Las visitas al santísimo, la estación a jesús sacramentado y la comunión de manos del ángel

17.09.2011 01:31

 El sacerdote y periodista, P. José Luis Martín Descalzo, y el Padre José Silva, de la "Ciudad de los Muchachos" de Orense, visitan Garabandal.

 


La puerta del Sagrario de la Iglesia de Garabandal

 

La imagen de la puerta del Sagrario de la Iglesia de San Sebastián de Garabandal es un pelícano que alimenta a sus hijos con su propia sangre. Representa a Jesucristo en el Santísimo Sacramento que nos da su propia Carne y Sangre, junto con su Alma y su Divinidad, en la Sagrada Hostia que recibimos en la Comunión.

Durante las Apariciones, la Santísima Virgen llevaba frecuentemente a las niñas a visitar al Santísimo. Las niñas recibían la Comunión de manos de San Miguel Arcángel cuando no había sacerdotes en el pueblo.

 

Las Visitas al Santísimo, la Estación a Jesús Sacramentado y la Comunión de manos del Ángel.

Ya desde el primer día de las Apariciones fueron las niñas a visitar al Santísimo. Dice Conchita en su diario que después de ver al Ángel y llorar detrás de la Iglesia:

Echamos a correr a comunicárselo a la Señora Maestra. Una vez terminamos de llorar, volvimos a la puerta de la Iglesia y entramos en ella y en aquel mismo momento llegó la Señora Maestra, toda asustada, y nos dijo:

-- Hijas mías, ¿es verdad que habéis visto al Ángel?.

y nosotras le respondimos:

-- Si Señora.

y ella exclamó:

-- a ver si es imaginación vuestra.

y nosotras volvimos a insistir:

-- No Señora, no, que le vimos bien.

Ella enseguida dijo:

-- Vamos a rezar una "Estación" a Jesús Sacramentado en acción de gracias.

La "Estación" es una oración eucarística que consta de seis padrenuestros, avemarías y glorias, con la invocación:

-- Viva Jesús Sacramentado.

-- Viva, y de todos sea amado.

Suele rezarse especialmente: al dejar expuesto el Santísimo, al hacer una visita al Señor ante el sagrario, y como acción de gracias colectiva después de la comunión.

En su origen, atribuido a los franciscanos, estos seis padrenuestros de la estación son: cinco, como homenaje de adoración al Señor en sus cinco llagas: las de los pies, manos y costado, y el otro, sexto, como rezo a intención del Romano Pontífice y para ganar las indulgencias.

 

En el segundo día, el 19 de Junio de 1961, no vieron al Ángel pero dice Conchita que:

Eran las ocho y cuarto de la noche. Fuimos a hacer una Visita al Santísimo y después nos hemos ido para nuestra casa.

El domingo siguiente que vino muchísima gente dice:

Cuando terminamos la aparición, que serían las ocho y media, nos fuimos a la Iglesia a rezar a Jesús Sacramentado y nos metieron en la sacristía con cuatro doctores y sacerdotes a preguntarnos cosas. Los sacerdotes no lo creían algunos, otros sí.

 

Hay historias preciosas relacionadas con la Eucaristía y las Comuniones de manos del Ángel.

Una Hora Santa inolvidable.

El Padre José Silva, de la "Ciudad de los Muchachos" de Orense, después de comprobar que las Apariciones eran auténticas pidió despertar al señor cura párroco para decir él la misa de alba. No tardaría mucho en despuntar el nuevo día, 19 de marzo de 1962, fiesta de San José.

Dicen los testigos que no se pudo conseguir la llave, por la prohibición del obispado de admitir a celebrar misa a los sacerdotes forasteros; pero sí pudimos comulgar y hacer la hora santa más hermosa que se puede uno imaginar.

Fue fantástico. Aquel hombre dijo cosas maravillosas, y dio las gracias a las niñas, a sus padres, a todos, porque le habían hecho vivir una emoción que nunca hasta entonces hubiera pensado que podría existir.

¡Rezamos un santo rosario! Casi todos con los brazos en cruz.

Ya en el día siguiente, 19 de Marzo, día de San José, Loli en éxtasis se acercó al mostrador de la taberna de su casa, tomó un lápiz del cajón y, apoyando una estampa sobre la pared de la cocina, escribió en ella lo que le decía la Visión:

-- La Virgen felicita al Padre José.

Según declaró después el Padre José Silva, él no había dicho a nadie, ni cómo se llamaba, ni que era sacerdote. Fue para él una grandísima emoción.

El P. Silva le habló a Conchita de hacer una hora santa, y la niña preguntó:

-- ¿Y eso qué es?

Entonces el Padre se lo explicó, y se acordó hacerla a primera hora.

Dice D. Juan Álvarez Seco que estaba allí:

Faltaba la llave de la iglesia. Don Valentín dormía en casa de la señora Primitiva, Tiva, y el señor Matutano, de Reinosa, y un servidor, fuimos a pedírsela; para que nos conociera, le hablé yo, pero no quiso darnos la llave. Regresamos a casa de Conchita, y entonces Maximina dijo:

-- Podemos acercarnos a la iglesia, por si acaso estuviese abierta.

Fuimos una veintena de personas, con Conchita y María Dolores. Encontramos abierta la puerta del templo; pero nos faltaba la llave de la sacristía, para tener la del sagrario, que se guardaba allí, cuando ¡he aquí que el P. Silva encuentra el sagrario abierto, y la sacristía cerrada!

Pudimos hacer la hora santa; a ratos, con los brazos en cruz. Comulgamos después casi todos.

Atestiguo que aquello fue maravilloso.

El P. Silva nos dijo que "lo de Garabandal era todo verdad".

 

Maximina cuenta lo ocurrido en una carta:

Estuvieron unos Padres, o sea, dos. Hicieron el domingo a las tres de la mañana, una hora santa. Dijeron que si alguno de los presentes quería explicar los misterios del rosario y el primero lo explicó el señor Matutano: ¡lloraba la gente como nada! 

Hablaron muchísimo los Padres. Y decía uno: "Desgraciado del que esté palpando esto de las apariciones y no lo medite". Y añadía: "Yo lo juro ante Dios, que creo que esto es cierto. Muchísimo hablaron.

 

De las comuniones de manos del Ángel dice Conchita:

 Un día nos mandó que fuéramos en la mañana a los Pinos, sin comer nada, y que fuera una niña con nosotras y nosotras llevamos una niña e hicimos lo que Él nos mandó.

Cuando llegamos a los pinos, se nos apareció el Ángel con un Copón como de oro y nos dijo:

-- Os voy a dar la Comunión, pero ya están las formas Consagradas. Rezar el "Yo pecador".

Nosotras le rezamos. Después nos dio la Comunión y después de Comulgar nos dijo que rezáramos con Él el "Alma de Cristo" y nosotras lo rezamos, y nos dijo:

-- Mañana también os la daré y se fue.

Cuando se lo decíamos a la gente, no lo creían algunos y sobre todo los Sacerdotes porque decían que el Ángel no podía Consagrar. Nosotras, cuando volvimos a ver al Ángel, se lo dijimos lo que decía la gente y Él nos dijo:

-- Que las cogía en los Sagrarios, que las cogía de la tierra.

 

Un día, don José Ramón García de la Riva, cura párroco de Barro, Llanes, Asturias, estaba en la Iglesia de Garabandal, arrodillado delante del Santísimo y dice que:

Varias veces volvieron las niñas a la iglesia, y se iban a colocar junto a mí, en la gradilla del presbiterio; no tenía más que volverme un poco de lado, con ligero movimiento de cabeza, y veía perfectamente todo el desarrollo de aquellos fenómenos, místicos a ojos vistas.

Las niñas rezaban ante el Santísimo y todo su porte externo era de una vistosidad admirable, a pesar de lo pobre de su indumentaria. Rezaban en voz baja, con la cabeza hacia arriba y hacia atrás.

He podido comprobar que el Ángel no daba la comunión a las niñas si su párroco, u otro sacerdote facultado para ejercer el ministerio en Garabandal, estaba presente y actuaba. Lo anoto así como resultado de un estudio que llevé a efecto y que repetidamente he comprobado. Puede servir de respuesta a cuantos hacen la pregunta de:

-- ¿Cómo es posible que el Ángel actúe en un ministerio que no es propio?.

 

El sacerdote y periodista, P. José Luis Martín Descalzo, visita Garabandal.

Era el día 11 de octubre, fiesta de la Maternidad de María. La Madre de Dios y Madre nuestra vino a regalar con su visita a los hijos que la esperaban en Garabandal. Habían venido tres señores, que luego se supo eran periodistas del diario bilbaíno "La Gaceta del Norte"; uno de ellos tenía ya un nombre famoso en España; pero nadie le conocía allí, y nadie hubiera podido reconocer en él a un sacerdote, pues llegaba de paisano, en mangas de camisa porque la temperatura era muy buena.

Por su aspecto exterior, diría luego un testigo, se le hubiera creído cualquier cosa, menos un cura. Se trataba de don José Luis Martín Descalzo.

Durante la tarde fueron a casa de Conchita. Esta, se encontraba en la pequeña cocina, a la espera del éxtasis, pues ya había tenido llamadas; la acompañaban algunas personas, entre ellas la señora del doctor Ortiz, que se sentaba a su lado junto al fogón.

Los llegados se quedaron a la puerta, observando atentamente a la niña. Conchita, que parecía estar como a la escucha de algo, se inclinó entonces hacia la señora de Ortiz y le habló al oído:

-- Dígale a ese señor que se siente.

En la cocina no quedaba libre más que una silla muy baja.

-- Pero ¿cuál?, son tres.

-- Ése, ése del medio.

La señora se estaba poniendo ya colorada, pues al cuchichear así, todas las miradas les habían caído encima. Levantó la voz hacia Martín Descalzo:

-- Dice la niña que se siente usted.

-- ¿Quién? ¿Yo?

-- Sí, sí, intervino Conchita, usted.

-- Pero ¿yo?

-- Que sí, ¡usted!

Con aire de gran extrañeza y desconcierto, fue a ocupar la silla vacía. ¿Por qué aquella distinción?, como no fuera por su condición de sacerdote. ¿Y quién sabía allí nada de eso?. Pues sí, la niña sabía por la Santísima Virgen que él era sacerdote.

Al poco rato los periodistas salieron a la calle. El doctor Ortiz llegaba entonces, y al pasar, oyó decir a uno de ellos:

-- Me gustaría quedarme a ver esto; pero se retrasa mucho, y yo tengo que estar en Bilbao por lo menos a las seis de la mañana.

Tuvieron la atención de entrar a despedirse, y entonces Conchita le dijo al desconocido Martín Descalzo, con gran dulzura:

-- Vamos, quédese un poco más.

Quedaron ellos titubeando y muy poco después, se produjo el éxtasis. Como tantas otras veces, la niña salió extática a la calle, y en ella les dio a besar el crucifijo a los periodistas.

Después del trance, estaban haciendo comentarios, en la cocina de Aniceta, don Valentín el párroco, los señores Ortiz y algunas personas más. Llegaron los del periódico, y el padre Martín Descalzo, algo inquieto, se dirigió a don Valentín, el párroco:

-- He oído por ahí que las niñas reciben la comunión de manos de un ángel.

-- Eso dicen ellas por lo menos.

replicó bastante tranquilo don Valentín.

-- ¡Pues eso no puede ser! Porque el ángel no puede consagrar.

Don Valentín guardó silencio, y entonces intervino el doctor Ortiz:

-- Esa razón no vale mucho, porque el Señor puede permitir que el ángel tome formas consagradas de cualquier sagrario

Al P. José Luis Martín Descalzo, sacerdote y periodista, le dio mucho que meditar todo lo sucedido en este día y con la impresión de ver a la niña en éxtasis.

 

El abogado de Palencia, don Luis Navas, que en varias ocasiones subió a Garabandal y allí iba observándolo todo con muy despierta atención, tiene escrito en una de sus notas:

 Se preguntó a las niñas por qué iban tantas veces a la iglesia, estando ésta cerrada. Y ellas respondían candorosamente:

-- "Es que a la Virgen le gusta ir cerca de donde está Jesús, su Hijo".

 

Esta preciosa historia termina ante el Sagrario, sin acertar a expresar al Señor y a la Madre todo lo que sentía de emoción y agradecimiento.

Se trata de un cura párroco que venía vestido de paisano y que llevaba ya tiempo terriblemente atormentado por grandes dudas sobre la validez de su ordenación sacerdotal. Sólo Dios sabe lo que venía sufriendo a causa de aquellos escrúpulos.

Cuando oyó hablar de las Apariciones y de las maravillas que allí sucedían, pensó que tal vez pudiera estar allí la salida para sus dudas. Tan pronto como pudo, vino a Garabandal vestido de paisano.

Para éste sacerdote ya fue una primera y consoladora respuesta a sus dudas interiores, al poco de llegar, el que la niña, tan marcadamente, fuera repitiendo en él todo lo que hacía antes al sacerdote aquel que tenía al lado. Pero no le bastó. Después de la primera alegría, le volvieron las dudas.

Pensó:

-- Yo no puedo marchar así; necesito más pruebas.

Pasó la noche en el pueblo y esperó a ver si al día siguiente obtenía esas pruebas absolutamente convincentes que tanto necesitaba. Llegó el nuevo día y no tuvo que estar esperando, como de ordinario, hasta la caída de la tarde. Ya por la mañana hubo un éxtasis y él en primera línea.

Cuando la niña extática empezó a dar a besar el crucifijo, la gente se colocó rápidamente en fila a lo largo del trayecto, para que la niña lo pudiera hacer mejor.

Él se situó como uno cualquiera en medio de la fila; y desde allí observaba con qué gracia celestial la vidente ofrecía su crucifijo, y con qué emoción lo iban besando los alineados, uno tras otro. Pero no se contentó con observar; hizo esta petición a la Santísima Virgen:

-- Si de verdad yo soy sacerdote, que la niña, en vez de darme a besar el crucifijo, como a los demás, que venga y me santigüe con él.

La niña llegaba entonces frente al brigada de la Guardia Civil; se para ante él, se sonríe, y sin mirarle, le santigua lentamente. Luego continúa su recorrido por la fila, dando a besar el crucifijo. Llega ante él ¡y le santigua!

La respuesta parecía clarísima; pero no tardó en pensar:

-- Esto no vale, porque también ha santiguado al brigada, y el brigada no es cura. Si en vez de esto, hubiera dado a besar el crucifijo a todos, sin excepción, y a mí, sólo a mí, me hubiera santiguado tres veces, entonces sí que no habría duda.

No acababa de pensarlo, cuando la niña interrumpe su recorrido y marcha al comienzo de la fila, para ir dando de nuevo a besar el crucifijo. Llega otra vez ante el brigada y se le oyó preguntar:

-- ¿Qué?.

Tras una brevísima pausa, se sonríe, y le da a besar la santa imagen, como a los demás y ya de nuevo está ante él. La niña, con todo cuidado, le va santiguando respetuosamente ¡hasta tres veces!.

Y algo más; le dice clarísimamente:

-- Sí.

Aquello fue el colmo; trató de disimular sus lágrimas mientras la niña seguía por la fila, y se marchó a la iglesia tan pronto como pudo.

Allí, en la sacristía, deshizo un envoltorio que llevaba con él, se vistió con más emoción que nunca su sotana de sacerdote, y cayó luego de rodillas ante el sagrario, sin acertar a expresar al Señor y a la Madre todo lo que sentía de emoción y agradecimiento.