El Mensaje Eucarístico de Garabandal - Por Padre José A. Pelletier, A.A.

21.09.2011 11:26

 El Mensaje Eucarístico de Garabandal


Por Padre José A. Pelletier, A.A.

        

Nuestra Señora reafirmó de muchas maneras, en Garabandal, la enseñanza secular de la Iglesia sobre la Presencia Real y el poder de Jesús en la Eucaristía.

El Padre Pelletier, en éste, primero de varios artículos, discute  un aspecto del mensaje eucarístico de Garabandal.

Una de las señales más convincentes de la autenticidad del mensaje de Garabandal es que está centrado en Jesucristo. Esta característica le viene principalmente de su enfoque insistentemente eucarístico: la comunión (enseñada a través de la Comunión mística dada por el ángel a las niñas), la visita al Santísimo Sacramento, la oración por los sacerdotes y la meditación sobre la pasión de Jesús. La misión de María era y es siempre acercarnos a Jesús, y es en este acercamiento a Jesús que llegamos a reconocer la presencia auténtica de ella. 

No se mencionó a María en los dos mensajes “oficiales” del 18 de octubre de 1961 y del 18 de junio de 1965. La recomendación del rosario, que ella hizo cada vez que vino, fue hecha de una manera más informal durante sus conversaciones con las muchachas. Y así ocurrió también con el escapulario. En este caso la recomendación fue indirecta, ya que residió en el título que escogió para sus apariciones: Nuestra Señora del Monte Carmelo; y en su costumbre de llevar siempre sobre el brazo derecho un gran escapulario.


El primer mensaje de 1961 fue una llamada a la penitencia y al arrepentimiento, una súplica de buscar “perdón con corazones sinceros”. Contenía otro recuerdo de la “Eucaristía, a la cual se está dando menos y menos importancia.” Encareció la atención a los sacerdotes, que están en gran necesidad de oraciones – tan luego ellos, los ministros de la Eucaristía.

Nos pidió “pensar en la pasión de Jesús” – Jesús, el sumo sacerdote que perpetúa el sacrificio de la cruz a través de la misa.


Parecería que recién ahora comenzamos a entender todo el significado y la importancia del mensaje Eucarístico de Garabandal. Este mensaje fue considerado al principio como un 
recuerdo y una defensa de la enseñanza católica tradicional de la Eucaristía y especialmente de la realidad de la presencia divina.

Esta interpretación del mensaje Eucarístico de Garabandal es, por supuesto, correcta y era muy oportuna en los días de increíble confusión que siguieron al Concilio Ecuménico Vaticano II.

Sin embargo, el Espíritu Santo, con quien María está inseparablemente unida, está conduciendo a la Iglesia a una comprensión más profunda y productiva de todos los canales de la gracia, entre los cuales la Eucaristía es uno de los más importantes. Esta comprensión más profunda y productiva no es en realidad algo nuevo. Es más exactamente un retorno a las creencias – y a las prácticas – de la iglesia primitiva.

El Espíritu Santo nos está recordando algo que, por lo menos en la práctica, habíamos olvidado, y es que los sacramentos, particularmente la Eucaristía y la Penitencia, tienen importantes funciones curativas.

Con respecto a la Eucaristía, en el pasado se insistía sobre todo en su función de “alimento” fortalecedor, y éste es ciertamente un aspecto auténtico e importante de la Eucaristía. Pero el Cristo resucitado que viene a nosotros para fortalecer nuestras almas y ayudarlas a crecer en el amor de Dios también viene a nosotros con la plenitud de su energía curativa, la misma que fluyó de su persona durante los años de su ministerio público. En esos días bastaba con tocar el dobladillo de su túnica con fe y confianza en la curación física y moral. ¡Cuánto mayor es la intimidad de nuestro contacto con Cristo en la Eucaristía! Cristo sabe la enorme necesidad de curación que todos sentimos hoy, tanto física como psicológica y espiritualmente. Nos ama no menos de cuanto amaba a los judíos de su época. Su poder no se ha reducido de ninguna manera, y en la Comunión estamos en contacto increíblemente estrecho con ese poder. ¿Cuál entonces es el obstáculo? ¿Por qué no somos curados? Sencillamente, porque no creemos que él desea curarnos. Y por no creerlo, no le pedimos que nos cure. Eso es todo.

La fe y la confianza, creer y pedir, son fundamentales si queremos recibir los dones de Dios. Él no nos impone nada. Él nos ha dado una voluntad libre y la respeta. Nos espera. Él nos invita pero debemos aceptar la invitación. En el Apocalipsis, nos dicen: “Aquí estoy parado, golpeando en la puerta. Si cualquiera me oye llamar y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo ”(3:20).

Jesús está parado y golpeando, pero no entrará por la fuerza. Debemos abrir la puerta. Debemos querer que él entre y debemos indicárselo. Hacemos esto en la oración, pidiendo. Pedir es abrir la puerta. Él está parado en nuestra puerta con todo su poder, el mismo poder que utilizó durante su vida mortal para expeler demonios, curar enfermos y resucitar a los muertos. Pero no le pedimos que entre y que utilice ese poder. Estamos parados allí frente a frente, Jesús y nosotros, separados solamente por una puerta que podemos empujar. Y si no empujamos la puerta, el poder de Jesús queda sin uso y sin fruto, para dolor de Su corazón amante y misericordioso.

Sí, duele y entristece a Jesús el no poder utilizar Su poder para nosotros, que no confiemos en Su amor por nosotros. Ofendemos Su amor cuando no pedimos, ya que de hecho Le estamos diciendo: “no me atrevo a pedir porque no creo que me darás lo que deseo. No estoy seguro que me ames bastante para darme lo que pido.”

Todo se reduce a nuestra fe, o carencia de fe, en su amor. Si creyéramos de verdad en su amor, Le pediríamos que moviera la montaña de dolencias físicas, psicológicas y espirituales que nos están aplastando y están quebrando nuestro ánimo y quitando toda la alegría de nuestros corazones.

“Dejadlo beber, al que cree en mí. Dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva” dijo Jesús (S.Juan 7:37-38). No humedecerá nuestros labios un goteo de agua, sino que fluirán ríos que refrescarán nuestro cuerpo y nuestra alma si creemos y pedimos, esperando recibir y “nunca dudando” (Santiago 1:6). Jesús también dijo, “Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Juan 10:10). ¡Tener vida abundante! Esto es lo que Él vino a traernos con su poder.

Jesús habló realmente con absoluta claridad. También, con conocimiento de “cuán poco sentido tenemos y cuán lentos somos para creer”(los Actos 24:25). Repitió lo mismo muchas veces. Una de sus declaraciones más claras y más completas a este respecto se
encuentra en Juan 14:12-14: “les aseguro solemnemente que el hombre que tenga fe en mí hará los trabajos que hago y mucho mayores que éstos. ¿Por qué? Porque voy al Padre, y lo que pidiereis en mi nombre lo haré, para glorificar al Padre en el Hijo. Si pidiereis alguna cosa en mi nombre, Yo la haré.”

Cuando Jesús realizó milagros durante Su vida, él glorificó al Padre. Cuando Él realiza milagros hoy a nuestro pedido, Él también glorifica al Padre. Él desea glorificar al Padre de esta manera, y le privamos de oportunidades de hacerlo cuando no pedimos que él realice “grandes trabajos” en nosotros y a través de nosotros.

La gloria del Padre es el último propósito de todo lo que Jesús hizo y hace. El propósito inmediato de lo que Jesús hizo y hace nos concierne a nosotros. Desde nuestro punto de vista, él realizó y desea continuar realizando milagros y curaciones a fin de que “tengamos vida abundante.” La plenitud de la vida incluye alegría y felicidad: “Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea plena.” (Juan 16:24). Jesús desea sanarnos de modo que podamos conocer alegría y felicidad completas. Esto no significa que quiera quitar la cruz totalmente de nuestra vida, que no quiera dejarnos sufrir. Él nos dijo explícitamente que tendríamos que tomar nuestra cruz y seguir su ejemplo de sufrimiento. Pero hay muchas formas de sufrimiento además del sufrimiento físico, psicológico y moral. Hay la dificultad, la fatiga y a menudo la ansiedad que va con el cumplimiento de nuestros deberes de estado, la monotonía de las tareas diarias, los problemas de criar una familia, los del ministerio sacerdotal y de otros ministerios y servicios.

La curación que Jesús desea realizar sobre todo es la curación interna, la de la mente, del espíritu, del alma. Hay tantas cosas en nuestras mentes, nuestros recuerdos, nuestros 
subconscientes, nuestra naturaleza débil, que son obstáculos al amor de Dios en nuestras vidas. Éstas son las cosas que Él desea ver desaparecer y sanar, de modo que Su amor pueda predominar siempre en nuestro fuero interno. Y éstas son en efecto las curaciones que ocurren más a menudo.

Las promesas encontradas en la Escritura y mencionadas arriba se reclaman con fe y se cumplen hoy con frecuencia siempre creciente. Sabemos de esto. Hemos oído de ello y lo hemos observado personalmente. Dios nos ama mucho más de lo que podemos imaginar. No nos está descuidando. Somos nosotros los que estamos fallando al no creer en Su amor y al no reclamar en fe Sus amantes promesas. Los que se adelantan en fe y piden, esperando recibir nunca dudando, están descubriendo que Dios nos ama entrañablemente y vierte Su amor con prodigalidad. Están descubriendo lo que San Pablo y todos los santos han descubierto, que Jesús es de veras “Aquél cuyo poder obra ahora en nosotros y puede hacer que abundemos más de lo que pedimos o pensamos.” (Efesios, 3:20)


Este poder del Cristo resucitado suele desplegarse en nosotros especialmente en la santa Comunión. Es entonces cuando debemos pedir a Jesús la curación interior, y no solamente la interior. No debemos vacilar en pedirle que cure también nuestras dolencias físicas o corporales. No es más difícil para Él hacer lo uno o lo otro, o aún ambos al mismo tiempo. Pero es generalmente mejor pedir una cosa a la vez. No obstante, no pongáis límites a Su amor por vosotros ni a Su poder. Pedid todo que necesitáis. Tened presente que las curas son generalmente lentas y graduales y suelen tomar tiempo. Nuestra fe y nuestra virtud se perfeccionan en la paciencia y la perseverancia.

Pero no paséis por alto ni descuidéis al amigo divino que permanece con nosotros, de noche y de día, en nuestros tabernáculos. Es el mismo Cristo resucitado al que recibimos en la santa Comunión. Su poder puede franquear la puerta del tabernáculo y alcanzarnos en el reclinatorio de la iglesia tan fácilmente como en la Comunión. No debemos contentarnos con una vigilia eucarística mensual. Si tuviéramos fe viva, “visitaríamos al santo sacramento con frecuencia,” como nos pidió Nuestra Señora en su primer mensaje en Garabandal.

 

Recordad lo que Conchita dijo: “la Virgen bendita nos dijo que es mayor gracia recibir a Jesús en Comunión que verla a ella.”