéndose esta promesa de la Santísima Virgen. En este precioso relato, Conchita nos cuenta cómo fue este encuentro con la Santísima Virgen.

El sábado 13 de Noviembre de 1965, tuvo Conchita su última aparición en Garabandal.

Escribe Conchita:

Estando un día en la iglesia, la Virgen me ha dicho en una locución que la vería el 13 de Noviembre en los Pinos. Me dijo que esta sería una aparición especial para besar objetos religiosos y repartirlos después, ya que tienen gran importancia.

 ¡Yo estaba con grandes deseos de que llegase ese día, para volver a ver a quien ha sembrado en mí la felicidad de Dios!

Estaba lloviendo, pero a mi no me importó. Subí a Los Pinos y llevaba conmigo muchos rosarios que hacía poco me los habían regalado para repartirlos; y, como me había dicho la Virgen en la locución, los llevé para que los besara.

Subiendo sola a Los Pinos iba diciéndome, como muy arrepentida de mis defectos, que  no caería más en ellos, porque me daba apuro presentarme delante de la Madre de Dios sin quitarlos.

Cuando llegué a Los Pinos empecé a sacar los rosarios que llevaba; y estándolos sacando, oí una voz muy dulce, la de la Virgen, que se distingue entre todas, y me llamaba por mi nombre. Yo le he contestado:

-- ¿Qué?

Y en ese momento la he visto con el Niño Jesús en brazos. Venía vestida como siempre y muy sonriente. Yo le he dicho:

-- Ya he venido a traerte los rosarios para que los beses.

Y Ella me ha dicho.

-- Ya lo veo.

Yo traía masticando un chicle, pero cuando la estaba viendo dejé de masticarlo y lo he puesto en una muela. Y Ella ha notado que lo traía, y me ha dicho:

-- ¿Conchita, por qué no dejas tu chicle y lo ofreces como un sacrificio por la gloria de mi Hijo?

Y yo con vergüenza, me lo he sacado y tirado en el suelo.

Después me ha dicho:

-- ¿Te acuerdas de lo que te dije el día de tu santo de que sufrirás mucho en la tierra?, pues te lo vuelvo a decir. Ten confianza en Nosotros y lo ofrecerás con gusto a Nuestros Corazones, por el bien de tus hermanos. Porque así estarás más unida a Nosotros.

Yo le he dicho:

-- Que indigna soy, Oh Madre nuestra, de tantas Gracias recibidas por Vos, y todavía venir hoy a mi para sobrellevar la pequeña cruz que ahora tengo.

Ella me ha dicho:

-- Conchita, no vengo solo por ti, sino que vengo por todos mis hijos, con el deseo de acercarlos a Nuestros corazones.

Y me ha pedido:

-- Dame, para que pueda besar todo los que traes.

Y se lo he dado. Llevaba conmigo una Cruz y la ha besado, y después me ha dicho:

-- Pásala por las manos del Niño Jesús.

Y yo lo he hecho y El no ha dicho nada. Yo le he dicho:

-- Esta Cruz la llevaré conmigo al convento.

Pero no me ha dicho nada. Después de besarlos me ha dicho:

-- Mi Hijo, por medio de este beso que yo he dado aquí, hará prodigios, repártelos a los demás.

Claro, yo así lo haré. Después de esto me ha pedido le diga las peticiones para los demás, que me habían encomendado. Y yo se las he hecho. Y me ha dicho:

-- Dime, Conchita, dime cosas de mi hijos, a todos los tengo bajo mi manto.

Yo le he dicho:

-- Es muy pequeño, no cabemos todos.

Ella se ha sonreído.

-- ¿Sabes, Conchita, por qué no he venido yo el 18 de Junio a darte el Mensaje para el mundo? Porque me daba pena decíroslo yo, pero os lo tengo que decir para bien vuestro y gloria de Dios si lo cumplís. Os quiero mucho y deseo vuestra salvación para reuniros en torno del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Verdad, Conchita, que tu me responderás?.

Y yo le he dicho:

-- Si estuviese siempre viéndote, si; pero si no, no lo se, porque soy muy mala.

-- Tu pon de tu parte todo y Nosotros te ayudaremos, como también a mis hijas, Loli, Jacinta y Maria Cruz.

Ha estado muy poco. También me dijo:

-- Será la última vez que me veas aquí, pero estaré siempre contigo y con todos mis hijos.

Después añadió:

-- Conchita, ¿Por qué no vas a menudo a visitar a mi Hijo al Santísimo. Por qué te dejas llevar por la pereza, no yendo a visitarle, cuando Os está esperando de día y de noche?

Como ya he escrito, estaba lloviendo mucho, y la Virgen y el Niño Jesús no se mojaban nada. Yo, cuando los estaba viendo no me daba cuenta de que llovía, pero cuando dejé de verlos estaba mojada.

Yo he dicho:

-- ¡Ay, que feliz soy cuando os veo! ¿Por qué no me llevas contigo ahora?.

Y me ha contestado:

-- Acuérdate de lo que te dije el día de tu santo: al presentarte delante de Dios tienes que mostrarle tus manos llenas de obras hechas por ti en favor de tus hermanos y para gloria de Dios, y ahora las tienes vacías.

Y nada más. Se ha pasado ese feliz rato que he pasado con mi Mamá del Cielo y mi Amiga, y con el Niño Jesús. Los he dejado de ver pero no de sentirlos.

De nuevo han sembrado en mi ánimo una paz y una alegría y unos grandes deseos de vencer mis defectos para conseguir amar con todas mis fuerzas, a los Corazones de Jesús y de María, que tanto nos quieren.

Anteriormente, la Virgen me ha dicho que Jesús no mandaba el Castigo para hacernos sufrir sino para reprendernos de que no le hacemos caso y por ayudarnos. Y el Aviso nos lo manda para purificarnos, para hacernos ver el Milagro con el cual nos muestra claramente el amor que nos tiene; y por eso el deseo de que cumplamos el Mensaje.

 

La Virgen besa el misal de Mari Loli

 

María Josefa Herrero, Marichu, conversa con Loli antes de la Aparición:

Dime, Loli:

-- ¿Qué Virgen es la que ves tú?.

-- No hay más que una Virgen, aunque pueda tener diferentes advocaciones, como Virgen del Carmen, Virgen del Rosario, Virgen del Pilar.

-- Pero, ¿cómo es la Virgen que tú ves?

Loli hizo una vez más la descripción de la Virgen que ella y sus compañeras habían visto tantas veces, y concluyó con entusiasmo:

-- Pero no hay nada como sus ojos. No se parecen a nada ni a nadie en el mundo. Yo no soy capaz de describirlos, sólo puedo decir que son tan bellísimos, que una no puede hacer otra cosa que mirarlos.

 

Horas después de esa charla, hacia la una y media de la noche, llegó el éxtasis de Loli:

Cayó de rodillas allí en la cocina, pegada casi a la pared de la izquierda; su cara estaba verdaderamente transfigurada y sus cabellos caían sobre las espaldas de forma muy bonita; sus ojos miraban absortos hacia arriba, hacia el techo, de donde pendían ristras de ajos, cebollas y chorizos.

Era una escena del todo doméstica y, sin embargo, llena de encanto, de elevación sobrenatural.

Durante el éxtasis, Loli se levantó y estuvo dando a besar a la visión, como tantas otras veces, muchos objetos que habían puesto allí los visitantes.

Hubo aquella noche una especial atención para los misales de mano. Era emocionante ver cómo la Aparición parecía ir besando estos misales página por página, deteniéndose especialmente en algunas; también besaba las hojitas y estampas que había en ellos.

Supimos después que la Virgen hablaba a la niña sobre los dueños de aquellos objetos que besaba, dando incluso algún mensaje personal, como en el caso de una joven mejicana que había allí, para la cual hubo algo sobre la muerte de su padre.

Cuando el largo éxtasis hubo acabado, yo pude acercarme a Loli y le dije:

-- Loli, cuando tú pasabas las hojas del misal, las pasabas demasiado a prisa; me temo que la Virgen las haya besado también un poco precipitadamente.

-- ¡Oh, no!, replicó en seguida la niña con la mayor viveza. La Santísima Virgen no lo ha hecho precipitadamente, Ella todo lo hace bien.

 

¡Con una expresión angelical en su cara!

 

 

Dice Inocencio Cosío:

¿Cómo puede una niña estar en éxtasis durante tres horas?. Es algo que merece ser estudiado, por la forma en que sucedía. ¿Por qué el Doctor Morales cree ahora tan firmemente y es un defensor ferviente de las Apariciones?.

El Doctor Morales dio una conferencia en el Ateneo de Santander y dijo con firmeza que él cree. ¿Por qué, siendo un hombre de tan reconocido prestigio, no se estudiaron mejor las Apariciones?.

Cosas como estas no se ven en esta vida. Yo soy un hombre corriente, pero para mí lo que pasó aquí es cosa de Dios y no hay otra explicación posible. Son los hechos más maravillosos de los que fui testigo. Recuerdo la emoción de la gente cuando bajaba del pueblo; una tal emoción no se puede explicar a menos que se hayan vivido esos momentos en que se sentía la presencia de la Virgen con las niñas en éxtasis.

Durante una Aparición que duró unas tres horas, las niñas iban en éxtasis e iba mucha gente detrás de ellas. Después de un rato, las niñas se separaron, y Conchita, todavía en éxtasis, quedó sola. Con su cara mirando al cielo y su cabeza totalmente doblada hacia atrás, con los brazos extendidos en forma de cruz, empezó a correr por el pueblo, muy rápida, cosa que ella hizo en varias ocasiones.

Se movía a tal velocidad que nadie intentó seguirla. La gente prefirió quedarse. Solo un hombre y yo, que tenía entonces 31 años, corrimos detrás de ella. Cuando la alcanzamos, ella ya había llegado a la puerta de la Iglesia, que estaba cerrada. Allí paró y se arrodilló.

 

 

Después de rezar en la puerta de la iglesia, se levantó y salió rápida hacia el puentezuco que allí había y se cayó en tierra donde una piedra grande que había allí. Ella estaba allí con una expresión angelical en su cara. Me acerqué a ella para ver mejor esa cara de ángel y la oí decir:

-- ¡Espera un poquito mas, solo un poquito mas!. ¡Qué bien ...!

Tan feliz estaba allí con la Virgen. Era maravilloso ver a las niñas en éxtasis, felices con la Virgen.

Desde allí, ella se levantó y se empezó a mover y, sin tocar el suelo con sus pies, la vimos caminar por el aire unos diez metros, con su cara mirando a lo alto y sus brazos extendidos. No estaba muy separada del suelo, unos 25 centímetros, y de una manera maravillosa.

Fue una de las cosas mas maravillosas e impresionantes que he visto; su porte, su forma de andar y la expresión de su cara eran del todo admirables.

Allí todo sucedía de un modo que no se parece en nada a lo que se pudiera hacer, incluso si se pudiese hacer naturalmente, porque la expresión y belleza de su rostro y su vivencia interior eran de una alegría que a todos nos llenaba de emoción porque era la Virgen quien la llevaba. Toda la gente que estuvo allí esa noche estaba muy emocionada por lo que vieron.

 

 

 

Palabras que el Papa Pablo VI dijo al Padre Escalada S.J. sobre las Apariciones de la Santísima Virgen María en Garabandal:

 

 

"Es la historia más hermosa de la Humanidad desde el Nacimiento de Cristo. Es como la segunda vida de la Santísima Virgen en la tierra, y no hay palabras para agradecerlo."

 

 

Los sucesos relatados aquí son vivencias inolvidables de testigos de las Apariciones. En ellos se ve el amor inmenso de la Santísima Virgen, como Madre nuestra que es.

 

 

La felicidad de las niñas en sus éxtasis, al estar con nuestra Madre del Cielo, se ve en estos dos textos. Uno es de Conchita, el otro del P. Luis María Andreu S.J.

Dice Conchita:

La primera vez que vimos a la Virgen, se nos apareció de repente.

-- Venía con dos Ángeles y el Niño Jesús, y había un Ojo encima de todos, con mucha luz.

Siempre se nos aparecía de repente, solo que unas veces traía el Niño y otras no. Su postura más habitual era estar con los brazos abiertos y extendidos, mirándonos:

-- Sus ojos eran ¡muy dulces y misericordiosos!, más bien grandes. Parecía como si no mirara a la cara, ni al cuerpo, ¡sino al alma!.

Su mirada es muy difícil de describir.

-- Hace a uno amarla más y pensar más en Ella. Mirándola a la cara, nos hace felices del todo, y mirándonos Ella, todavía más. Cuando nos hablaba, nos miraba, y también cambiaba de mirada durante la conversación.

Su voz:

-- es muy dulce y armoniosa, se oye por los oídos, aunque sus palabras penetran en el corazón; es como si metiera la voz dentro. ¡Hablaba con voz clarísima y dulcísima!.

Alguna vez se rió, además de sonreírse, que era lo habitual.

-- Se oía su risa, como sus palabras; pero la risa era más no sé qué que el habla. ¡No sé explicar su risa!. Nunca sabré explicarla, era muy hermosa.

Nos besaba casi todos los días, y salía de Ella. Eran besos de despedida en ambas mejillas. Alguna vez le pedí que me dejara besarla, y otras veces la he besado sin pedírselo.

Cuando terminaba de ver a la Virgen:

-- Salía como del Cielo, con muchas ganas de amar a Jesús y a María, y de decir de Ellos a la gente, ya que eso es lo único que nos puede alegrar: hablar y escuchar de la Virgen.

Quiero a la Virgen como si fuera mi madre. Con Ella se puede hablar de todo. ¡Quién viviera en aquellos tiempos que veíamos a la Virgen tantas veces!. Aunque tuviéramos que quedarnos sin dormir, no nos importaba. ¡Éramos muy felices!.

La Virgen, muchas veces, no nos miraba precisamente a nosotras, sino más lejos, a la gente que había detrás. Cambiaba a veces de semblante; pero sin dejar de sonreír. Yo le preguntaba:

-- ¿A quién miras?.

Ella me decía:

-- Miro a mis hijos.

 

El Padre Luis, después de ver a la Santísima Virgen y el Milagro, dijo:

Me siento verdaderamente lleno de alegría, de felicidad. ¡Qué regalo me ha hecho la Virgen!. ¡Vaya suerte tener una Madre así en el Cielo!. No debemos tener ningún miedo a la vida sobrenatural. Hemos de aprender a tratar a la Virgen como lo hacen las niñas. ¡Ellas nos han dado ejemplo!. Yo no puedo tener la menor duda sobre la verdad de sus visiones. ¿Por qué nos habrá escogido la Santísima Virgen?. Hoy es el día más feliz de mi vida.

 

Signarse y Santiguarse

 

 

Dice el catecismo que el cristiano debe hacer la señal de la Cruz al levantarse, al salir de casa, al comer y al dormir.

En una ocasión, una de las niñas videntes fue santiguando a todas las personas que tenía entorno, excepto a una. El párroco preguntó después a la niña por qué no la había santiguado, y la niña respondió que:

-- la Virgen le había dicho que aquella persona era la única de los presentes que se había santiguado por la mañana.

Preguntando a todos, se constató que así había sido en efecto.

 


 

Angustiada por las dudas sobre sus confesiones

 

Un señora había llegado a Garabandal muy angustiada con el pensamiento de si sus confesiones no estarían bien hechas. Por eso había rogado a Dios y a la Virgen:

-- Si mis confesiones pasadas están bien hechas, que la niña venga claramente a mí.

Apenas había formulado mentalmente su petición, la niña salió de rodillas hacia ella, sin atender a ninguna otra persona.

Esta se retiraba con toda deliberación, hasta que la niña, que mantenía su mirada fija en lo alto, la acorraló en una esquina; allí le sonrió muy dulcemente durante unos momentos, y luego la dejó. La respuesta había sido maravillosa.

 


 

Un señor pide la conversión de su yerno

 

Un señor, de rodillas, pedía mentalmente por la conversión de su yerno. Según estaba así con su oración, sólo conocida de él, se le acercó una niña en trance y le dijo al oído la palabra "sí", que algunos de los más próximos oyeron.

Cuando se preguntó a la niña, por qué había dicho aquel "sí", ella respondió:

-- La Virgen me dijo: "Aquí tienes a un hombre; dile que sí".

 


 

Mi marido, ¿cree en Dios?

 

Una señora pidió con mucho interés a la niña vidente que preguntara a la Virgen si su marido creía en Dios. Después del éxtasis conoció la respuesta:

-- En Dios, sí cree; en la Virgen, muy poco; pero ya creerá.

Dicho señor era protestante.

 


 

La Santísima Virgen quiere se rece el Rosario todos los días

 

 

Cierto día, la Virgen encomendó a una niña que rezase el rosario en la iglesia al terminar la visión, pero se encontró con la iglesia cerrada. Entonces comenzó el rezo a la puerta, y la niña entró de nuevo en éxtasis, y la Virgen le dijo que rezase más fuerte para que el público respondiera.

Fue un hermoso rosario por las calles del pueblo:

La niña, en éxtasis, iba delante, dirigiendo en voz alta, y el público respondía. La niña no contaba las avemarías que iba rezando, pero no se equivocó de número en ningún misterio, porque la Virgen le decía siempre cuándo era el gloria y también le enseñó los misterios del Rosario.

 


 

Al cabo de veinte días aparece la cruz

 

 

El día 15 de agosto, una de las niñas rezó el rosario por uno que le habían dado; al devolverlo después, se observó que le faltaba la cruz, se había desprendido y perdido. Era inútil buscarla por aquellas calles, callejas y caminos.

Al cabo de veinte días, el 5 de septiembre, le dijeron a la niña, que preguntase a la Virgen por la cruz de aquel rosario. Se pudo oír el diálogo en que le preguntaba, y cómo se iba concretando el sitio exacto. Al concluir el trance, fue sin ninguna vacilación al sitio indicado, y allí apareció la crucecita, bajo una piedra, entre el barro.

 


 

Los objetos besados

 

Las niñas en éxtasis no veían a la gente, en todo momento eran guiadas por la Visión. Era maravilloso ver cómo devolvían los objetos besados por la Virgen a sus dueños sin equivocarse nunca. La Santísima Virgen las guiaba.

Cuando van a meter por la cabeza un rosario o cadena, ya besados por la Virgen, suelen decir:

-- "Tómame tú las manos y llévamelas, que yo no la veo".

Entonces el movimiento es mucho más rápido y preciso. Los casos han sido muy numerosos.

 


 

La Virgen no besó la estampa hasta que se confesó

 

 

Entregaron a una de las niñas cinco estampas, para que las besase la Virgen. La vidente fue dándolas una a una a la Visión, excepto una, que parecía no querer recibir. La propietaria de dicha estampa, muy emocionada y llorando dijo a un sacerdote que se quería confesar.

Más tarde volvió a entregar su estampa a una niña. Cuando tuvo éxtasis, después de estar escuchando a la Virgen y sonreír, ofreció en primer lugar aquella estampa para que fuese besada.

La misma persona a quien todo esto sucedió fue quien quiso se diese a conocer este suceso a la gente.

 


 

Obediencia a los sacerdotes

 

 

El señor párroco, don Valentín, fue un día a casa de Conchita y le dijo:

-- Mira, no es posible que a estas horas tengamos que estar todos esperando. Te doy un cuarto de hora: en este tiempo te iré avisando tres veces, y el último aviso, si antes no ocurre nada, será para que te vayas a la cama. Este es el primer aviso, y se marchó.

Volvió a los diez minutos para darle el segundo aviso:

-- "Si antes de cinco minutos no pasa nada, lo que te he dicho, a la cama, que ya es muy tarde".

A los dos minutos de marcharse don Valentín, Conchita entraba en éxtasis. Era sobre la una de la madrugada. Ese mismo día, Loli y Jacinta estaban esperando la Visión sin que supieran nada de lo ocurrido con Conchita.

Un sacerdote, que había oído lo sucedido, hizo lo mismo, les dijo a Loli y Jacinta:

-- "No podemos esperar más, que es muy tarde. Os doy cinco minutos de tiempo; si en estos cinco minutos no pasa nada, a la cama".

Cuando ya sólo faltaba un minuto, volví a hablar:

-- "Queda un minuto. Contad hasta sesenta, y si antes no pasa nada, al llegar a sesenta, para la cama".

Empezaron ellas a contar en voz alta, canturreando, como en la escuela. Cuando llegaban a diecisiete, sin poder acabar esta palabra, se quedaron clavadas en éxtasis.

 


 

Un sacerdote vestido de paisano

 

 

Acababa de marcharse un pequeño grupo de sacerdotes y quedaba sólo don Valentín, con bastantes otras personas seglares; las niñas entraron en trance, en la iglesia, y hablaron de que allí había dos sacerdotes: don Valentín y otro. Al oír tal cosa, don Valentín se puso a mirar hacia atrás para descubrir al posible compañero; pero en vano.

Poco después se le acercó un señor que, luego de saludarle, se declaró sacerdote, que había llegado de paisano por haber subido en motocicleta.

Desde el comienzo de los sucesos las niñas han mostrado una especial predilección por los sacerdotes y religiosos. Con frecuencia contaban los que subían, se fijaban en sus hábitos y siempre en sus trances hablaban de ellos con la Visión. Si se les preguntaba:

-- ¿Quién queréis más que venga?.

respondían siempre:

-- Los sacerdotes.

Y hablando de obediencia, la que de modo especial les inculcaba la Virgen, era la que debían a los padres y a los sacerdotes.

 


 

Se le quitan las dudas a una vecina del pueblo al besar la cruz

 

 

En Garabandal la Santísima Virgen cuidaba de todos, ya fuesen visitantes o vecinos del pueblo.

Una vecina dice que:

Muchas veces dudaba, unas veces me parecía bien, otras veces pensaba que qué sería. Un día, el 17 de octubre del primer año, estaba un montón de gente exagerado. Estaba pensando:

-- Mira que si me traerían a mi la Cruz ahora a besar, entonces sí que se me quitarían mis dudas.

No sé si pasaron tres minutos cuando se me planta, entre toda la gente allí, para darme la cruz a besar, una de ellas, Loli.

Había miles de personas y me dio la cruz y yo estaba metida entre la gente. Estuve pensando eso y eso me pasó, cierto.

 


 

La Santísima Virgen me curó el dolor de cabeza

 

 

Lo cuenta una vecina del pueblo.

Una noche, estaba yo en la cama y pensé:

-- ¡Ay, Virgen Santísima, haz venir a Loli con la Cruz, que me la ponga aquí, en la cabeza, a ver si se me quita este dolor!.

Estaba yo muy mala, ¡con un dolor de cabeza!. Era un pensamiento que tenía pero no lo dije a nadie. Me escuchó la Virgen; Loli vino y me puso la Cruz. Levanté la cabeza y quería besar la Cruz.

En vez de ponerme la Cruz en los labios me la puso en la cabeza, sin que yo le dijese nada, ni ella a mí. La tuvo allí un rato y después se fue y mi dolor de cabeza desapareció del todo.

 


 

Fregando los cacharros, vino Conchita a darme a besar el Crucifijo

 

 

La delicadeza de la Santísima Virgen se ve en estos detalles que sucedieron a una vecina del pueblo en su casa:

Venían aquí muchas veces las niñas en éxtasis y una vez pues tardaron algo más en venir, y venían dos fiestas, domingo y fiesta. Yo estaba aquí en casa y dije:

-- ¡Ay, hoy domingo que no vengan!.

Había cantidad de gente y siempre subían y, como mi casa era tan ruin, pues no quería que subiera la gente. Y dije:

-- Pero mañana, lunes, que vengan a darme el Crucifijo a besar.

Y estando ahí, fregando los cacharros, viene Conchita con el Crucifijo a dármelo a besar. Yo me puse emocionadísima. ¡Sentí una emoción!. Yo no lo había dicho a nadie, fue un pensamiento mío, interior.

Como esa vez, muchísimas. Muchísimas veces lo pedí yo así. Porque aquí venían de continuo y si tardaban un poquitín ya pedía yo que «vengan a darme el Crucifijo a besar» y venían. Se emocionaba una, y, cuando me daban el Crucifijo a besar, ¡yo muy contenta, muy contenta!

 


Uno de los sucesos frecuentes fue el Beso de la Santísima Virgen a los anillos de matrimonio. La Virgen los llamaba alianzas porque son el símbolo del Sacramento del Matrimonio. Las alianzas están bendecidas y por eso la Virgen las besaba porque el matrimonio es un camino de santidad.

 

 

La primera alianza besada por la Santísima Virgen

 

 

La primera alianza que se dio a besar a la Virgen fue la de Maximina, tía y madrina de Conchita. Fue en casa de Conchita. Jacinta había venido a casa de Conchita en éxtasis. Maximina estaba hablando con Conchita y le dijo:

-- Oye Conchita, los anillos, como están bendecidos, igual la Virgen los besa. Me vino a mí este pensamiento. Dásele a Jacinta para que se lo presente a la Virgen a ver si lo besa.

Le dice Conchita a Jacinta:

-- Jacinta, toma este anillo. Preséntale a la Virgen a ver si lo besa.

Jacinta no sabía de quién era el anillo. Dice Jacinta a la Virgen:

-- Toma este anillo, bésale... ¡Ah, ¿que esta alianza es de Maximina?, pues toma bésala!

La Santísima Virgen besó la alianza y después Jacinta fue donde Maximina, le coge la mano y le pone la alianza en el dedo. Fue la primera vez que las niñas llamaron alianza a los anillos de matrimonio y la primera vez que buscaron a su dueña para ponérselo en el dedo. Después se dieron a besar a la Virgen muchas alianzas, incluso ese mismo día se dieron varias.

 


 

La Virgen besa la alianza de Rosario Santa María en su dedo

 

Rosario estaba entre un grupo de gente y mientras la Santísima Virgen estaba besando los anillos de matrimonio ella decía:

-- Virgencita, a mi me gustaría que tú me besases el anillo pero es que yo nunca me lo he quitado desde que me casé. ¡Ay Dios mío!, me lo quito ... no me lo quito ... me lo quito... y ¿si lo pierdo?. Es que no me lo he quitado ni para dormir.

Estaba en esta duda de si me lo quito o no me lo quito ... ya que nunca se lo había quitado antes desde que su esposo Eduardo Santa María se lo puso cuando se casaron.

En esto la niña avanza por entre el grupo de gente, coge la mano de Rosario y la levanta hacia lo alto y allí mismo la Santísima Virgen bajó a su altura para besar su alianza. De este modo, sin sacar el anillo del dedo, la Virgen lo besó en la misma mano de Rosario.

Al terminar el éxtasis la niña le dijo:

-- Rosario, la Virgen sabe que tu querías que te besase el anillo pero también sabe que tu jamás te quitaste el anillo del dedo por eso Ella ha venido aquí a besártelo.

Rosario lloraba de emoción mientras decía:

-- ¡Gracias Madre mía!, ¡gracias Madre mía!, ¡qué delicadeza tan grande la de la Virgen!.

Rosario vio así colmado su gran deseo de que la Santísima Virgen besase su alianza matrimonial. La Virgen ya había besado otras muchas alianzas y las devolvió a sus dueños poniendo estas alianzas en el dedo correspondiente sin equivocarse nunca ni de dedo ni de persona.

 


 

Mercedes González se sintió emocionadísima por lo que le sucedió con la alianza de su marido

 

Dice Mercedes:

María Dolores tuvo un éxtasis y mucha gente la seguía. Se me ocurrió ir a casa a buscar el anillo de boda de mi marido que lo tengo en una cajina y me dije:

-- Se lo voy a entregar a María Dolores, pero con el deseo de que la niña se lo entregue a mi marido, a él mismo; a mí no, a él.

Mi marido no sabía nada, ni idea de que yo iba a hacer esto.

Pues así lo hice, fui a casa, cogí el anillo, y se lo di, no a la niña sino que se lo di a una vecina del pueblo de Cosío y le dije:

-- Entrega este anillo a María Dolores para que la Virgen lo bese, que ya sabe la Virgen lo que yo quiero.

La niña fue donde la Iglesia a donde iban con frecuencia. En esto la niña viene a mi casa con el anillo de mi marido en la mano. Entra en la cocina y yo estaba muy nerviosa por la emoción y me decía:

-- Si me lo da a mí no vale, tiene que ser a mi marido.

Pero resulta que mi marido estaba en un rincón y para ir donde él se tenían que levantar todos los que estaban sentados en los bancos que estaban delante de él, porque precisamente fue que mi marido, sin saber nada de esto, se puso en la misma esquina.

Mari Loli entonces sonrió y va para allá y yo emocionadísima porque estaba haciendo lo que yo había pensado. La Virgen le decía y la niña sonreía.

Pasa por entre todos, que se fueron levantado para dejarla pasar, y se planta delante de mi marido. Le coge la mano y le pone el anillo en el dedo y dice mi marido:

-- Aquí sí que te equivocaste porque yo tengo un anillo pero no le pongo.

Queriendo decir que no era de él, porque no se lo ponía y porque no sabía lo que yo había hecho. Yo estaba tan emocionadísima que casi me daba mal. Entonces la gente decía ¿de quién será?. Yo entonces dije a la niña:

-- Déjale, déjale el anillo puesto a mi marido que sí que es verdad que es de él.

Él no sabía ni palabra y nunca se nos olvida este suceso en el que la Virgen me escuchó todo tal cual lo pensé y tuvo la delicadeza de venir a poner la alianza a mi marido. Además, la niña no sabía absolutamente nada, ni tampoco la gente porque el anillo se lo entregué a una vecina de Cosío para que a su vez se lo diese a María Dolores.

Impresiona la delicadeza de Nuestra Madre del Cielo con estas muestras de su inmenso Amor, hasta en las más pequeñas cosas, escuchando los mas ocultos pensamientos que la decimos.

 


 

¡Ah!, ¿entonces tengo que decirles que arreglen sus vidas y que sean buenos?

 

Querían que la Santísima Virgen besase anillos falsos de matrimonio. La Virgen, como Madre, les pide que rectifiquen sus vidas.

Dos parejas se acercaron a Conchita y la entregaron cuatro anillos para que al caer en éxtasis se los alcanzara a la Virgen para que los besara; pero lo sorprendente fue que la Virgen no los besó y oyeron que la vidente decía:

-- ¿Que no los besas?... ¡Ah!, ¿entonces tengo que decirles que arreglen sus vidas y que sean buenos?.

Cuando terminó el éxtasis la niña se acercó al que le había entregado los cuatro anillos y le transmitió lo que la Virgen la había dicho; el que recibió los anillos se puso muy colorado y dijo:

-- Es que veníamos dispuestos a "echar abajo" esto de Garabandal si las niñas nos ponían el anillo a cada uno, ya que ninguno de los cuatro estamos casados y sólo compramos los anillos para esto.

 


 

La Santísima Virgen disipa mis dudas

 

 

Dice D. Plácido Ruiloba:

Estaba un día muy preocupado y me dirigí al pueblo al cual llegué anochecido. Las niñas se encontraban entonces en éxtasis.

Me retiré a un rincón, acosado por mis dudas, y me dije:

-- Señora para que yo crea que todo esto viene de Ti, haz que permaneciendo en este rincón tan apartado, sin que las niñas lo sepan, una de ellas venga a darme a besar el crucifijo.

Desde donde me encontraba, podía ver una parte de lo que ocurría a mi alrededor sin ser visto. Las niñas salieron del éxtasis sin que nadie hubiera notado mi presencia.

Conchita entró en su casa, donde habitualmente salía entonces de su éxtasis. Experimenté una gran decepción y me dije que mi plegaria a la Virgen no había sido atendida. Así que mis dudas tenían fundamento.

Mientras reflexionaba, vi a varias personas salir rápidamente de casa de Conchita seguidas inmediatamente por la niña. Esta se dirigió hacia mi, que permanecía en aquel rincón que se hallaba a un nivel inferior, junto a la fuente.

 


La fuente junto a la casa de Conchita

 

Esta fuente es muy bien conocida por los visitantes. Es un buen lugar para ocultarse, sobre todo por la noche, a causa de la sombra que hay allí.

Conchita me dio el crucifijo a besar tres veces, lo que produjo en mi una gran tranquilidad y disipó las dudas que tenía en aquel momento.

 


 

El Crucifijo salió del barro y se elevó hasta la mano de la niña

 

 

Lo cuenta Don Plácido:

El pueblo, que no tenía ninguna clase de empedrado, se había convertido aquella tarde en un cenagal como ocurría regularmente después de una buena lluvia.

Mari Loli, Jacinta y Conchita estaban en éxtasis. Como otras veces, iban andando con los ojos fijos en el cielo. Cada una de ellas apretaba fuertemente un crucifijo. Conchita iba en medio. De su mano se desprendió el Crucifijo. Sin embargo continuaron su camino unos veinticinco o treinta metros y se oyó decir a Conchita:

-- ¡Ah!, ¿tengo que recogerlo? Dime entonces donde está.

 

Entonces las tres niñas andaron hacia atrás hasta el lugar donde había caído el crucifijo. Estas marchas hacia atrás no eran raras. Conchita, con los ojos fijos en el cenit, hizo una leve inclinación, bajó la mano hacia el suelo, hasta que ésta estuvo a unos 50 centímetros del suelo.

Fue entonces cuando ante los atentos y estupefactos ojos de todos nosotros los que la observábamos, el crucifijo salió solo por si mismo del barro y se elevó hasta la mano de la niña que lo agarró enseguida con las dos manos mientras que continuaba su éxtasis.

Cuando acabó el éxtasis, me acerqué a la niña para examinar sus manos. Puedo afirmar que lo hice inmediatamente de acabar el éxtasis. Ahora bien, ni las manos ni el crucifijo tenían la menor traza de barro.

Estoy dispuesto a firmar esto, y debo decir que fue visto por otras muchas personas entre las que se encontraba doña Daniela Cuenca de Los Corrales de Buelna.

 


 

La niña no se mojaba con la lluvia

 

Dice D. Plácido Ruiloba:

Ocurrió otra cosa en el curso de una malísima noche. Llovía a torrentes. Jacinta cayó en éxtasis y yo me ofrecí para acompañarla solo. Se me aceptó y aproveché para hacer una prueba.

La niña, como siempre, andaba con la cabeza inclinada hacia atrás, las manos muy apretadas sobre un crucifijo. Sólo íbamos la niña y yo. Yo la protegía con un paraguas de esos que llamamos familiares, prestado por una señora del pueblo.

Mi brazo, sosteniendo el paraguas, pasaba sobre los hombros de la niña y me dije que quizás podría conducirla a mi gusto. Mis dudas me ayudaban, y teniendo en cuenta la gran oscuridad, la lluvia que caía, el paraguas que nos tapaba la visión, yo me repetía que sí, que podría conducirla a donde quisiera.

Pero constaté que no, y que sin duda de ninguna especie, la niña continuaba llevando otro camino completamente distinto del que yo intentaba imponerle.

Terminé por decirme que, decididamente, esta niña que elevaba los ojos en un ángulo increíble, debía ir tras una luz que yo no percibía. Como el éxtasis se prolongaba y el camino se volvía impracticable, mi brazo se fatigaba de sostener el paraguas, lo cerré aunque la lluvia continuaba sin cesar, y la acompañé todavía durante veinte minutos, de suerte que yo iba empapado como una sopa. Mis pies nadaban dentro de los zapatos.

Al cabo de veinte minutos, pasamos ante una casa iluminada por una pequeña bombilla eléctrica, lo que me permitió constatar con estupor que los hombros y la cabeza de la niña estaban completamente secos.

Con el fin de asegurarme mejor, pasé mi mano mojada tres veces sobre sus cabellos, y mi mano se secaba como con una toalla. Todo esto, lo afirmo y estoy dispuesto a jurarlo con la mano sobre los Santos Evangelios.

 


 

La Virgen nos dice siempre dónde está lo que se nos pierde

 

 

Una señora que estaba en casa de Loli dejó encima de la mesa una medalla grande de oro para que se la alcanzara a besar a la Virgen. Mari Loli cogió la medalla de la señora y con ella en la mano y con la mirada hacia arriba, salió a la calle.

Eran las doce de la noche y llovía a cántaros, y se fue hasta la puerta de la Iglesia. Al salir del éxtasis se acercó la señora dueña de la medalla y le preguntó:

-- ¿Dónde está mi medalla?.

Mari Loli le respondió:

-- Se me ha perdido.

La señora se apuró muchísimo porque era un recuerdo familiar, pero enseguida la tranquilizó la niña diciéndola:

-- No se preocupe; la Virgen me ha dicho que volverá a las dos de la madrugada y siempre que se nos pierde algo Ella nos dice donde está.

Exactamente a esa hora volvió la Virgen y cayó en éxtasis Mari Loli; hizo el mismo recorrido de casa a la Iglesia y seguía diluviando.

Como algunas calles tienen unas cuestas muy pronunciadas, el agua bajaba con mucha fuerza, desde los pinos hacia abajo, incluso arrastraba piedras. Al volver de la Iglesia hacia casa vieron que Mari Loli, sin dejar de mirar hacia arriba, metió la mano en un charco y todos dijeron:

-- Seguro que ya tiene la medalla.

Así fue porque al llegar al portal salió del éxtasis, abrió la mano y la dijo a la señora:

-- Lo ve, la Virgen nos dice siempre dónde está lo que se nos pierde.

Nos quedamos asombrados, pero así sucedió.