Cómo Nuestra Señora mantuvo su secreto - Por José A. Pelletier, A.A.

21.09.2011 11:36

 Cómo Nuestra Señora mantuvo su secreto


Por José A. Pelletier, A.A.




El P. Eusebio García De Pesquera cuenta en “Se fue con prisas a la montaña” (vol. 1, pp. 192-194) el encantador y sorprendente episodio que relataré aquí. Ocurrió muy al principio del período de las apariciones, a fines de julio de 1961. Se trata de un “secreto” revelado por Nuestra Señora. Los antecedentes necesarios para situar y apreciar el incidente se encuentran en “Las apariciones no son un mito”, de Francisco Sánchez-Ventura y Pascual. Algo de esto resumiré aquí.

Nuestro evento comenzaba apenas a evolucionar hacia una segunda etapa, en la que habría más de una aparición en un mismo día. El primer día en que hubo apariciones múltiples fue el viernes 26 de julio, la víspera de la partida de Conchita para Santander, donde la iban a interrogar las autoridades de la diócesis. Hubo ese día dos apariciones; la primera por la mañana, y en ella Nuestra Señora anunció que aparecería de nuevo al atardecer, algo más temprano que de costumbre – ocurrió alrededor de las 20 horas, mientras que hasta entonces había sido siempre a las 20:30, al caer la noche. La aparición de mañana había sido también una notoria innovación, y pronto habría apariciones a todas horas, de día y de noche.

Durante la aparición del atardecer ocurrió la primera oscilación extática (del cuerpo), precursora de las espectaculares caídas extáticas que ocurrirían alrededor de una semana más tarde, y serían seguidas a los pocos días de la frecuente y extraordinaria marcha extática.

Así, las apariciones alcanzaban un nuevo pináculo, introduciendo un período en que Dios mostraría una abundancia de signos externos para convencer a los espectadores de que estaban presenciando actuaciones que trascendían indudablemente las capacidades naturales de las niñas.

El 29 de julio las apariciones aumentaron a cuatro, todas durante la tarde. Era casi una aparición continua, ya que los intervalos y desplazamientos entre apariciones eran cortos.

Nuestra Señora imparte instrucciones precisas a los espectadores


La primera aparición del día tuvo lugar en la calleja - calzada hundida en la que habían ocurrido las dos primeras apariciones, y siguieron ocurriendo por cosa de un mes. Concluida esta nueva aparición, las niñas informaron a los presentes que la Bienaventurada Virgen quería que fuesen todos a los pinos, que están justo después del fin de la calleja, y que había dado instrucciones precisas de cómo debían ubicarse allí. Dos de las niñas, Sari y Mari Carmen, que tenían unos seis años de edad, serían testigos y debían parase junto a las videntes. Los demás se ubicarían a una distancia desde la que pudieran ver, pero no oír. Los padres de las niñas, los sacerdotes, entre los que estaba Don Valentín Marichalar, cura párroco del pueblo, las monjas y los dos policías, podrían pararse algo más cerca que los demás. Llegados todos a los pinos, las niñas indicaron a los distintos grupos dónde debían colocarse. Comenzada la segunda aparición, alguien sugirió que otra niña, de unos doce años, reemplazara a una de las de seis, pero la Virgen no permitió la sustitución.

Sánchez-Ventura, de quien recibimos los hechos precedentes, dice que la elección por la Virgen de niños como testigos es un hecho que ha ocurrido a veces, en otras ocasiones. Dice también que “durante esta aparición, ante los niños testigos, la Virgen completó el mensaje y a ellos les reveló el secreto.“

Durante esta aparición las visionarias parecieron entristecerse extremadamente, tanto que la madre de una de ellas exclamó “¡Están llorando!” Poco después Don Valentín hizo que se acercara Mari Carmen y le preguntó de qué estaban hablando las visionarias, y ella contestó que le estaban pidiendo a la Virgen bendita “que no les dijera cosas malas”. La aparición duró 11 minutos. Cuando hubo terminado la gente se acercó a las niñas para hablar con ellas. Se notó que una de ellas aún tenía lágrimas en las mejillas.

Se ha interpretado la ubicación alejada impuesta al público, la tristeza manifestada por las videntes y la respuesta de Mari Carmen al cura como que la Virgen acaso les había hablado del castigo anunciado, que les iba a mostrar en una visión más adelante.

Loli le dijo a la gente que había tenido la corona de la Virgen en sus manos. Esto coincidía con gestos observados por los presentes durante la visión. Una de las niñas se había puesto de pie, había recibido un objeto de la Virgen, lo había examinado y se lo había puesto en la cabeza. Luego se lo pasó a la tercera niña (ya que Conchita estaba ausente), la que también se lo puso en la cabeza, y a las dos le quedaba de manera diferente. 


Estaba aún la gente hablando con las niñas de lo ocurrido durante la segunda aparición cuando ellas cayeron en éxtasis por tercera vez. En esta visita el niño Jesús acompañaba a la Virgen. Él llevaba una corona y se la prestó a las niñas, que observaron que era pequeña. Se diría que el niño Jesús, a semejanza de su madre, les hizo ese préstamo a modo de consuelo por las tristes revelaciones que habían recibido antes. La sencillez y la ternura fueron señas características de las apariciones de Garabandal y una parte importante de sus mensajes, aún de los que eran llamados a la acción.


Nuestra Señora les dijo a las niñas que estaba complacida por la obediencia y docilidad con que habían acatado sus instrucciones y aceptado los lugares que les asignó. Este subrayar de la obediencia es otro ejemplo de la enseñanza concreta, por la acción y los hechos, con que fue impartido todo el mensaje.

La cuarta aparición se produjo poco después de la tercera, estando aún las niñas en los pinos. Duró más o menos una hora. Durante la visión precedente, Nuestra Señora había pedido que la gente rezara el rosario, e indicado que estaba bien rezarlo en los pinos. Durante el rosario, las niñas cayeron en éxtasis y sus voces se desvanecieron.

El P. Ramón M. Andreu, S.J., nos ha dejado considerable información sobre una parte de esta cuarta aparición, que tuvo que ver con él en particular. Hemos examinado este tema en detalle en el libro “Nuestra Señora viene a Garabandal” (pp.61-63.) Éste fue el día en que él y su hermano Luis, también jesuita, visitaron el pueblo por primera vez, y en que el P. Ramón recibió su “prueba” personal. Anotó que la aparición final de ese día ocurrió al terminar la tarde.

 

 

Un sacerdote procura descubrir el secreto


Mucha gente vino al pueblo el domingo 30 de julio, y entre ellos había tres sacerdotes de León. Uno era Don Manuel Antón, párroco de San Claudio. Los otros dos, Don Víctor López y Don Geminiano García, se ocupaban de enseñanza. Don Manuel Antón relató al P. De Pesquera, de quien la recibimos, la información siguiente sobre lo que aconteció el 30 de julio.

Los tres sacerdotes llegaron a Garabandal a -las 12:30 y fueron directamente a la casa de Loli. Sabiendo que ella era la que había participado más en los hechos de esos días, Don Manuel estaba ansioso por hablar a solas con ella. Él había venido allí dispuesto a reunir toda la información que podría obtener. Y de hecho, se excedió, como su interrogatorio no tardó en mostrar.

Don Manuel interrogó a Loli sobre el principio mismo de los hechos, en especial la primera aparición, la del 18 de junio. Consideraba que la manera más fácil de avaluar semejantes episodios, de descubrir embustes si los había, era determinar exactamente cómo todo había empezado. Vio claramente por las respuestas de Loli que todo había sido enteramente inesperado y que las niñas habían sido muy desconcertadas en un principio. Le impresionó mucho el aire de “absoluta sinceridad” de Loli y quedó generalmente satisfecho.

Al continuar la conversación, se enteró de que la Virgen había confiado a las niñas algunas cosas que no debían ser repetidas. Por ser ésta una materia delicada, preferimos citar textualmente a De Pesquera en su relación del interrogatorio de la niña.

“Tienes que decírmelo todo, pues tengo derecho de saberlo y no soy simplemente una persona común“, le dijo. La niña se empeñó en su negativa. No podía, no podía. La bendita Virgen les había dicho que no debían repetírselo a nadie hasta llegar el día...

No obstante, Don Manuel logró vencer su resistencia con la admonición siguiente: “Te dije que tengo autoridad para preguntarte y es la voluntad de Dios que me digas. Así que ¡obedece!”

Entonces la niña, nerviosa y con gran esfuerzo, intentó obedecer a esa orden. “Fue realmente asombroso”, me confió Don Manuel. “No logré comprender ni una sola frase. No es que hablara en voz baja, ni tampoco intentaba hablar de manera incomprensible. El hecho es que ocurrió un extraño fenómeno en su elocución. Hasta ese momento se había expresado en forma completamente normal y yo la comprendía perfectamente. Pero cuando llegó al punto de querer decirme “el secreto” fue como si tanto sus labios como su lengua hubieran dejado de obedecerle. Sólo produjo una especie de tartamudeo, una mezcolanza de sonidos en conflicto entre sí. Yo veía que trataba de hacerse comprender, pero no había manera de reconocer una sola palabra. Como si se hubiera puesto de repente a hablar en el más extraño y desconocido idioma”.

“¿Ves?” me dijo al final, en su perfecta elocución habitual. “¿Ves? La bendita Virgen no quería que te dijera esas cosas.”

Paramos aquí para darles la oportunidad de sopesar estos eventos en su fuero interior. Pienso que fueron la obra de un Dios amante, para bien de ustedes y mío tanto como de Don Manuel y sus dos amigos.