El Castigo - Por el P. Francis Turner

21.09.2011 11:31

 El Castigo


Por el P. Francis Turner 


La severa reprimenda que Jesús administró a sus discípulos cuando Le preguntaron si no debían apelar al fuego del cielo para destruir una aldea samaritana que había rehusado recibirLe, (Lucas, 9:53) indica que quienes guardan su compostura al oír anuncios de castigos tienen buenas razones para su reserva. Tanto más cuando los enfrentan aquéllos que se deleitan en anunciar periódicamente grandes calamidades.

Anda, por ejemplo, un cierto libro de las “visiones” de un paisano de Francia occidental, que no anuncia sino perdición, guerras, catástrofes, inundaciones, epidemias y demás. De otro libro por el mismo estilo han vendido 400 000 ejemplares en Francia, un país de 55 millones de habitantes. Existe en ciertos ambientes religiosos un prurito malsano de esta clase, al que aludió el papa Juan XXIII al abrir el segundo Concilio Vaticano el 11 de octubre de 1962.

No obstante, debe distinguirse las “profecías de perdición” de las advertencias divinas dadas en un contexto de amonestación espiritual y moral de gran alcance. Tal era el caso en Garabandal.

El primer mensaje de Garabandal encerraba una seria advertencia: “La copa va llenándose; si no cambiamos recibiremos un gran castigo.” Cuatro años más tarde, el segundo mensaje (1965) iba más lejos, diciendo: “La copa está rebalsando.”

¿Cómo captar el contenido del “castigo?” Tal vez planteando una serie de preguntas a esclarecer. ¿Quién castiga? ¿Por qué? Más precisamente ¿cuál es, primero, la causa primordial del castigo y, segundo, cuál su propósito? Mientras buscamos respuestas a estas preguntas podrán surgir otras, que también habrá que contestar.

 

¿Quién castiga?

Como Principio Rector que es, Dios, por supuesto, castiga. Esto lo expresa vívidamente la Biblia y, por así decir, en cada página. Pero Dios puede valerse de medios, que pueden ser el demonio (1Cor 5:5) o una variedad de criaturas (Sab 11:5) o un ángel (1Cor10:10). Esto es aplicable al castigo de Garabandal o a cualquier otro en este mundo.

 

¿Qué causa el castigo?

Esta pregunta tiene dos respuestas, una desde el punto de vista del hombre que recibe el castigo, la otra desde el punto de vista de Dios, que lo administra. Ambos puntos de vista fueron mencionados en los mensajes formales de Garabandal.

Desde el punto de vista del hombre, la causa del castigo es el pecado, como bien lo sabemos todos. Todos decimos que el pecado es causa de castigo. Sería más acertado decir que es su primera y más íntima realidad, sin la cual la noción de castigo sería inconcebible. No nos aventuraremos aquí a explorar la gravedad del pecado, y nos contentaremos notando que con el pecado todo, cada relación, ha cambiado.

Pero miremos ahora desde el punto de vista de Dios. Sobre esta realidad básica, el pecado, que es como una capa, viene una segunda capa, la ira de Dios mencionada en los mensajes de Garabandal, especialmente el segundo. La noción de ira de Dios puede parecer irracional y aún repelente – y sin embargo la ira de Dios existe. Leyendo el capítulo 30 de Isaías, versos 27 a 33, veremos que no se trata de una simple metáfora. Por supuesto debemos despojar nuestra idea de la ira de Dios de todas las imperfecciones que acompañan las iras de todo ser humano, con excepción de la que a veces manifestaron Jesús y los santos.

Pero existe. Y constituye la respuesta correcta, la única respuesta inicial correcta al pecado. Dios tiene completo control de Su ira, pero le da rienda suelta cuando llega el tiempo apropiado que ha previsto en Su sabiduría. Surge de los celos de un amor santo, un amor salvador que pronto se vuelve perdón (Is. 54:7-ff).

Sobre esta segunda capa que es la ira de Dios, viene una tercera, la del juicio de Dios, que se puede mirar desde el punto de vista de Dios, “el juez justo”, y desde el punto de vista del hombre, que es justamente juzgado.

Toda vez que se anuncia un castigo en al Biblia, por ejemplo el del pecado original (Gén. 3:14-19) o el Diluvio (Gén.6: 13) o Sodoma (Gén. 10:20, 19:13), se menciona una decisión del juez justo, se ha pronunciado un juicio. Esta decisión existe y perdura en Dios y en el mundo (“este mundo ya fue juzgado”), aunque su ejecución pueda ser postergada, a veces por mucho tiempo, debido a la longanimidad, misericordia y mansedumbre de Dios, no por una falla de Su voluntad.

 

 

¿Para qué sirve el castigo?

Todo castigo es, de entrada, señal y manifestación del pecado. Esto aparece claramente en los casos del pecado original, de Caín, de Babel, de Sodoma, de Nínive, de Cafarnaúm, del Faraón, de Egipto. En segundo término, el castigo es un fruto del pecado, consecuencia natural e inherente del mismo, y ni es arbitrario, ni caprichoso. Esto se comprende con particular facilidad cuando se trata de un corazón endurecido.

En tercer lugar, el castigo es revelación de Dios, la manifestación visible apropiada para el pecador como tal, según dijeron a menudo los profetas (Ez. 11:10, 15:7). El castigo revela la ira de Dios, sus celos, justicia y aún su perdón y misericordia, siempre prontos a actuar; y finalmente, su amor exigente.

 

 

Dos clases

Hay dos clases de castigo, y según la clase puede haber distintas conclusiones finales. Algunos terminan en “exclusión”, mientras que otros resultan en “abertura”. El primer tipo es de pura condenación, como el caso del faraón cuyo corazón estaba endurecido, o el de Ananías y Safira, que “mintieron al Espíritu Santo” (Actos, 5:7-11). Estos castigos llevan a un callejón sin salida.

Otros castigos son una condenación del pecado con una invitación a convertirse. Por eso los llamamos “de abertura”. Invitan al así castigado y afligido a volver a Dios. Mantienen la condenación del pasado de pecado y – ¡atención! – la amenaza de exclusión final si la invitación es desdeñada, como en el caso de las vírgenes bobas de la parábola (Mat. 25:10-12). No es el castigo lo que separa al hombre de Dios, sino el pecado. El castigo es su resultado, su retribución (Rom. 6:23).

 

 

El castigo de Cristo


¿Y qué hay del castigo sufrido por Jesús, nuestro Salvador? Jesús sufrió castigo, no por pecados que Él hubiera cometido, sino por los pecados de los hombres, que Él tomó sobre Sí y quitó del mundo. El castigo del Calvario es a la vez de exclusión – de Satanás y del pecado – y de abertura para los que se aferran a Cristo por la fe (1Pt 4:1; Phil3:10) y por quienes Él obtuvo plena expiación y redención.

 

 

Tres preguntas más

Hay tres preguntas más que debemos contestar. Los anuncios de castigo ¿son condicionales o incondicionales?

La respuesta de Jeremías es fundamental y completamente aplicable. Le citaré:
De veras que así como la arcilla en la mano del alfarero, así estáis en mi mano, hijos de Israel. A veces amenazo desarraigar o nivelar una nación o un reino. Pero si esa nación que amenacé se aparta de su mal camino, yo también reniego del daño con que la amenacé. Otras veces prometo construir y fertilizar una nación o un reino. Pero si esa nación emprende un camino que es malo en Mis ojos y se niega a obedecer a Mi voz, Me arrepiento del bien con que prometí regalarla. (Jer. 18:6-10)

No hay motivo para pensar que pueda ser de otro modo en el Nuevo Testamento. La respuesta de Jeremías era profecía dirigida a cierto pueblo en cierto tiempo, para obtener su conversión. Así es la profecía hecha en Garabandal, pero dirigida a todo el mundo.

Las profecías de estilo apocalíptico son globales por naturaleza y por ello difieren de las demás. El Apocalipsis de Isaías (cap. 24 a 27, 34 y 35), el de Ezequiel (cap.38 y 39), de Joel (cap. 3 y 4) y de Daniel (casi todo el libro) dan una idea general del destino futuro del universo. Anuncian un juicio venidero y una convulsión cósmica que ningún esfuerzo humano puede evitar. Así es también el Apocalipsis de San Juan, que sin embargo es también la gran epopeya de esperanza cristiana, el canto triunfal de la Iglesia perseguida (nota de la Biblia de Jerusalén). Arroja una luz deslumbrante sobre todas las persecuciones de la Iglesia y los castigos de la Iglesia y del mundo como paradójicos pródromos del Adviento glorioso y victorioso del Verbo encarnado de Dios que se aproxima.

¿Será la Biblia de alguna utilidad para ayudarnos a vislumbrar lo que pueda suceder, según la reacción de la humanidad a la Advertencia, al Milagro y a la señal permanente que quedará en Garabandal? La respuesta es positiva. Como lo acaecido en la Babilonia mesopotámica, en la Nínive de Jonás y en la Babilonia simbólica que es Roma (el Apoc., 17:9 lo dice bien claro) es simbólico de lo que puede acaecer, digamos, en París, Berlín, Moscú o Nueva York, es fructífero referirse a la Biblia para formarnos una idea del destino prometido a estas ciudades en un futuro que no podemos precisar.

Hay tres posibilidades, empezando por un castigo de exclusión como el infligido a Sodoma y a la Babilonia mesopotámica. Una segunda posibilidad seguiría el modelo de Nínive, donde el rey, todo el pueblo y hasta los animales se sometieron a severas penitencias, sin que hubiese ocurrido ningún milagro. La ciudad se salvó, no hubo castigo.

La tercera posibilidad es el castigo de abertura como el que recibió la Babilonia simbólica, es decir, Roma. La ciudad fue casi destruida por los bárbaros y su restauración requirió varios siglos. Aún en tiempos de Lutero, no era más que una pequeña ciudad. La restauración contó con la ayuda de sus innumerables mártires y se debió a que la población había abandonado sus costumbres paganas. Hoy día, para salvar la ciudad, Moscú debería abandonar el culto de Moloch, Nueva York el de Mamón y París el de Venus.

 

 

Se anuncia un castigo


Se ha anunciado un castigo en Garabandal. ¿Cuál es el propósito de ese anuncio?
Que se lo evite, que se retenga el brazo de Dios. Es el propósito habitual de tales anuncios. Y¿cómo podrá retenerse el brazo vengador de Dios? Por intercesiones, por conversiones y por la honradez de los honrados. Examinemos estos medios.

Las plegarias de intercesión tienen un ejemplo en la insistente oración de Abraham, por la que Dios habría perdonado la ciudad de Sodoma si hubiera encontrado en ella diez habitantes honrados; y otro en la petición de Moisés, que logró disuadir a Dios de destruir al pueblo de Israel por haber adorado al becerro de oro (Ex. 32:12).

Bajo el Nuevo testamento, tenemos un sumo sacerdote mucho más exaltado que los del pueblo judío bajo el Antiguo, ya que es Jesús, que “siempre vive para interceder por nosotros”.

La conversión. Tema tratado abundantemente por los profetas y del que Nínive presenta el ejemplo más claro. Cuando Jonás anunció que la ciudad sería destruida en cuarenta días, se apoderó de ella tal espíritu de contrición y penitencia, que al ver sus acciones, Dios abandonó su intención de castigarlos (Jo. 3:10).

La honradez de los honrados también puede retener el brazo de Dios, cuando muchos en el cielo forman allí “una gran nube de testigos” mientras que otros, conocidos o no, se esfuerzan aún por hacer el bien en la tierra. Un santo ha dicho que París había sido salvada más de una vez de la destrucción “por las buenas obras de un puñado de mujeres piadosas”. Éste fue seguramente el caso durante la vida de Santa Genoveva.

No debemos olvidar que sobre todo reina la misericordia de Dios fundada en Su justicia, como escribió Juan Pablo II en Dives in Misericordita:

“La precedencia y superioridad del amor sobre la justicia constituyen una marca que caracteriza a toda la verdad revelada y que se manifiesta precisamente en el perdón. Esto parecía tan obvio a los salmistas y profetas que el término mismo de justicia acabó por significar la salvación lograda por el Señor y su misericordia”. *

Digamos para concluir que creemos en el poder, la sabiduría y la gracia de la Santísima Trinidad. Digamos también que nunca en el pasado ha provisto el sabio y buen Señor tantos y tan claros avisos que ponen en evidencia su amante bondad. A fin de que la humanidad pueda sustraerse al castigo, Dios desplegará oportunamente las excelentes señales que el lector ya conoce: la Advertencia, el Milagro y la señal permanente.

Sin ninguna duda, todo ello vendrá acompañado por un abundante flujo de gracia divina por todo el mundo que esclarecerá los espíritus y moverá los corazones, esperamos, por toda la tierra.

* Esto también puede mirarse desde el punto de vista general del carácter complementario de diversos aspectos de la realidad, natural o sobrenatural, pero difícil de captar como un todo, de una mirada, para la inteligencia del hombre. Nuestra mente tiende incluso a ver contradicciones entre esos aspectos. Esto se observa no sólo en la física, digamos, sino en casi todos los dominios del conocimiento, como éste que miramos aquí. El castigo y el perdón parecen opuestos y aún contradictorios, pero solamente por una limitación de la razón humana. En Dios, están inseparable y perfectamente unidos. La fe llega a darnos una cierta intuición de esto.